viernes, 27 de abril de 2012

Pasado y presente:una reflexión sobre la crisis


Tras leer esta mañana la triste noticia del nuevo incremento del número de parados y recibir información sobre la difícil situación por la que atraviesan empresas de todo tipo acudí a ver, en una tarde de lluvia torrencial, en esta primavera que más parece noviembre que mayo, el documental Sueños Colectivos.
Durante más de una hora pudimos escuchar con atención a gente sencilla, hombres y mujeres ya ancianos, trabajadores del campo, relatar sus vivencias y experiencias de una época diferente en algunos aspectos pero muy cercana en otros.
Aquella época fue la de la terrible guerra civil, la del odio y la muerte no sólo en los frentes, sino en la retaguardia, en las tétricas sacas de presos o en esos coches que recorrían las noches capturando gentes asustadas para llevarlas a su fin en descampados y cunetas.
Pero aparte del horror, en la guerra se produjo otro fenómeno prácticamente desconocido y es el de obreros y campesinos que en aquel ambiente fueron capaces de autogestionar partes de la economía, de trabajar y cultivar por ellos mismos, pese al vacío de poder y el derrumbe de la maquinaria estatal.
Gentes muchas de ellas de escasa formación, pero con un ideal, una fuerza moral y una determinación e imaginación que les hizo seguir adelante junto con sus iguales.
Y es en este punto en el que no puedo dejar de encontrar similitudes con nuestra época y una diferencia esencial.
Y esa diferencia consiste en que ante una crisis grave, con fábricas, campos y empresas abandonadas por sus propietarios, aquellos hombres y mujeres que hoy vemos como incultos fueron capaces, con mejor o peor fortuna, de ponerlos en marcha colectivamente, de organizar sus vidas sin esperar órdenes o intervenciones desde las alturas.
Una mezcla de necesidad e ideales les hizo enfrentarse a la situación y salir adelante. La existencia de organizaciones, tradiciones y centros culturales defensores de una visión autogestionaria y comunal consiguió evitar el derrumbe civilizacional, independientemente de los aciertos y errores cometidos.
Pero si nos trasladamos al presente, ¿qué observamos como respuesta a la crisis?. Absolutamente nada .Cierto, hay protestas, incluso tuvimos una huelga, pero hoy por hoy nada constructivo.
Una sociedad con mayor formación, con un desarrollo tecnológico muy superior, es incapaz de dar una respuesta a la crisis. Las protestas, más allá de retóricas y poses de cara a la galería de todo tipo de partidos, colectivos y sindicatos sólo van encaminadas a pedir a los dirigentes que mantengan las prestaciones sociales sea como sea. 
Y esto lo que implica en primer lugar es una sociedad que acepta plenamente ser dominada a cambio de recibir de sus amos algunos servicios.
Y en segundo lugar, la ausencia de un verdadero ideal alternativo trae consigo una pérdida clara en la calidad de los individuos y las comunidades. Donde antes hubo una respuesta real, entendida como organizarse para vivir de otra manera, ahora no hay más que quejas porque la sociedad del bienestar material se está derrumbando lentamente, porque los amos no están cumpliendo su parte del trato.
Lo que nadie parece querer ver es que las facturas se pagan, al igual que la ingenuidad.
Que ni se puede vivir por encima de las posibilidades, pensando que el dinero nunca se acaba, ni que la asimetría de poder, en todos los niveles, no acabará por ir derribando a los siervos voluntarios.
La fiesta se acaba, y las facturas las paga la parte más débil. Cuando se rechaza la libertad por un plato de lentejas, se acaba perdiendo todo, la libertad y, tarde o temprano, las lentejas.
Por eso mi interés actual está, no en copiar el pasado, sino en ver si somos capaces de retomar de éste lo positivo, es decir la idea de libertad, de moral y un ideal alternativo serio que rompa con el mito de la sociedad del bienestar, la de los hombres que se encadenan a cambio de favores.
De lo contrario, lo mejor que nos puede pasar es un declive progresivo y lo peor, como en otras crisis, una guerra mundial que deje millones de cadáveres.

viernes, 6 de abril de 2012

Sobre la vejez



En la sociedad de la imagen, basada en el culto a lo joven, lo bello, la perfección corporal, la fuerza y la energía vital, la vejez se considera una etapa vital a ocultar ante los ojos del público todo lo posible.
Los viejos representan , a ojos de la maquinaria publicitaria, un sector invisible que hoy por hoy no interesa mostrar, pues la pérdida natural del atractivo físico, la mayor cercanía a la muerte hace que no interese iluminar a los ancianos, como si éstos vivieran al margen de todo, sólo esperando el momento de cerrar sus ojos y dormir eternamente.
Por otro lado, el común de los mortales, aquel que es moldeado día y noche, lentamente, en sus cerebros por los medios de comunicación de masas, por la propaganda publicitaria tiene como ideal el mantenerse joven, el atrasar la decrepitud física y psíquica que asocia a la tercera edad.
En su terror a la muerte, en su ansia de eternidad manteniendo todas sus facultades intactas-base del éxito de las religiones  clásicas y de las nuevas, las tecnológicas ,que buscan aumentar la edad de vida todo lo posible- los individuos de las sociedades progresistas y de consumo piensan en la vejez como algo negativo, algo que sueñan con que nunca les alcance.
Creemos necesario, por tanto, luchar por poner la vejez, no en un pedestal, pero sí en el lugar que le corresponde, que es ni más ni menos que el mismo que el de otras etapas de la vida.
Para poder combatir la idea dominante de la juventud como ideal, es necesario por un lado derribar el miedo a la muerte, y en segundo lugar ser capaz de ver lo negativo de ésta.
El miedo a la muerte es, tenemos que reconocerlo, un temor muy difícil de evitar, y como ésta suele darse en la mayoría de los casos en la vejez de la persona, la etapa de la senectud es vista con rechazo y preocupación por la mayoría de las personas.
Para esto recomendamos la lectura de los clásicos, de los viejos filósofos como Séneca o Cicerón, que nos enseñan que en nada hemos de temer a la muerte, pues si no hay nada, nada sufriremos, y si hay algo mejor, eso que nos llevamos. Si nada tememos de nuestra muerte, en poco hemos de temer la vejez.
En segundo lugar, como hemos mencionado anteriormente, no debemos pensar que todas las pasiones de la juventud implican aspectos positivos, y su reducción con el paso del tiempo es una desgracia, una pérdida por la que llorar.
Por ejemplo, la disminución de las pasiones, placeres y deseos sexuales debe ser vista como algo positivo. Las pulsiones eróticas son algo natural, nada condenable, pero como muchas pasiones tienen un componente de opresión, tiranizan al hombre y la mujer, que puede llegar a sentirse infeliz si no las satisface.
Su limitación natural e incluso su fin, supone tirar un peso, moverse de manera más libre, centrar la mente en otros asuntos más importantes. Esto puede observarlo todo joven que por circunstancias pase por épocas donde su libido se debilite; la sensación de bienestar y calma mental es mayor.
Pero no es sólo ni mucho menos la disminución del deseo sexual algo ha considerar en positivo. La juventud y la madurez están controladas por deseos mucho más esclavizadores y destructivos, tales son  el ansia de competir y triunfar.
Este constituye el deseo más terrible, aquél que puede envenenar la vida de las gentes y que hace de la sociedad un lugar inhóspito en ocasiones. La idea de que los demás, los amigos, la familia, los compañeros, te vean como alguien digno, alguien que ha logrado el éxito en la vida laboral, que ha superado a otros en el combate, que tiene un buen puesto, un buen nivel, un buen sueldo, que se ha integrado y aceptado con naturalidad la nueva esclavitud.
Este cáncer, inculcado en la infancia y desarrollado hasta el paroxismo en etapas posteriores, sólo se cura en la etapa final de la vida del hombre y la mujer.
Cuando el individuo, reducidos sus deseos más materiales, apartado del mundo de la competencia, de la guerra, de la degradación, tienes más posibilidades de ser él, no lo que quieran o sueñen otros por él o ella.
Esto representa, por tanto, el aspecto positivo del apartamiento de los ancianos, que no significa apartarse del mundo, sino apartarse de sus elementos más destructivos.
Creemos , por tanto, que el debilitamiento físico que se produce con los años no es de por sí en todo negativo, pues va unido al fin de los elementos más rechazables que marcan las etapas anteriores de vida.
Más problemático y quizá la mayor pesadilla que nos puede atenazar si pensamos en nuestro futuro es el declive mental que puede producirse. Pero éste puede combatirse ejercitando la memoria, el estudio, la lectura, la reflexión, las artes, la conversación. Y si con todo el alzheimer va apagando la conciencia, convirtiendo a la persona en un cuerpo sin pensamiento, en un mineral de forma humana, siempre cabe la posibilidad, mientras aún tengamos fogonazos de lucidez, de apartarnos de la vida, de salir del escenario por nuestras propias manos
Liberado de las prisas, de los placeres y pulsiones más asfixiantes, el viejo puede desarrollar los placeres intelectuales y convivenciales, lo que unido a sus experiencias vitales, hacen de él alguien imprescindible para la sociedad, alguien cuya voz debe ser oída por todos, y no sólo como votante perseguido por los políticos para auparse al poder o mantenerlo.
Pensamos que estos y otros argumentos pueden servir para destruir el miedo a la vejez, la visión negativa de esa etapa e indirectamente la visión negativa de la muerte.
Al menos sirva lo expuesto para contemplar la vejez con objetividad, sin temerla ni desearla.

domingo, 1 de abril de 2012

Sobre la familia



De orígenes muy remotos, surgida de la alianza de varios grupos a través de un enlace matrimonial, muchas han sido las formas que ha adoptado la familia a lo largo del tiempo.

Considerada la célula básica de la sociedad nos gustaría reflexionar sobre su situación actual, sobre si la consideramos positiva o negativa, y sobre si su hipotético reemplazamiento sería beneficioso o no.

En las sociedades modernas occidentales la forma dominante de familia es la nuclear, formada por un padre, una madre y los hijos. Bien es verdad que el incremento del número de divorcios está incrementando las familias monoparentales y también las llamadas familia ensambladas, donde se unen divorciados con sus respectivos hijos.
Incluso está expandiéndose la familia cuyos miembros adultos son homosexuales.

De cualquier manera, el tipo de familia que está en franca decadencia es la familia extensa, aquélla que reúne padres, hijos, abuelos, tíos…

Por supuesto ,como toda creación humana, la familia siempre ha sido una institución problemática no carente de defectos y problemas para todos sus miembros, independientemente incluso de si se basaba en matrimonios concertados o por amor. Al fin y al cabo al poner grandes expectativas en el amor, la familia moderna basada en ese sentimiento puede incluso estar sujeta a mayor inestabilidad e incluso insatisfacción que otros tipos de familia.

Con todos los defectos mencionados y otros es evidente que la familia es una escuela de solidaridad, un centro de protección y apoyo mutuo entre sus miembros frente a los vendavales que sacuden la vida individual. Es en este aspecto de convivencialidad, de compartir y repartir el que hace que consideremos la familia como algo positivo pues en principio, por supuesto con notables excepciones, ayuda a fomentar el amor y la sociabilidad.

Dicho esto debemos ser capaces de apoyar, aunque sea sólo como ideal ,un tipo de familia. Y creemos que, frente a la familia nuclear, un tipo actualizado de familia extensa sería preferible para impulsar una sociedad basada en la calidad humana.
Y esto lo decimos porque el triunfo de la familia nuclear, incluso ésta también en crisis, implica una reducción de los lazos de cooperación y solidaridad entre iguales, o relativamente iguales.

Y toda reducción de lazos de apoyo mutuo entre iguales supone un incremento de la potencia de la maquinaria de dominación, que ocupa el lugar que debiera ocupar las relaciones familiares o sociales más horizontales.

Podemos observar lo dicho en cómo niños y ancianos son cada vez más apartados en centros privados o estatales, con lo cual la jerarquización y la mercantilización se expanden a casi todas las áreas de la vida. Lo que arrastra una degradación creciente de la sociedad civil.

Esto sucede porque cuanto más se reduzca el núcleo familiar, más difícil es mantener relaciones de sostén y apoyo dentro de la familia , viéndose ésta forzada a dejar en manos del Estado o las instituciones capitalistas la educación de los niños o el cuidado a los ancianos.

La solución a esto no está sin embargo en criticar la deshumanización sin más, sino en plantear que tipo de familia debemos apoyar para regenerar la sociedad y establecer una comunidad  afectuosa y más horizontal.

Por eso pensamos que el tipo de familia ideal es la familia extensa  comunitaria.
Este tipo de familia sería aquélla que no se limita sólo a los lazos sanguíneos, sino que se extiende a la comunidad cercana.

En esta clase de familia, niños y ancianos son objeto de amor y cuidado por el entorno comunitario. Es decir la red de solidaridad no se limita sólo a padres , hermanos e hijos, sino que se expande a más gente.

Con esto reducimos el egocentrismo pero también reducimos el peligro de que niños o ancianos sean maltratados y se tolere al pensar que unos u otros son propiedad exclusiva de sus progenitores.

Aunque el mantenimiento de la libertad individual implica que nadie se meta en vidas privadas si no viene al caso, todos los miembros de la familia, incluyendo los niños, son personas autónomas o potencialmente autónomas, aunque requieran de más cuidados, y por tanto nadie es propiedad de nadie.

Por tanto si se determinara una situación de abuso sobre miembros de un grupo familiar, el predominio de un tipo de familia extensa comunitaria permitiría a éstos abandonarlo siendo acogidos por otros familiares con mayor facilidad  .

Una característica que debería apoyar la nueva reformulación familiar es por tanto la integración y unión de niños, jóvenes, maduros y ancianos.

Frente a nuestras sociedades donde los niños y ancianos son apartados, tratados como tontos y donde la gente se relaciona y establece lazos sólo con los que se acercan a ellos en edad, debe retomarse las relaciones entre personas sin distinción de edades y sexo, pues de esa manera todos aportan cosas al resto y todos aprenden.

Por tanto frente a quienes puedan defender la abolición de la familia como señal de libertad, nosotros creemos que su destrucción supondría el triunfo total del Estado y el capitalismo, y por tanto la destrucción de los valores que nos hacen humanos.

Reflexionemos sobre como reconstruir un tipo de familia que favorezca el crecimiento humano y reduzca la creciente expansión de la mercantilización de los seres humanos y sus relaciones antes de que sea tarde.

sábado, 24 de marzo de 2012

Tenemos que hablar de Kevin: una reflexión sobre el mal

Película brillante, dura, desasosegante, atrevida y políticamente incorrecta Tenemos que hablar de Kevin nos muestra cómo se va desarrollando la semilla del mal en alguien muy cercano, alguien que se supone debe estar investido de ternura e inocencia. Ese alguien se trata ni más ni menos que de un niño.
Eva es una mujer de exitosa carrera que con dudas decide tener un hijo. Alternando pasado y presente, la película nos muestra las vivencias y reflexiones de la madre, que intenta comprender que ha sucedido para que su hijo acabe cometiendo un terrible acto.
De esta manera vamos viendo como crece Kevin, y sin que la madre sepa como cortarlo la maldad va madurando en él.
La credibilidad de los dos actores protagonistas, madre e hijo, sus miradas, sus gestos, sus silencios, sostienen y hacen creíble la película en todo momento. Ambos están brillantes en su interpretación y en el sólo rostro del primero niño y luego adolescente se intuye que en cualquier momento puede explotar el horror.
El film da pie a interrogarse sobre cuáles son las raíces de la psicopatía en una persona; si nace o se hace. Y esa es en el fondo la duda que en todo momento tortura la madre; si quizá no le ha dado el cariño y amor suficiente; si todo podría haber sido diferente.
En mi opinión la película, a través de ciertas imágenes y algunas palabras e incluso en una canción que escuchamos casi al final no cierra del todo esa probabilidad, aunque queda a gusto del espectador el determinar si cierta dureza y desapego de la madre hacia Kevin,muy bien retratada sin apenas necesidad de ser verbalizada y la pasividad del padre que justifica en todo momento al niño y nunca apoya a su mujer, no impulsan la semilla de crueldad que late en el chaval, cuya capacidad de herir con palabras y actos va unida a una gran inteligencia.
Más allá de opiniones personales sobre el tema, debemos agradecer a la directora que nos enfrente cara a cara con un tema escabroso pero que por desgracia sucede en algunas familias:los hijos  que llegan a asesinar a otros jóvenes y a sus seres queridos. Tenemos que hablar de Kevin rompe con el tabú de ocultar ese aspecto turbio de la realidad, de mostrar cómo ninguna familia está a salvo de que por las circunstancias que sean la brutalidad nazca en uno de sus miembros.
Pero la película también da un paso más, y es que el mal no se limita sólo a la actuación desalmada de un individuo, sea niño, joven o adulto, sino que se extiende a toda la comunidad que rodea a la familia de Kevin, en este caso. Y esa maldad colectiva consiste en acusar a la madre de los crímenes cometidos por su hijo. Marginada, acusada, señalada, Eva sufre dos golpes sucesivos que destruyen su vida: la del hijo nacido de su vientre, y finalmente la del entorno social.
Y es que el mal es mucho más potente de lo que imaginamos, y no se reduce, ni mucho menos, a la violencia homicida individual.
Este es, para mí, otro de los grandes aciertos del film y que hace que estemos ante una película muy recomendable, que hace reflexionar y mantiene el interés, pese a que tenga un final más o menos previsible.

miércoles, 14 de marzo de 2012

La civilización autogestionaria



Quienes pensemos como salir  del pozo en que la crisis del sistema nos ha metido y soñemos a la  vez con levantar una sociedad diferente, deberíamos ser capaces, al menos, de perfilar unas ideas, formas de vida y valores que se opongan a los existentes ,a ser posible al mismo tiempo que se van configurando núcleos de personas que organicen estructuras políticas y económicas diferentes a las actuales. Pues al fin y al cabo es la práctica, el choque de las ideas con la realidad , lo que permite detectar los aciertos y errores de las teorías y poder realizar los cambios necesarios. Al final las ideas no deben forzar la realidad, sino adaptarse a ella.
Nosotros pensamos que la alternativa radical y seria a lo existente pasa por construir progresivamente una civilización autogestionaria.
Creemos que otras propuestas no pasan de ser parches que nada cambian en lo sustancial, incluso en ocasiones podrían agravar más la situación, perjudicando la expansión de la libertad.
Y es que la base de una civilización autogestionaria sería la libertad. Pero no la libertad banal de nuestra época, basada en ser libre para elegir entre los diversos productos ofrecidos por el sistema, es decir la libertad de consumir bienes y servicios de duración limitada para ser sustituidos por otros en un movimiento sin fin, de necesidades artificiales impulsadas por los dominadores.
No, la libertad de la que hablamos es la libertad como no dominación, aquélla que implica deliberación, participación y toma de decisiones desde las bases, para evitar que el poder se concentre en una minoría que incita a la población a refugiarse en sus vidas privadas, quitando a la idea de libertad todo concepto profundo y radical y así poder crear una sociedad de seres pasivos a los que moldear con mayor facilidad y hacer no sólo que amen la servidumbre, sino que crean que su situación es la de hombres y mujeres libres.
La idea de libertad como no dominio que nosotros defendemos va unida a la de igualdad política. En este sentido libertad e igualdad no irían enfrentadas, como tradicionalmente se supone, sino unidas en un proyecto que busque repartir el poder para evitar el mantenimiento de órganos de poder separados de la sociedad como el Estado. Esta igualdad de poder es fundamental para lograr una sociedad y unos individuos autónomos, no construidos por las oligarquías políticas y económicas. De ahí que los Consejos o Asambleas deban convertirse en la Institución básica de una sociedad autogobernada
Pero una civilización autogestionaria es aquélla que es consciente que la opresión no es ejercida sólo por personas, sino por objetos , cuando éstos son manejados por los dominadores en última instancia.
Por eso cualquier sociedad que en algún momento quiera plantearse iniciar un proceso de transformación radical de sus estructuras y sus formas de vida debería, por una parte, desarrollar una mentalidad de vida más frugal y austera, porque cuanto menos esclavo se es de cosas y objetos, mayor libertad se tiene.
Y por otra parte debería ser capaz de desarrollar una tecnología, unas herramientas, que favorezcan la autonomía, la libertad igualitaria, la convivencialidad, frente a aquélla manejada y desarrollada por unas minorías, que por tanto contribuyen a esclavizar a la mayoría de la población, o a atomizarla y recluirla entre cuatro paredes.
En este punto sería necesario quitar el poder al dinero, pues el poder del dinero es el poder de las personas que dirigen el Estado y la economía..
Por tanto una sociedad autogobernada, o libertaria, debería por un lado intentar crear un tipo de moneda social, como signo de intercambio no acumulable y que por tanto impida que surjan instituciones que la controlen y manejen, y por tanto alcancen poder suficiente para dominar la sociedad. Así como pensar formas de mercados sin intermediarios, donde productores y consumidores caminen juntos, sin monopolios ni oligopolios.
Pero por otro lado sería muy positivo que los individuos, progresivamente, en sus actividades de intercambio puedan no manejar ningún tipo de moneda, sino ofrecer un servicio a cambio de otro. Por ejemplo alguien podría enseñar matemáticas a otra persona, a cambio de que ésta cuide a sus hijos unas horas.
El no monetarizar toda relación es un paso importante para impulsar una nueva civilización que supere el culto al dinero y el pensamiento de que éste es imprescindible en la vida y en los intercambios entre personas, aunque evidentemente esto requiere de mucho tiempo.
Aquí tocamos un elemento esencial para un proyecto de vida realmente alternativo. Y es que un sistema autogestionario que se quiera serio y real, debe estar basado no en los valores economicistas, productivistas ni de culto al bienestar material que son los que quiere y apoya la maquinaria de dominio, ya por la derecha o la izquierda. Si no que tiene que tener como piedra angular el desarrollo humano, es decir los valores de la conciencia o el “espíritu”, aquéllos que nos distinguen de los animales y que deberían ser los esenciales en nuestras vidas.
Si realmente queremos dejar de ser piezas reemplazables del engranaje estatal y capitalista, y salir de él, no podemos tener como central el tener más en su sentido más material: más dinero, más objetos, más bienes materiales…No se trata de defender ser pobres, volver al mundo primitivo, o apoyar la moda decrecentista.
Se trata de crear una sociedad basada en la calidad humana, única forma de no ser destruidos como personas y de no convertir la economía en un monstruo incontrolado, pues pensamos que una sociedad que impulse la verdadera libertad y la calidad individual y social como piedras angulares, no será devorada por el sistema económico y sus crisis.
También en este punto una colectividad autogestionaria debe saber integrar política, economía y moral. Frente a la idea de que política y economía son diferentes, nosotros sabemos que economía y política van unidas para configurar el sistema de dominio más eficiente que es el de la modernidad.
Destruir el régimen de dominación implica en el terreno económico ir acabando con el sistema de trabajo asalariado, un sistema de compraventa de seres humanos que ayuda enormemente al aparato de Estado a destruir la libertad y a conformar seres dóciles y psicológicamente dañados bien por la rutina, bien por el acoso de otros “compañeros” que el culto a la competitividad y la productividad del capitalismo convierte muchas veces en enemigos, bien por el terror a quedarse en paro y no poder subsistir.
La civilización autogestionaria debe tener como meta el trabajo cooperativo, donde los trabajadores son compañeros, no enemigos unos de otros, combinado la iniciativa individual con la social, la libertad con la igualdad, la individualidad con el bien común. No como sucede en nuestros regímenes, donde son las jerarquías dentro de las empresas, fábricas y talleres quienes toman las decisiones, frente al mito liberal de que reina la iniciativa individual.
Junto al trabajo cooperativo también debe apoyar una sociedad autogobernada el trabajo individual o familiar sin asalariados que en nada se oponen a la libertad como no dominación, al no explotar a terceros.
 Conviene ensalzar el trabajo manual, pues éste no vale menos que el intelectual, ya que los que dan forma al mundo y en gran medida lo crean, son los trabajadores manuales que deben estar al mismo nivel que el llamado trabajo intelectual.
De hecho frente a nuestras sociedades que consideran en muchos casos el trabajo de oficina o burocrático como ideal, la civilización autogestionaria debe verlo como un mal a reducir en lo posible. El trabajo burocrático es fundamental para mantener la estructura de dominación estatal, y si es necesario realizar actividades administrativas, éstas deben ser rotativas, de lo contrario ya tendríamos un Estado incipiente, y por tanto acabaríamos volviendo a la esclavitud, a la desigualdad de poder, a la explotación económica.
La civilización autogestionaria debe luchar contra el surgimiento de una clase empresarial ,entendida como personas que contratan a otras y crean estructuras jerárquicas en el trabajo, en el mundo económico.
En el terreno militar, sabemos que el ejército permanente no es compatible con los valores y forma de funcionamiento de la nueva civilización de la libertad autogestionaria y si fuera necesario defenderse con las armas de un ataque exterior o interior, sólo cabe la creación de milicias de estructura democrática y evitando su permanencia en tiempos de paz, pues todo grupo armado separado de la sociedad acaba por ser un peligro para la democracia.
Igual ocurre con la seguridad ciudadana, ésta debe implicar un carácter rotativo en sus miembros, con un control estricto en sus normas de actuación y funcionamiento.
Las leyes deben ser las justas, y de creación popular, así como los jurados, que deben basarse fundamentalmente en el sentido común , pero puesto que toda sociedad tendrá conflictos y gente que dañe a otra, si es necesaria una sanción ésta debe consistir  en devolver lo robado, si es el caso, o en trabajar para la comunidad, o ayudar a la persona agredida e incluso la expulsión de la comunidad por un tiempo. El encierro sólo debe producirse en los casos más extremos que conviene tener en cuenta que tarde o temprano se producirán, pues el ser humano no es ni será perfecto, ni debe ser objetivo de un sistema autogestionario la perfección.
Pero sí hay que tener en cuenta que nunca se podrá construir o incluso reconstruir-pues pensamos que la civilización está siendo destruída progresivamente- una civilización nueva que eleva al hombre de su conversión actual en un cuasi animal sólo interesado por lo meramente material en un ser humano integral, que conjugue las necesidades más materiales con las que le convierten en hombre o mujer, los valores inmateriales pero que son la base para estructurar una sociedad humana digna de tal nombre. Entre ellas la libertad de conciencia, que requiere por tanto medios independientes, que informen sin adoctrinar u ocultar la verdad.
Esto requiere para poderse sostener pasar del culto a los derechos, a un sistema de derechos y deberes, pues conviene no olvidar que la verdadera libertad, la libertad como no dominación es realmente un deber. Y es un deber porque sostenerla requiere del esfuerzo personal y colectivo.
Y lo que es más difícil, la civilización autogestionaria requiere de deberes no impuestos, sino interiorizados, aceptados libremente como un bien necesario para mantener los valores que nos convierten en humanos. Este aspecto implica la defensa de viejos valores abandonados como la virtud.
Lógicamente esto no es más que unas pocas ideas que puedan servir en algún punto a una colectividad que no quiera seguir el camino al barranco al que nos conducen los desvalores de nuestra época y las fuerzas políticas y sociales de distinto signo para las cuáles el ideal es, o bien un régimen esclavista actualizado con la excusa de la crisis-más competencia, más productividad, más delirio por tanto- o bien mantener la sociedad de consumo, el culto al dinero y el despilfarro en nombre de la justicia, que indirectamente acaba reforzando la primera tendencia, al saquear las arcas del Estado, institución a la que dicen amar, pero que paradójicamente acaban por resquebrajar en su aspecto económico.
Pero la lucha contra las dos caras o ideologías de la opresión exige el nacimiento de una nueva fuerza política-no confundir con partido-  con algunas ideas claras, de vocación internacionalista, pues aunque parta de lo local, se autodestruiría si cae en posturas nacionalistas, independentistas o identitarias, ya que una real reconstrucción civilizatoria requiere, respetando la diversidad, buscar lo que une a los dominados, ya que impulsar lo que separa sólo sirve para mantener lo que existe o reconstruirlo bajo otra forma. Y como hemos dicho al principio parta no tanto de teóricos como de gente sencilla, que practique nuevas formas de vida.
De lo contrario puede que el proceso de degradación sea irreversible y sólo las bombas de una nueva guerra mundial nos despierten del ensueño.

domingo, 26 de febrero de 2012

Sobre la opresión moderna



 Muchas han sido a lo largo de la historia las diversas formas de opresión ejercidas por los grupos dominantes sobre las poblaciones. Desde la esclavitud de Grecia y Roma, por ejemplo, a los Estados totalitarios modernos hay elementos comunes que atraviesan los siglos, pero también diferencias que conviene tener en cuenta.
Aquí analizaremos los mecanismos de dominación de las sociedades de la modernidad, aquéllas basadas en el desarrollo de las fuerzas productivas, desde la industria a la  empresa capitalista, la tecnología alienante, la monetarización absoluta pero también de los aparatos de coerción política como el Estado y las fuerzas policiales y militares e incluso el tipo de ocio y el ideal de vida impulsado por las clases dirigentes.
Si partimos de las revoluciones francesa y americana podemos observar como éstas intentaron acabar con el sistema de poder real absolutista para acabar creando nuevas formas de servidumbre.
En primer lugar tenemos un fuerte incremento del ejército y la policía, cuyo número no era muy elevado en el Antiguo Régimen. Este incremento implica por tanto un mayor poder de la maquinaria estatal para controlar y reprimir a la población. La militarización es, por tanto, una de las características de las sociedades de la modernidad aunque los avances tecnológicos en el terreno militar hacen innecesarios ya ejércitos compuestos de millones de hombres, pues el potencial destructivo del armamento no requiere de un número muy elevado de hombres. Al menos en el llamado primer mundo.
Junto a la estatalización y por tanto la militarización de la vida se produjo otro hecho importante que determina un elemento básico en las formas de opresión sobre los individuos y colectividades. Y es la Revolución Industrial.
En lo que nos ocupa la industrialización supuso la implantación del trabajo asalariado, es decir, la nueva forma de esclavitud  de las sociedades actuales, mucho más perfecta que la antigua esclavitud, pues los esclavos asalariados somos menos conscientes de nuestro estado, al haber logrado el sistema progresivamente identificar salario y compraventa de los trabajadores -dentro por supuesto de un sistema jerárquico-, a libertad e independencia.
Pero el trabajo asalariado y por tanto jerárquico no sólo crea seres serviles en el mundo económico, sino que también crea individuos serviles en el ámbito político.
Pues si observamos con naturalidad que se nos domine en el mundo laboral, también se ve con naturalidad ser dominado en el ámbito político. El sistema de trabajo asalariado es esencial en la creación de rebaños humanos dóciles a las consignas de los dirigentes políticos, al aceptar con naturalidad la sujeción de unos por otros. Y también es muy útil para la creación de buenos soldados leales a su Estado si éste decide enfrentarse militarmente a otro.
Basta agitar algunas consignas demagógicas para que millones de individuos acudan al matadero con orgullo o resignación.

Para nosotros, por tanto, en el ascenso de los regímenes autoritarios del siglo XX, independientemente de sus banderas e himnos, influyen el aumento del poderío de la fuerza del Estado y el triunfo del capitalismo, entendido como sistema de servidumbre laboral-con efectos como ya hemos mencionado en el mundo político-
Conviene tener en cuenta sin embargo que en el ámbito económico la esencia del capitalismo es la misma que la del socialismo de Estado, y las experiencias ruinosas de los países llamados socialistas así lo determinan.
Las revoluciones socialistas e independentistas del siglo XX son otro ejemplo de cómo el autoritarismo es inherente a la modernidad, y casi ninguna revolución escapa a éste.
Desaparecidas las dictaduras fascistas o comunistas hace tiempo, debemos detenernos en la más actual forma de opresión. La de la llamada sociedad de consumo, o el llamado Estado de bienestar .
La sociedad de consumo se basa en la creación constante de necesidades que los individuos deben satisfacer. Esto, que puede parecer algo neutro, implica una nueva forma de degradación de la persona y de destrucción de su libertad.
Esta degradación se produce a un doble nivel; por una parte reduciendo al ser humano a consumidor y productor, lo que supone reducir sus capacidades y valores ajenos a estos campos y por otro creando un nuevo tipo de rebaño humano.
Un rebaño cuya finalidad es recibir desde las alturas bienes materiales para satisfacer apetitos meramente corporales o de entretenimiento banal. Los bienes no materiales, los que deberían ser el fundamento de una buena vida, quedan arrinconados y progresivamente eliminados. Un rebaño que sólo entiende de derechos y cree que éstos son la libertad, cuando no hay libertad sin deberes, pues los derechos sin deberes implican aceptar que se es un siervo al que los amos deben garantizar sustento y diversión
Este nuevo tipo de mecanismo de dominación difiere del de decenios atrás, en que en principio no necesita tanto de la fuerza bruta y por tanto siempre es preferible para los que rigen nuestras vidas. Esto es así porque la sociedad de consumo, o lo que la izquierda y extrema izquierda llama en un ejercicio de autoengaño Estado de Bienestar-pese a sus peleas, izquierda, derecha, sindicalistas  y “transversales” son en esencia lo mismo- crea un tipo de individuo y sociedades deshumanizadas, cada vez más atomizadas, más animalizadas al ser las preocupaciones y las escasas luchas meramente económicas, más amoral.
El individuo se hace esclavo de las cosas, pero ,a través de ellas, se hace esclavo de los dueños de las cosas. Por tanto, el hombre de la sociedad del bienestar material permanece en un estado de doble sujeción
La propaganda constante de los medios de comunicación  y su control por los diversos grupos de poder políticos y económicos, y su programación de escasa calidad, el desarrollo de tecnologías que aumentan el aislamiento o dificultan las capacidades reflexivas de los individuos, de estar un tiempo a solas no para mirar pantallas sino para meditar, el tipo de ocio dirigido consistente en acumular a la gente en lugares repletos de alcohol, donde no se puede pensar o charlar, donde no hay creación ni participación contribuye a hundir a los seres humanos en un estado de apatía, infantilización y animalización.
Y en eso se basa las formas de opresión moderna y su enorme éxito: en animalizar a los hombres y mujeres-sin necesidad de látigos y golpes-, convertirles en ganado y hacerles creer que eso es la vida y que la felicidad y la despreocupación, el placer y el dejar hacer, pues otros resolverán las cosas por nosotros ,es lo que siempre se ha hecho, se hace y se hará.
El problema llegará-ya está aquí- cuando ante el resquebrajamiento del sistema de bienestar, nuestra degradación y la inexistencia de una conciencia alternativa de vida, de una fuerza social realmente alternativa, al ser el pensamiento todo uno con diferencias de matices, sea casi imposible salir del pozo.
 Mantengamos, pese a todo, una pequeña esperanza.








domingo, 5 de febrero de 2012

Katmandú: un espejo en el cielo

Icíar Bollaín vuelve a ofrecernos otra película que irradia sensibilidad, humanidad, ternura y emoción, con personajes creíbles, como los que podemos encontrar en cualquier calle de cualquier país, con sus luces y sus sombras.
El film, basado en un hecho real, nos cuenta la historia de una joven profesora catalana que se desplaza a Nepal para trabajar durante un tiempo en una escuela del citado país, donde la pobreza y la falta de escolarización, así como la ausencia de medios para enseñar a los niños hace muy difícil la actividad educativa.
Pero la directora evita caer en posturas maniqueístas, y a través de los personajes que acompañan a la joven profesora española, especialmente su ayudante y gran amiga, una joven nepalí de mente abierta, comprendemos junto a los elementos negativos conservadores y clasistas de aquel país los valores positivos de solidaridad y apoyo mutuo que se da en esa sociedad, el sentido de comunidad, mucho más sólido que en nuestros países donde rigen el individualismo y la competencia.
Intercalada con algunas imágenes del pasado de la protagonista, la película se adentra en la progresiva transformación interior de la profesora, de cómo encuentra un sentido claro que dar a su vida, luchando y sacrificándose por los niños y niñas, llegando a renunciar a otros aspectos de su vida, como al amor.
Y es que encontrar un sentido profundo a nuestra existencia y un lugar en el que poder desarrollar nuestro sueño, sueño de servir al bien, al prójimo, debería ser una meta, incluso aunque no se logre.
Ella, la maestra catalana, lo consiguió, pese a las heridas profundas y sangrantes que sufrió su alma y las dolorosas pérdidas a las que hubo de enfrentarse para encontrar la luz en su existencia.
Todos nosotros deberíamos hacerlo, o al menos intentarlo, aunque fracasemos si aspiramos a vivir en paz con nosotros mismos en vez de vivir de acuerdo a lo que nos dicten otros, buscando la felicidad en lo que no puede traerla: los placeres esporádicos del consumo, el sexo o la abundancia material, a través del trabajo asalariado, esclavizador, vacío y destructor de los valores humanos.