sábado, 30 de diciembre de 2017

La traición de los intelectuales a los pobres

Leer a Heleno Saña, desde que lo descubrí a finales de la primera década del 2000, ha sido siempre un enorme placer. Su obra es variada, y va desde la historia política a la ética y la filosofía, siempre independiente de los poderes, los poderosos y los ricos.

La traición de los intelectuales a los pobres es un libro de una editorial desconocida y muy apreciada por mí , Voz de los sin Voz, del Movimiento Cultural Cristiano, editorial que en una ocasión mencioné en este blog, en relación a un texto muy interesante.

En éste se recopilan tres intervenciones del pensador libertario y a la vez abierto a lo religioso, o espiritual si se prefiere-rara avis, pero con el que me identifico plenamente-, Heleno Saña, en tres años sucesivos, pronunciadas en el Aula Malagón-Rovirosa, personajes, como la editorial, tan apasionantes como desconocidos en este país de sectarios, donde hay que ser ateo o creyente, religioso o antirreligioso, teniendo que ser el religioso de derechas y el ateo de izquierdas o revolucionario porque sí, y los libertarios afectos al Evangelio- y a elementos de otras tradiciones filosóficas y espirituales- constituimos a ojos de la población una especie de extraterrestres procedentes de Ganímedes, o de Zeta Retículi, que queda más lejano.

La primera conferencia, titulada como el libro, supone una acerada crítica a los intelectuales modernos, esos intelectuales, prácticamente la totalidad de los existentes, dedicados a hacer dinero sirviendo los intereses de los políticos y del capital, lustrando las botas de los poderosos, olvidando su función de ser conciencias críticas de nuestra realidad, del sistema falsamente llamado democrático. También se denuncia el narcisismo occidental, el olvido de los hambrientos del mundo, algo que cualquiera puede observar hoy, donde el occidental medio vive de espaldas a la realidad mundial, sintiéndose falsamente seguro en su falso castillo que sueña indestructible, castillo llamado, en nuestro caso, Europa. Aunque los hambrientos y huidos llamen a nuestras puertas, igual que las guerras, como la ucraniana, por no irnos más lejos. 



El segundo ensayo es una defensa de la mejor cultura surgida los dos últimos siglos, la cultura obrera, aquella que se oponía a la difundida por la burguesía, esa "cultura" de la competencia, de la búsqueda del éxito, pseudocultura que ha terminado por crear una sociedad del odio y el enfrentamiento entre todos, una guerra interpersonal, un embrutecimiento y caída moral, promovida por los valores competitivos, consumistas y hedonistas. Frente a esos valores que Heleno reconoce que han terminado por imponerse, se oponía el proletariado de los tiempos heroicos, aquellos que defendían la solidaridad, el apoyo mutuo, la autoformación, el ansia de conocimiento, frente al ocio banal y embrutecedor del hoy, el de los bares, discotecas, estadios de fútbol o la telebasura.

El último escrito, quizás el más flojo para mí, es el de la autogestión política, donde defiende la necesidad de recuperar esta idea fuerza, tan necesaria para afrontar las injusticias y el olvido y abandono en el que están los pueblos miserables y hambrientos de la humanidad, no sólo en relación a la pobreza material, si no también en relación a la miseria espiritual de las antaño sociedades opulentas, que cada vez lo somos menos tras el paso de ese huracán llamado crisis.

La traición de los intelectuales a los pobres está recorrida por la denuncia de Heleno a la sociedad actual, a su pérdida de valores, a la destrucción del alma ejercida por el capitalismo, al olvido y eliminación por parte de las clases dirigentes de las más elevadas tradiciones humanistas y espirituales de la humanidad, y de la necesidad de recuperarlas para cambiar tanto el mundo como a uno mismo, punto de partida éste para el cambio global.

Mi felicitación a Voz de los sin Voz y al Movimiento Cultural Cristiano, por convertir las conferencias en un magnífico libro.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Lujo comunal. El imaginario político de la Comuna de París

He tenido el placer de leer un interesante libro sobre uno de los acontecimientos revolucionarios del siglo XIX más recordados y sobre el que se ha escrito mucho: la Comuna Parisina de 1871 .

Pero el libro difiere de otros en que rompe con los esquemas dominantes que sobre este hecho se han publicado. Primero, lo desvincula totalmente del nacionalismo francés, de la construcción de la nación francesa. La revuelta rechazaba el nacionalismo y se puede decir que el patriotismo radicalmente, considerándolo algo burgués y negativo .

Su objetivo, frente al falso republicanismo universalista,que no pasaba de ser un imperialismo represor y militarista, era una República Universal-yo preferiría hablar, hoy, de Comuna Universal-. Y por otra parte la autora lo desvincula también del comunismo, del régimen soviético, al que no puede adscribirse, como sostienen algunos, pues la Comuna parisina apuntaba al desmantelamiento del Estado y la burocracia, no a un colectivismo burocrático y estatal, como se observa a lo largo del libro. El ideal de la Comuna era la libre asociación y cooperación.



Lo más interesante del texto de Kristin Ross, para mí, es la atención que presta a los artistas y las ideas que éstos desarrollaron en aquella efímera experiencia, que les llevó a crear una Federación. De hecho el título, lujo comunal, no debería entenderse como lujo en el sentido burgués que hoy entendemos, sino como el intento de los comuneros de colocar la creación artística, la belleza a todos los niveles, en el centro de la vida, rechazando, al contrario que hoy, las subvenciones estatales, haciendo bandera de la libertad total de expresión artística sin interferencias externas. De ahí la reconstrucción urbanística y arquitectónica repleta de belleza al alcance y al disfrute de todos que planeaban realizar. Eso es el llamado lujo comunal. Para ellos, con su defensa de una educación integral, un trabajador manual debía de ser capaz de escribir un libro, así como en su tiempo libre disfrutar del arte y las creaciones artísticas o científicas.

Es muy curiosa la anécdota que nos cuenta de un zapatero que defendía que su labor debía ser considerada arte, lo cual no me parece en absoluto descabellado, al fin y al cabo: ¿por qué no es posible concebir unos zapatos como algo bello, y al zapatero como un artista?. 

Kristin Ross nos presenta distintos personajes conocidos de la historia de las ideas que participaron o fueron muy influidos por la revolución. Elisee Reclus y Kropotkin por los anarquistas, y Karl Marx, que se vio obligado a modificar sus ideas centralistas y estatistas ante la experiencia, y su idea de "progreso", considerando que quizás formas que él rechazaba de plano como el Mir ruso, u otras estructuras comunalistas supervivientes del pasado medieval, podían ser útiles, siempre que se actualizaran y se alejaran de su corporativismo o localismo estrecho en la futura revolución, coincidiendo con la visión de los libertarios.

También aparecen otras figuras muy interesantes y hoy prácticamente olvidadas, como William Morris, artesano que odiaba la Modernidad, y Luisa Michel con otras mujeres, que, al contrario de otras posteriores, fueron mucho más lúcidas, no cayendo en la trampa parlamentaria y sufragista como falso elemento emancipador. Su lucha se encaminó en la creación de cooperativas en las que trabajaran y se integraran las mujeres.

La derrota, la matanza, el exilio, la supervivencia, la reflexión sobre la experiencia, los debates entre ellos, marcan la parte final del texto.

En Lujo Comunal, y ello se advierte desde el principio, no se hace un balance de aciertos y errores, ni aparece ninguna cronología de los acontecimientos. Se escuchan las voces de los participantes, sus ideales, sus objetivos, la influencia en sus vidas y los cambios o reafirmaciones que esta revuelta produjo en ellos.

Sin embargo, si tengo que ser sincero, la sensación que me queda al cerrar el libro es de melancolía, frustración y derrota. Ver lo que latía detrás, especialmente esa idea central de la belleza, llevarla a todos lados y a todas las vidas, el desmantelamiento del estado, el rechazo del nacionalismo pero sin centrarse ni caer en localismos municipales, sino pretendiendo abarcar la tierra entera en una especie de Comuna de Comunas; todo ello está muy por encima de los ideales y sueños actuales, de los tecnólatras apegados a múltiples cachivaches tecnológicos, habitantes de sociedades escolarizadas.

Sueños que entremezclan votar y poner el cazo, esperando la salvación por el Estado, por el Partido, con un retorno al egoísmo mezquino, a la estrechez de miras, a la xenofobia, a la división y enfrentamiento de los explotados y oprimidos, del nacionalismo, del localismo estrecho, creyendo que esa mierda pinchada en un palo es la alternativa a la globalización capitalista.

Y así nos va, caminando entre derrotas continuas y, en vez de desmantelar el Estado y el Capital, siendo desmantelados como sociedad e individuos por ambas fuerzas demoniacas.

lunes, 18 de diciembre de 2017

La expulsión de lo distinto

El prolífico y siempre interesante Byung-Chul Han, agudo analista y observador de la sociedad actual y, especialmente, del universo de lo digital, de las redes sociales, de las consecuencias que éstas acarrean, ha publicado La expulsión de lo distinto.

En dicho libro su tesis central es que, debido a esos medios digitales, vivimos en el infierno de lo igual, en el rechazo a la alteridad, a lo diferente. Es el mundo del me gusta, donde sólo nos relacionamos con quienes piensan igual, donde se busca lo positivo, y se rehuye de lo negativo. Esta búsqueda de lo positivo implica la expulsión del Otro. Ese Otro con pensamientos y formas de ser que no coincide con nosotros no debe entrar en nuestras vidas, es una amenaza, un peligro para esta sociedad de narcisistas, de enamorados de sí mismos, sociedad donde la verdadera comunicación es sustituida por la conexión.

Para Han lo que enferma no es ya la alienación y la represión, sino el exceso de información, la hipercomunicación, la sobreproducción y el hiperconsumo: las enfermedades características de nuestro mundo digital son la depresión, la autodestrucción, impulsadas además por el rendimiento continuo que el neoliberalismo exige a los individuos del presente.

Más que explotación debemos hablar de autoexplotación, más que de panóptico clásico que nos vigila desde la torre, el panóptico digital nos vigila por todos lados, incluyendo nuestra interioridad, pero sin ser sentido como control. A la nueva forma de dominación le interesa explotar la libertad, que el individuo se desnude a plena luz, pero que lo haga con un sentimiento de absoluta libertad.



En La expulsión de lo distinto se reflexiona sobre el nacionalismo y el terrorismo como respuesta al terror de lo global, de la globalización. Ambos son fenómenos que buscan la singularidad, pero de manera equivocada, pues sus métodos, su objetivo, es también imponer el infierno de lo igual. Todos sometidos a una misma religión, o una comunidad sometida a una forma obligada de ver el mundo.

Por las páginas de este libro circulan amenas y profundas reflexiones, como una atinada crítica a la moda de la autenticidad y la diversidad, implicando la primera una represión sobre sí mismo y un narcisismo nefasto, y siendo la diversidad nada más que un producto consumible, algo que en realidad forma parte del sistema y que éste busca, como en mi opinión sería la famosa fiesta del Orgullo Gay, puro espectáculo capitalista, o las diversas tribus urbanas, todas con su estética uniforme y sus productos de consumo, pura pose egocéntrica , vana y vacua rebeldía meramente estética, aunque también un intento, equivocado, de sentirse parte de una comunidad en una sociedad de Egos, de átomos aislados unos de otro.

¿Hay solución al infierno de lo igual?. Sí, sería el retorno del pensamiento del Otro y la escucha. Eso es lo que nos propone nuestro querido filósofo, algo aparentemente sencillo, pero cada vez más difícil de lograr.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Vivir la anarquía, vivir la utopía. José Peirats y la historia del anarcosindicalismo español

Chris Ealham, historiador inglés y especialista en la historia del anarquismo español y la cultura obrera, así como sus conflictos y protestas, publicó en 2016 una apasionante biografía de un militante de base de la CNT anarcosindicalista, José Peirats, cuya vida recorrió todas las tragedias colectivas del siglo XX, especialmente la Guerra Civil, el amargo exilio, la muerte de Franco y el retorno a un país ya muy distinto al que pisaron antes del desastre bélico, y en el que muchos ya no se reconocían.

Su infancia de penurias, dulcificada por unos padres comprensivos y abiertos de mente para la época y el apoyo mutuo del vecindario, la muerte de varios hermanos a temprana edad, la marcha de un pueblo castellonense a Barcelona, ciudad en la que descubre a la CNT y sus durísimas luchas, organización a la que se dedicaría en cuerpo y alma casi toda su vida- a veces madre y otras madrastra de sus propios componentes-, recorre el texto.

A través del estudio biográfico nos sumergimos de lleno en la durísima vida de un trabajador manual y obrero desde muy corta edad, por la necesidad de ganarse la vida y ayudar a su familia fuera como fuera. Vemos la influencia que sobre él ejercieron dos tíos, uno socialista y otro libertario; también se nos cuenta como bordeó la delincuencia, pudiendo haberse convertido en un delincuente más hasta que topo con el famoso sindicato libertario y varios militantes que le abrieron definitivamente los ojos, apartándole del camino habitual de la taberna, las peleas y las visitas a burdeles para convertirle en alguien apasionado por la cultura, por la formación, un ladrillero autodidacta, como cientos de miles en toda España que lucharon contra la ignorancia y el analfabetismo a base de enormes esfuerzos.



En Peirats se une pensamiento y acción: del piquete y las armas cuando era necesario, a animador de grupos teatrales y culturales tanto en las Juventudes Libertarias como en la FAI y la CNT. Asistimos a los debates y divisiones internas que siempre aquejaron al movimiento libertario, a su visión crítica y rebelde, que le llevo a rechazar desde el aventurerismo insurreccionalista del mitificado Durruti y compañía, los famosos Solidarios, con aquellos levantamientos armados contra la República denominados por García Oliver gimnasia revolucionaria-luego convertidos de la noche a la mañana en defensores del frentepopulismo-,  a la entrada de la CNT en el Gobierno, oponiéndose a lo que él consideraba una traición a los principios.

Sale a la luz su profundo humanismo, que le hizo oponerse a los "paseos" y crímenes de la retaguardia y su alistamiento en el ejército, asqueado del clima de retaguardia. Tras la derrota, el largo invierno del exilio, donde continuó su enfrentamiento con la famosa Federica Montseny y su marido, Esgleas, convertidos en sátapras que no daban cuenta de lo que hacían con el dinero de la Organización y se embarcaron en una carrera de expulsiones y descalificaciones de cualquier discrepante.

Y finalmente un retorno al país donde no logró ver cumplido su sueño de un renacimiento de su querida organización, aunque ésta le había expulsado de las filas tiempo atrás. La CNT nunca revivió, volvió a ser presa de las divisiones y jamás ha llegado a ser ni sombra de lo que fue, degenerándose sus restos hasta llegar a algo que hubiera hecho estallar a Peirats, muy anticatalanista, de indignación: su paso con armas y bagajes al famoso  Process catalán, como hemos podido asistir con estupefacción hace muy poco tiempo.

El autor también menciona algunos de sus defectos, como una profunda homofobia, marca de los tiempos que vivió y que nunca logró superar, así como un rechazo final, tras un breve interés, a ideas de la llamada nueva izquierda, que pretendía, entre otras cosas, renovar el anarquismo y el marxismo, uniendo lo mejor de ambos o poner en el tapete ideas como el consejismo, entre otras como la liberación sexual. 

Con el ejemplo de Peirats Chris Ealham retrata a toda una generación que se embarcó en la ilusión de cambiar la sociedad, que luchó en condiciones adversas, que prestó gran atención a la cultura, a la autoformación, como proceso de liberación individual y social. Una o unas generaciones con sus luces y sombras, pero superior a la nuestra en algo esencial: no se dejó atrapar por los cantos de sirena del consumismo, la acumulación de bienes y propiedades, el mero sueño de mejora económica personal y lo más importante, no abrazó la fe en un Amo, en un Partido Redentor; es decir no fue alcanzada por toda esa mentalidad de clase media o burguesa que ascendió y triunfó en nuestro país, y causa de que no fuera ni sea posible, hoy, pensar en un sindicalismo revolucionario como opción de futuro.

Y esa ha sido la derrota póstuma de Peirats y los suyos- y la nuestra, la de los eternos dominados o, mejor dicho, los conscientes de serlo-, la tristeza de ver que nada de su mundo, lo más positivo y necesario para el presente, ha quedado en pie.

domingo, 26 de noviembre de 2017

¿Ecologismo o humanismo libertario?. Reflexiones sobre la fragmentación del pensamiento moderno y el virus populista

Una de las ideas más de moda del pensamiento contemporáneo y, por tanto, muy rápidamente absorbida por el sistema, es la ecologista, nacida en los sesenta, fundamentalmente, aunque como siempre puede encontrar inspiración en algunos pensadores y corrientes del pasado, como el naturismo y agrarismo libertario ibérico e intelectuales en los que puede detectarse un llamamiento a una vida campesina, cercana a la Naturaleza e incluso practicando y defendiendo el vegetarianismo, entre ellos Tolstoi, por ejemplo.

La idea ecologista, de preocupación por el ecosistema, de lucha por evitar su degradación, me parece importante, por supuesto, un aspecto a tener en consideración. El problema, tal como yo lo veo, no es ese, sino si la preocupación ecológica debe ser el centro, o los cimientos de la casa, por expresarlo de alguna manera, o el tejado del edificio.

La respuesta para mí es clara: sólo rehumanizando la sociedad, combatiendo por su transformación revolucionaria desde una visión humanista y libertaria, partiendo de unos cimientos diferentes, cabe una postura ecológica consecuente.

Vivimos un Régimen, no el del 78 como dicen algunos, sino la Modernidad productivista, estatal y capitalista, donde un grupo de hombres y mujeres, éstas  en número creciente-de ahí el impulso al feminismo de Estado como nueva religión progresista , cuyo fin es romper la unión entre hombres y mujeres, haciendo creer que la libertad y la emancipación consiste en colorear la explotación y la opresión de morado y arcoiris, en vez de combatirla todos a una-, dominan a otros, y, de paso, a la Naturaleza.

La demolición inicial, aunque poco visible, es sobre el ecosistema humano, sobre el interior de los individuos, de la sociedad civil, logrando haber casi derrotado y liquidado a uno y a otra, a individuo y comunidad, convirtiéndonos prácticamente en máquinas sin alma, seguidoras de las órdenes y a la búsqueda de los paraísos artificiales vendidos por los medios de adoctrinamiento, especialmente la televisión.

Esto tiene un claro reflejo en el pensamiento etiquetado radical actual, o de los últimos decenios, si se prefiere. Sus propuestas no pasan de defender cosas como el desarrollo sostenible, la reforma de las ley electoral, el decrecimiento, en general, sin ir unido a una opción abiertamente revolucionaria, convertido éste, de manera creciente, en una moda burguesa como prácticamente la totalidad del ecologismo, la renta básica como medida que puede prolongarse indefinidamente,independientemente de las crisis futuras del capital, la búsqueda populista de un partido y un Mesías Redentor, el último Pablo Iglesias, un milagroso reparto de riqueza de una patronal y un grupo gobernante convertidos de manera mágica en bienhechores de la humanidad...

El individuo consciente, la comunidad dotada de conciencia solidaria y combativa, ha desaparecido casi totalmente. Su lugar lo hemos ocupado unas masas o populacho, mejor dicho, ensimismados y entusiasmados con sus cachivaches tecnológicos-yo mismo los uso y me incluyo en el saco-, laicas multitudes creyente en una Religión fundamental, la del Progreso Infinito por los siglos de los siglos, que piensa, olvidando la historia y la propia Naturaleza donde todo colapsa y muere, para renacer de otra manera, que el futuro será esplendoroso; rozaremos la inmortalidad, desaparecerá la injusticia, las enfermedades, el hambre...todo gracias al continuo avance de las tecnologías.

El sueño es que basta con poner el cazo, protestar de tarde en tarde y sanseacabó. Las viejas ideas, las de un Marx, un Proudhon o un Bakunin, que tenían sus límites, sus defectos, pero que, con todo, comparadas con las actuales, eran más realistas, porque se basaban, sobre todo los dos últimos, en que no hay avance sin esfuerzo, sin arrancar a las clases dirigentes cosas, hasta llegar a conquistar los medios de producción en dura lucha-el fallo sería no ver que la producción fabril en masa, el ritmo de trabajo que ello conlleva, las máquinas y las tecnologías que escapan al entendimiento de la mayoría de las personas no es liberador, sino que haría resurgir fácilmente una nueva clase dirigente-, han sido prácticamente abandonadas.



Han sido sustituidas por una multiplicidad de reclamaciones que han ocupado la centralidad que antes tuvo la idea de superar el Estado nación y el capitalismo. Ideas sin garras, inofensivas para las autoridades inteligentes, sólo peligrosas para las viejas y poco lúcidas teocracias islámicas que por desgracia aún subsisten por el mundo: reclamaciones raciales, sexuales o de género, religiosas, ecológicas, de edad, nacionalistas, linguísticas, culturales, o, mejor dicho culturalistas-la cultura, la lengua, como armas de división, de enfrentamiento entre comunidades-, e incluso el territorio, como sostiene un libertario lúcido y crítico con el nacionalismo como Amorós, cuya propuesta de sustitución de la conciencia de clase por la de Defensa del Territorio no pasa de ser una forma de esencialismo prácticamente a medio paso de los esquemas nacionalistas.

La decadencia y la práctica desaparición de la vieja clase obrera y campesina, y por tanto la casi extinción de una conciencia de clase real, más allá de alguna declaración retórica en fechas oportunas; la no sustitución de esa conciencia por otro tipo de conciencia comunitaria de lucha y emancipación, y el triunfo de una mentalidad de clase media, de consumidor compulsivo, cuyo sueño consistía o consiste meramente en ascender en la escala social, en acumular dinero, objetos y propiedades-aún está cercano el tiempo donde estaba de moda tener dos vivienda, casa y chalet, llegando a mirar por encima del hombro a quien no lo tenía, sin distinciones ideológicas, moda típica de la burguesía bienpensante, aquella que se tiraba los pedos más altos que el culo con tal de aparentar-, ha causado un daño tremendo, que aún arrastramos, sin que, siendo honestos, se perciba un cambio en el horizonte.

El pensamiento se ha fragmentado, como un espejo roto por un balonazo, en miles de pedazos, perdiéndose una visión global, ausente por tanto de ello una visión holística revolucionaria. Visión holística que conllevaría ver claramente que no hay ecologismo dentro de una economía productivista, desarrollista, que no hay desarrollo sostenible ni capitalismo verde posible, pues para el capitalismo todo debe ser crecientemente mercantilizado, aplastado, convertido en mercancía, de personas a bosques, mares, ríos...

¿Ecologismo o humanismo libertario?. Humanismo libertario primero, única forma de lograr una sociedad, una comunidad, que integre la ecología, que no destruya el medio ambiente y, de paso, que nos libere del virus populista, virus que se expande ante la inexistencia de esa conciencia comunitaria y solidaria, llámese como se llame, que hace que ante la atomización, la insolidaridad y el sálvese quien puede se recurra al sueño de un Salvador, un Caudillo, que si lograse el poder convertiría el sueño en pesadilla.

domingo, 19 de noviembre de 2017

La librería

Hermosos paisajes, sensibilidad, emociones, retrato social de una época, de un microcosmos, el de un pueblo de gentes amables, pero sometidos al dominio de una aristócrata, con algunas excepciones de poderosas personalidades, aquellas que habitan los dos extremos de la vida: la infancia que abre los ojos con asombro, mezcla de atracción y miedo al mundo y la vejez que los cierra lentamente con desapego, que se resisten a sumarse al clima de servilismo y cotilleo.

La última película de Isabel Coixet gira en torno a los libros, en torno a una mujer valiente de fines de los años cincuenta en Inglaterra que se lanza a una actividad arriesgada. Poner una librería en un pequeño pueblo tan aislado como bello y melancólico.

Y melancolía es lo que desprende La librería, melancolía de una pérdida, de un corazón solitario que se acompaña de los mejores amigos, aquellos que no te abandonan, que te cuentan historias en silencio, que te hacen sentir, pensar, llorar, reír, indignarte, rebelarte en el fondo de tu alma, que, cierto, a veces decepcionan.



Esos amigos que a veces desprenden un profundo y agradable aroma que te hace trasladarte a otra época, época escondida en la semioscuridad de las esquinas de los recuerdos, que como un fogonazo te asaltan en un instante, trayendo rostros, imágenes, sombras y luces de algo marchito que, como las hojas amarillentas y descoloridas, como una persona que ya roza la muerte con la punta de sus dedos,  se resiste a perecer, a disolverse en una total oscuridad, reclamando su existencia, en un movimiento furioso de última rebeldía.

Los libros, que habitan sus ciudades, las estanterías, llamándote por su nombre, reclamando una mirada, una caricia, un gesto de ternura. De eso y de las personas, de las buenas y de las malas, de las que expanden la injusticia y los que se pliegan ante ella, y de quienes la combaten, trata la película.

Una película con sabor a libro de poesía, que si chirría en algo es por su excesivo maniqueísmo, malos muy malos y buenos muy buenos, sin aristas, sin las complejidades y claroscuros que se adhieren a la vida de todo individuo, y que sólo tras largo periplo, tras caídas y recaídas, se inclina como una flor hacia un lado y otro, mas nunca , o casi nunca, de manera absoluta, siempre inestable, hasta morir y volver al origen, la tierra cálida y acogedora.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Reflexiones sobre la espiritualidad,la Modernidad productivista y tecnoburocrática y la transformación revolucionaria

Se ha cumplido el centenario de la Revolución Rusa, uno de los muchos acontecimientos trágicos que marcó el siglo XX, un siglo lleno de furia, fuego y destrucción; aniquilador de vidas humanas entregadas al Moloch devorador de los Estados y sus diversas ideologías justificativas.

Junto con el fracaso de esa revolución y sus derivadas en distintas zonas del mundo, quedó sepultado, de manera en parte comprensible, el pensamiento emancipador, la idea de revolución, de transformación radical de nuestras vidas, ante el temor de que cualquier paso en ese sentido pudiera acabar como Rusia, o Cuba, por ejemplo.

Lógicamente las explicaciones sobre el fracaso de esas revoluciones, y su rapidísima degeneración en formas despóticas de autoridad, son muy variadas, pero a mí me gustaría tocar un aspecto, o varios, que no se suelen mencionar, y es su derrota-derrota para los oprimidos, claro, y éxito para los nuevos gobernantes y su séquito de aliados intelectuales del mundo entero, aunque éxito breve- por su visión puramente materialista, negadora de cualquier sentido espiritual o profundo de la existencia, y sus esquemas modernistas, en el peor sentido de la palabra, el de la Modernidad productivista, del desarrollo de las fuerzas productivas como mecanismo de liberación.

Tras una infancia marcada por un ateísmo clásico, aunque como muchos ateos en el fondo siempre interrogándome sobre Dios, sobre la existencia o no de algo trascendente, las reflexiones personales y el paso de los años me han hecho llegar a una conclusión-quizás equivocada, no digo que no- basada en la imposibilidad de una transformación revolucionaria en positivo sin un fuerte componente espiritual en los individuos que quieren el cambio social.

Entiéndase que hablo de espiritualidad, no de religión-ni de espiritualismo a la moda New Age y otras moderneces basadas en la relajación personal u otras cosas inofensivas que engordan la cuenta corriente de algunos grupos o escritores-, entendida esa espiritualidad  como la visión de que todos formamos parte de una trama cósmica, que todos estamos entrelazados, de objetos a seres vivos, de mayor o menor consciencia, de que los demás son reflejo de uno mismo. De que el Todo y lo Singular son lo mismo.



Una consciencia de este tipo en los descontentos, en los núcleos de subversivos que quedan aquí y allá, aunque en pequeño número, con independencia de que a esa trama la llamen Dios, lo dejen en la interrogación o no lo llamen de ninguna manera y lo consideren algo espontáneo y natural, sin más, debiera constituir el núcleo de un futuro movimiento o fuerza revolucionaria futura.

¿Por qué lo veo así?. Porque para mí esa es la idea básica necesaria para romper en mil pedazos la Modernidad productivista y tecnoburocrática, aquella basada desde las revoluciones burguesas hasta las falsamente llamadas proletarias y campesinas-aunque indudablemente atrajeron a sectores obreros a ellas- en el desarrollo de las fuerzas productivas y en el ascenso de una nueva clase dirigente, la llamada  tecnoburocracia, que algunos definen actualizando el concepto como la jerarquía internacional de los propietarios del conocimiento, cada vez más y más separado de la sociedad.

Esa modernidad caracterizada por la expansión de los poderes estatales, pero también en coalición con los del capital, pese a la visión equivocada e infantil de numerosos izquierdistas, que imaginan que ambos poderes están enfrentados, y que el estado, usando un lenguaje coloquial, sería el poli bueno, la fuerza a utilizar para la "emancipación". Pues otra de las características de los habitantes de la Modernidad técnica y tecnolátrica es huir de la realidad, no enfrentarse a ella y verla de frente, no admitir que estamos solos ante las autoridades de los estados y el capital, que ninguno de ellos quiere nuestra liberación, sino la expansión hasta el infinito de sus dominios, usando la tecnología como instrumento de aislamiento, para que no logremos nunca encontrarnos en el mundo físico, en el tú a tú real, no virtual, haciendo ya casi imposible la lucha revolucionaria, la conciencia revolucionaria nueva necesaria.

Viendo en cada humano un reflejo nuestro, la tendencia a usarnos mutuamente como objetos, como mercancías a las que controlar, usar  y tirar y dominar de mil manera, se vería debilitada, pudiéndose abrir entonces sí, un camino a una nueva civilización, una nueva civilización de seres consciente cada vez en grado máximo, donde cabría un cambio revolucionario en libertad, brotando de un interior libre, transmitido el nuevo ideal de pecho y pecho, sin coacción,al contrario que en esas temibles revoluciones del siglo XX, impuestas bajo el terror y la fuerza bruta-con alguna excepción, como la húngara de 1956, por ejemplo-.

Esa nueva civilización, con esa nueva espiritualidad, uniría lo ahora separado, lo local y lo universal, lo individual y lo colectivo, la propiedad privada y la propiedad comunal, en un equilibrio de aparentes contrarios, que no son tales, ya que los hombres y mujeres necesitamos tanto espacios propios e individuales en los que poder aislarnos totalmente del resto, en silencio, como espacios colectivos en los que encontrarnos para tomar decisiones; disponer de una propiedad personal entendida como reflejo y extensión de uno, y otra comunal que permita sobrevivir y favorecer la armonía, la solidaridad real y la libertad como no dominación.

Quienes aún piensen en revolucionario, quienes se nieguen a abrazar el desierto en expansión de la Modernidad, ese desierto que abrasa y arrasa de vida el interior individual y las relaciones interpersonales, sustituyéndolo por el miedo, el lucro, y la voluntad de poder y servidumbre voluntaria, deben tomar nota de los fracasos terribles de revoluciones pasadas, y caminar por otro sendero.