miércoles, 2 de diciembre de 2015

El Sentido de la Vida


Con retraso, hemos leído un pequeño y bello ensayo filosófico de los años treinta, escrito por el entonces joven médico y militante del movimiento libertario Félix Martí Ibáñez.

Prologado en 2013 por Carlos Luckas y Félix Rodrigo Mora que nos acercan a su doble vida, revolucionaria, intensa y agitada hasta el año 39, en que tiene que exiliarse de España, y posteriormente de éxitos profesionales y ya fuera de toda actividad sindical en Estados Unidos, hasta su fallecimiento en 1972.

El Sentido de la Vida, por encima del ideal anarquista de su autor, es una propuesta de cómo vivir, de lo que Félix consideraba darle a la vida su sentido más elevado y profundo.

Con lenguaje florido y poético, el culto ensayista, miembro por entonces de la Asociación Los idealistas prácticos, desmarcándose de cualquier filosofía vital hedonista o torcidamente epicúrea, la absolutamente dominante en nuestras sociedades y en lo que queda de movimiento obrero y de izquierdismo, tan chata, ñoña , conservadora, destructiva y paralizante, hace una defensa encendida del dolor , el sufrimiento y el combate.

Piensa que éstos van unidos irremisiblemente a la vida humana y que la forma de afrontarlos y vencerlos no es huir de ellos buscando cualquier tipo de evasión en los más bajos goces, sino con la creación. Sin dolor no hay creación, afirma, y utilizando una profunda y acertada frase de Nietzsche leemos una magnífica frase en su libro: “el hombre es un aprendiz, el Dolor es su maestro”.


Queda claro, por tanto, que con el dolor aprendemos, y que cuando buscamos huir de él -como personalmente reconozco que hago y he hecho  durante mi breve vida-,temiendo el fracaso, el daño moral, éste nos alcanza más rápidamente, porque simplemente huimos de la vida, tiñendo a ésta de tristeza, de nostalgia de lo que pudo ser y no fue, de lo no vivido.

En este aspecto la obre de Félix Martí Ibáñez, lejos de ser un libro de autoayuda tan de moda ahora, puede ayudarte sin embargo a abrir los ojos y caminar luchando contra los demonios interiores de nuestra mente, allí donde habitan nuestros enemigos, atormentándonos con sus voces paralizantes en el finito y corto sendero que nos lleva al Vacío sin remedio.

El dolor, por tanto, es base de las obras vitales, y una vida plenamente feliz, en su opinión, sería la de un ser que caminaría estéril, vegetando indiferente. Otro puñetazo al eudemonismo vigente.

Analiza el autor otros temas variados, como las dos reacciones extremas ante la vida: la de los idealistas que viven en su mundo de ensueños, pero alejados de la dura realidad, a la que dan la espalda equivocadamente, y sus opuestos, los realistas absolutos, los pragmáticos tan de moda ahora, quienes en realidad no viven tampoco la verdadera vida, el yo verdadero, esa vida profunda que se esconde en nuestro lago interior, y que anhela otras cosas, aparte de las mezquindades de perseguir alcanzar una buena profesión, un buen sueldo, una buena posición social.

Para nosotros la verdadera vida coincidiría con la del nombre del grupo en el que colaboraba Félix: el idealismo práctico, el que aúna las dos necesidades de la vida. La de la aspiración al bien, la libertad, la belleza, la verdad, lo que él llama El evangelio laico de la fraternidad y el mancharse las manos y los pies, siendo conscientes de que estamos donde estamos, un lugar que en absoluto es el Paraíso Terrenal.

Habría que vivir elevándose a momentos del suelo para atisbar otros horizontes, volviendo rápidamente al terreno, para no cegarse con quimeras o ensoñaciones sin enraizamiento en la realidad terrestre.

Se ensalza el valor del silencio, aquél que permite entenderse mejor a las almas, el momento presente, tal como sostenían los estoicos, filosofía de la que parece mostrarse muy cercana, frente a la obsesión futurista y a la nostalgia del pasado. Elogia incluso al primer cristianismo, a Jesús de Nazaret, a los viejos profetas, a los que considera precursores del anarquismo y el socialismo, con su guerra a la riqueza, defensa de la pobreza y rechazo de los déspotas.

“Vivir es no renunciar a nada más que a sí mismo en cuanto a satisfacciones personales se refiere”. Incluimos esta  frase, ejemplo de la excelsa filosofía vital de nuestro por desgracia desconocido autor, para terminar con el resumen de este  texto tan grande en ideas como pequeño en número de páginas.


Y esperemos que, en algún momento, quienes a lo largo de la historia se han acercado a sostener un Sentido de la Vida de esa calidad espiritual, sean envidiados y elegidos como modelos de vida por las gentes del común. Porque entonces el cambio revolucionario sí sería una posibilidad.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Yo, él y Raquel


No queríamos pasar sin comentar una pequeña joya del cine protagonizada por adolescentes, muy superior de lo que pensábamos al ir a verla y alejada de los tópicos de los personajes clásicos que suelen aparecer en los films que retratan las vidas y los ambientes en que se mueven los estudiantes de instituto.

Y eso que el tema podía haber llevado a la película a la sensiblería, pero no es el caso, y Yo, él y Raquel sale con nota de la prueba.

La historia sucede en el último año de instituto de Greg, un estudiante peculiar, sin rastro de autoestima, pero inteligente y con un agudo sentido del humor,decidido a pasar desapercibido allí donde va, a evitar conflictos con los compañeros, procurando llevarse bien con todos pero rehuyendo la amistad, los lazos afectivos con los estudiantes.

Sólo mantiene una mayor relación con Earl, al que conoce desde la guardería y a quien una la pasión por hacer versiones surrealistas de clásicos del cine europeo y a un curioso profesor de historia.

Todo su mundo, sin embargo, empieza a resquebrajarse cuando, forzado por su madre, visita a una compañera de colegio aquejada de leucemia.

Situaciones y diálogos extravagantes y divertidos, pero con toques de profundidad, combinados con momentos de tristeza y emotividad, pero, como hemos dicho, sin arrastrar a la película hacia el fácil recurso de lo lacrimógeno.

 Todo hace llevar al protagonista a la maduración, al aprendizaje, a la apertura hacia los otros, a la interrogación sobre su Yo, sobre su vida, sobre lo que realmente anhela.

Una de las últimas escenas despunta por la fuerza que desprende, por su dramatismo emotivo y se quedará para siempre clavada en el corazón de los espectadores, al menos lo ha hecho en el mío.

Comedia, drama, Yo, él y Raquel es el vivo reflejo de nuestras vidas, esas tragicomedias que, afortunadamente, representamos por poco tiempo.


lunes, 2 de noviembre de 2015

¿Por qué estamos derrotados ?. Dejar semillas para el futuro lejano


Tengo que reconocer que he dudado mucho a la hora de escribir este pequeño texto, aún sabiendo que el número de lectores de este blog es muy escaso.

El título, ya de por sí es muy pesimista, y aunque siempre he considerado que la realidad hay que mirarla de frente, única manera de afrontar las cosas, siempre he procurado dar alguna pincelada de optimismo, de ideas alternativas para un cambio si no a corto sí a medio plazo, desde la modestia de alguien con no mucha formación, y con escasa sabiduría.

Pero a riesgo de ser visto como un derrotista-no confundir con rendido-, mis reflexiones personales de un tiempo a esta parte me han llevado a considerar, con una mezcla de tristeza y frustración que creo que no debo ocultar, que hemos sido derrotados, al menos de momento, como especie, comunidad o como cada cual quiera definir al género humano.

Leyendo y viendo noticias sobre los graves problemas mundiales que nos aquejan, y observando la nula capacidad de respuesta de los ciudadanos y los trabajadores, he llegado a la conclusión no sólo de que la lucha está perdida, sino que no creo que haya lucha, al menos hoy por hoy.

Nuestro fracaso individual y colectivo arranca de muy atrás en el tiempo, y podemos definirlo  como el ascenso de la alienación, o eliminación creciente de la concienciación.

Esta demolición de la conciencia puede observarse en diferentes aspectos de la vida social. Uno de ellos es la desaparición casi absoluta de la conciencia de clase, no sustituida por otro tipo de conciencia universal mejor.



El ascenso del Estado de bienestar y las mejoras sociales impulsadas durante unos decenios por los poderes, logrados también en parte gracias a rapiñar los países más pobres, hizo que los objetivos, metas y valores de la inmensa mayoría de la población fuera enriquecerse, hacerse propietario de una e incluso en los tiempos finales del bienestar dos viviendas, coches, viajes… El ascenso social, la carrera por ascender ,suplió cualquier otra consideración. Ser clase media era la ilusión, y, al final, el lugar donde todo el mundo decía situarse.

En ese espejismo de los tiempos en que la máquina productiva funcionaba relativamente bien, los trabajadores olvidaron lo que eran en esencia: oprimidos y explotados de unas granjas que no ofrecían malas condiciones, incluso con expectativas de mejoras.

Se tiró por tanto la conciencia de clase por la ventana, como algo inservible, pues bastaba con hacer alguna que otra reclamación económica, alguna presión para lograr más sueldos, más beneficios para pensar que así se alcanzaría el cielo burgués, aunque fuera con retórica izquierdista y sindicalista.

Pero junto a la conciencia de clase fueron liquidados el internacionalismo y el ideario emancipador-entendiendo por este último no el comunismo, tumba y cárcel de proletarios y campesinos, sino el antiguo, el de una sociedad dirigida por los propios obreros, dueños de los medios de producción-.

Estas voladuras han sido terribles, pues su ausencia tiene mucho que ver  con nuestra conversión en masas, o mejor dicho ,en populacho liliputiense-pues las masas son capaces de acciones comunes, aunque suelan acabar mal, maniatadas y reprimidas por nuevos dirigentes. Pero el populacho digitalizado actual sólo somos capaces de aullar en las redes sociales, como si eso fuera solución de algo, como si el Poder fuera a asustarse con tales chiquilladas estériles-, o sea en una multitud cuya visión de los problemas se limita al ámbito localista o nacional, perdiendo de vista lo internacional.

Éste ha sido un triunfo colosal de las potencias mundiales, pues la inconsciencia generalizada que padecemos permite a los mandamases del mundo hacer y deshacer a su antojo, amenazarse y enfrentarse unos a otros ante la ceguera de los hombres y mujeres contemporáneos, que pese a la aceleración y riesgo grave de enfrentamiento mundial, que podemos ver todos los días, y que tiene en Siria, Irak, el Pacífico o Ucrania lugares donde unos y otros despliegan sus armas y sus tropas, siguen centrados en sus asuntos domésticos, despreocupados, camino del precipicio.

Y es que, por lo que escuchamos por ahí, el pensamiento dominante es que siempre ha habido guerras, y las seguirá habiendo, pero que Occidente estará a salvo. Sólo se luchará en países alejados, como si Occidente viviera rodeado de una cúpula en la que jamás podrán caer misiles u otro tipo de armas destructivas que tanto abundan a lo largo y ancho del mundo. Resumiendo, que el mundo de los blancos es un paraíso que siempre estará a salvo. Es lo que tiene el olvido de la historia y qué nos pasó en las dos guerras mundiales.

El olvido de la necesidad de una reflexión y un movimiento internacionalista es lo que nos ha dejado totalmente indefensos, como conejos en una pradera sin árboles y refugios ante una manada de depredadores. Muy posiblemente caeremos como moscas, sin quejas ni protestas, sólo con una última mirada de sorpresa y terror como el herbívoro ante las garras repentinas del águila o el carnívoro de turno

Pero, no nos engañemos, no somos herbívoros mansos y angelicales,  si se produce la hecatombe bélica, no sería justo culpar a los dirigentes del mundo. Culpémonos a nosotros mismos por haber vivido con los ojos vendados, sonriendo alegremente, pensando sólo en nuestra vida, en lo que sucede en la esquina. Creyendo que no era de nuestra incumbencia lo que pasaba a otros, lo que se hacía a otros. Hemos sido cómplices y puede que recibamos el castigo, la venganza, de quienes se han sentido humillados por la actuación de nuestros gobiernos, que no distinguirán entre nosotros y nuestros gobernantes.

Volviendo a la reflexión, tampoco queremos hacer una defensa acrítica del viejo ideario obrerista. Hay que ser honestos y reconocer que el antiguo internacionalismo se fundió como nieve con el sol en la primera guerra mundial. Los proletarios europeos no se unieron para frenar la maquinaria bélica de sus naciones. Se dejaron arrastrar por la furia nacionalista y patriótica, pereciendo cientos de miles en los combates.

Pero el fracaso no debería haber supuesto la eliminación del universalismo de la clase trabajadora. Lo que se requería era su revisión, para mejorarlo en todo lo posible, o su sustitución por algo superior.
Lo que ha sucedido ha sido que esos viejos ideales han desaparecido de la escena, no se ha sustituido por nada serio y más elevado. Su espacio lo ha ocupado el vacío, e, incluso, un sueño terrible, para nosotros pesadilla: el nacionalismo, el discurso de la liberación nacional, el identitario, el de la multiplicación de Estados-nación, y por tanto el ascenso en flecha del enfrentamiento y el odio de unos con otros.

Frente a la globalización capitalista en algunos sectores contestatarios de diversos ideales-incluyendo cercanos a quien esto escribe, como autogestionarios, libertarios, comunalistas o cooperativistas integrales- se ha enarbolado la bandera de la diferenciación, de la autodeterminación de los pueblos, del uso de la lengua o la cultura como ideología: esto supone por una parte un suicidio, y por otra una alegría para las clases dirigentes, pues supone fomentar aún más la división entre explotados y oprimidos.

La reconstrucción de un nuevo internacionalismo, de un nuevo ideal liberador, de una nueva conciencia colectiva solidaria, debe iniciarse, sin prisas pero sin pausas.

Habría muchos otros factores que nos indican cómo se ha desplomado nuestra conciencia. Así, aunque parezca un asunto menor, se puede observar cómo nos ha inundado la telebasura, y cómo nos hemos acostumbrado a ella al extremo de que ya nada molesta.

Cediendo a lo anecdótico, aun recuerdo como hace unos veinte años, se hizo famoso y causó mucha polémica un programa del corazón, Tómbola, creo que se llamaba. Ante las críticas recibidas por lo que se consideraba un programa degradante, acabó por cerrar.

Años después, tal tipo de programación es habitual en todas o casi todas las cadenas, dejando pequeños algunos de ellos al citado programa. Una prueba más de cómo nos acostumbramos a todo y de cómo ha ido achicándose nuestra conciencia moral.

Habiendo llegado a la conclusión-acertada o equivocada- de que por diversas razones, algunas mencionadas, a corto medio plazo estamos derrotados, sí creo que es muy importante el hacer un esfuerzo para dejar semillas positivas, que puedan ayudar a las gentes del futuro.

Sería muy triste, aunque no lo veamos, que en tiempos lejanos, nuestras generaciones sean vista con horror como las únicas que nada positivo dejaron en herencia. Como la era de la destrucción y el colapso a todos los niveles, y, especialmente, a nivel humano. Como unas multitudes amantes de lo feo, de lo degradado, seres envilecidos centrados en perseguir lo más bajo, lo que menos ayuda a crecer en sabiduría, bien y libertad.

Y esto es lo que muy probablemente suceda. Por tanto, y aunque sea in extremis, sí creo que podemos dejar, como expreso en el título, unas semillas aprovechables para otras generaciones que quieran despertar y caminar hacia otra cosa.

Esto requeriría de una doble actuación. Una teórica, y otra práctica, o si es posible que pudiera conjugarse una unión entre ambas.

Por una parte podrían irse creando, lentamente, pequeñas comunidades, que decidieran vivir de otra manera-hay algo de eso, por ejemplo, en las llamadas comunidades de transición-, organizarse con otros valores para intentar mostrar que otro mundo es posible, alejadas del cortoplacismo dominante, aquel que sigue atado a caminos que una y otra vez se ha demostrado que conducen a la nada, como el electoralismo y la fe en nuevos partidos, cuando éstos ha quedado sobradamente demostrado que son parte del Orden maligno que nos rige, y que deben ser apartados como elementos de solución.

Pero también sería un logro, aunque inicialmente modesto, el que, de alguna manera, ya sea creando comunidades también que irradien la sociedad, ya sea más en la discreción, en el trabajo más bien silencioso, humanistas y científicos se unieran para elaborar un ideal de sociedad-no autoritario ni dogmático- que conjugara lo positivo del pasado con lo positivo del presente.

Es muy necesario salvaguardar, si no de la destrucción física-es difícil, aunque no imposible ,que se retomen métodos como la quema de libros- sí de la muerte civil, por olvido y ocultación-lo que está sucediendo hace muchos años-, los escritos de los viejos maestros, los viejos sabios de la humanidad, que predicaban la vida buena, el progreso moral, la libertad interior, la frugalidad… valores a rescatar, junto con la elaboración de un pensamiento científico y técnico centrado en lograr una ciencia humanista, que se separe de la dominante, tan vinculada a los poderes y a los ejércitos, o sea a la opresión y la destrucción.

Puede soñar extraño, pero sería una actuación similar, salvando las distancias, de algunos viejos monasterios que salvaron entre sus muros los saberes antiguos y que también algunos y en ciertas épocas, difundieron modos de vida alternativos y superiores a los existentes, como la unión del trabajo manual e intelectual, en un clima no asalariado o esclavista y comunal.

Ese nuevo ideal, esas nuevas comunidades, si algunas sobreviven, serían las que de las ruinas futuras, ya sea de la hecatombe bélica, ya sea de la hecatombe económica y ecológica, si  no llega a producirse la primera , que esperemos no llegue a desencadenarse, saldrían para predicar una nueva humanidad que favorezca la hermandad de los pueblos.

De esa manera nuestras generaciones, no quedarán marcadas sólo como las generaciones de la deshumanización, de la esterilidad e incluso de la involución.

Algo positivo se habrá hecho, de utilidad por el bien, aunque nuestros ojos, nuestros cuerpos, no vean ni caminen por entre ese mundo nuevo.



martes, 13 de octubre de 2015

Una modesta utopía

La Asociación en la que colaboro modestamente, Autonomía y Bienvivir-enlazada en nuestro blog-, decidió hacer un texto colaborativo rescatando una palabra y un ideal totalmente olvidado desde hace unos decenios en nuestras sociedades: la Utopía.

Sociedades que se dicen realistas y pragmáticas, condenando con una sonrisa de desprecio o de rechazo cariñoso también, a aquellos y aquellas que no estamos de acuerdo con su dirección. Y es que en realidad ese realismo, ese pragmatismo que tanto ha calado, no es, en fin, si no una loca quimera, una ciega carrera al precipicio.

Con el ideal de crecimiento económico perpetuo como bandera, incluyendo unos un mejor reparto de la riqueza y otros ni eso, buscando cual adolescentes perpetuos las siglas que les salven, marchando de frustración en frustración, esas comunidades, individuos y naciones que hacen gala de realismo no quieren ver que su nueva religión laica, la del progreso sin fin, reconociendo algún bache pasajero, se está cayendo en pedazos.

Los recursos se agotan, nos acercamos a los límites-sí, todo tiene límites, palabra tabú de la modernidad tecnocrática-, las crisis económicas se suceden unas a otras, y las guerras se incrementan peligrosamente, encontrándonos en serio riesgo de Guerra Mundial-si es que no ha empezado ya-.

Pero no es sólo eso, el gran mal de las sociedades de la heteronomía, de la dominación, es la destrucción efectuada sobre los sujetos. Las creencias y valores abrazados en mayor o menor medida por todos nos han reducido a la condición de obsoletos, de autómatas,de productos, de mercancías que intentan emperifollarse todo lo posible para ser compradas por el mejor postor.

Ahora, ese edificio lujoso, con grandes luces de neón, fiestas y música sonando, se resquebraja y tambalea sacudido por el terremoto, apagándose progresivamente sus focos y sus aparatos musicales.

Sus partidarios y defensores se miran extrañados unos a otros. 

- No es nada, un susto pasajero, dicen unos-
- Esto se arregla poniendo nuevos gestores que arreglen los desperfectos, dicen otros.

Y es en esta situación de autoengaño, de ceguera de aquellos y aquellas que no quieren ver que nuestro mundo, sus estructuras, su imaginario, colapsa, que se hace necesario retomar la utopía entendida como proyecto de vida y sociedad nuevas. Pero una utopía que tenga en cuenta las lecciones y fracasos de tiempos pasados.

La utopía, el pensamiento renovador requiere, por tanto, no crear un sistema cerrado o autoritario, sino abierto a la construcción de todos y todas, democrático, que se encamine a la autonomía.

Un lugar donde las metas sean las contrarias que ahora: frente a la destrucción de los recursos y la búsqueda desaforada de la abundancia material, de la riqueza económica, se ponga en su lugar la frugalidad, el bienvivir, el progreso moral o crecimiento interno, el compartir. Donde frente a los instrumento de dominación, desde el trabajo asalariado, el dinero como fin, los partidos políticos...se construyan herramientas liberadores, tales como monedas oxidables, trabajo libre o cooperativo, asambleas, usufructo frente a la obsesión de propiedad...

Esto requiere, por tanto, de un proceso deliberativo, donde la publicidad y la propaganda se reduzcan todo lo posible, entre otros muchos aspectos.

El camino sería duro, difícil, siempre abierto, pero si las gentes no despierta, no abren sus ojos a lo que sucede, si no se desembarazan de su falso realismo, nos espera un futuro muy negro.

http://autonomiaybienvivir.blogspot.com.es/2015/10/una-modesta-utopia.html


sábado, 3 de octubre de 2015

Madre Coraje, una obra de actualidad

En las Naves del Matadero, y hasta el 4 de octubre, se está representando una famosa obra del dramaturgo alemán Bertolt Brecht ambientada en la llamada Guerra de los Treinta años, que en el siglo XVII enfrentó a católicos y protestantes.

Pero el texto, por encima de la historia, es un relato -entreverado en esta adaptación con actuaciones musicales- de un tema por desgracia histórico y actual, la guerra, sus crueldades, la corrupción que fomenta, la necesidad de sobrevivir a toda costa que genera en muchas personas de quienes la padece, el duelo interior entre mantener la ética con el prójimo, o tirarla en mitad del camino para sobrevivir.

La protagonista principal , una madre que recorre con su carromato y sus tres hijos los escenarios bélicos vendiendo ropa y diverso tipo de material militar a los ejércitos para salir a flote , es un fiel reflejo de esas sacudidas y tormentos interiores.

Con actores desconocidos pero que se meten brillantemente en sus papeles, Bretch analiza la feroz disciplina castrense, el hundimiento en la bestialidad, cometiendo toda clase de tropelías, de los soldados, acostumbrados a aniquilar vidas o mutilarlas como quien toma un vaso de agua; el temor de la población civil; quienes se lucran de la guerra, como la protagonista, si bien el autor no se atreve a juzgarla o condenarla, pues parece ser comprensivo con la necesidad de supervivencia que todos tenemos dentro.

Resulta también interesante, en una pequeña parte de la representación, el análisis breve pero demoledor de la sumisión, la adaptación y la aceptación por parte del pueblo de lo que quieren los poderosos, desde sus valores, sus órdenes, sus prejuicios, hasta llegar al extremo de acatar ir al exterminio en masa, a aniquilarse utilizando la religión como arma.

Podemos decir que nuestra sociedad, hoy, no ha cambiado nada. La persecución del éxito, el poder, el dinero, el fundamentalismo religioso y la corrupción que todo ello origina sigue manteniendo su fuerza, así como el servilismo de la ciudadanía a sus proyectos, si bien actualmente con medios más modernos.

Ahora que la Guerra Mundial asoma en el horizonte, no estaría de más leer o ver esta gran obra para tener claro que volveremos a ser carne de cañón cuando quienes mandan decidan, y que nada se hará para evitarlo porque el mundo sigue estando igual de dividido y nosotros seguimos siendo tristes marionetas desvaídas, rotas por los palos de quienes manejan los hilos sin más protestas que algunos inaudibles quejidos y lamentos.


miércoles, 16 de septiembre de 2015

Reflexiones sobre las crisis de la Modernidad y la alternativa universalista


Estamos asistiendo desde hace unos años a una crisis o quiebra de las diferentes estructuras que configuran el sistema mundo, desde el ámbito financiero o económico, al de representación política en sus diversos partidos políticos, al sindical, al declive de viejas potencias pero incluso a la también posible caída de nuevas, como parece poder ocurrir en China con el desplome de sus bolsas y su caída en el crecimiento así como a las hasta hace poco llamadas economías o países emergentes, sumado todo ello a la crisis migratoria provocada por el hambre y las guerras.

Todas estas crisis se entrecruzan con el lento declive de los recursos fósiles y de otros que vienen como el del agua, por ejemplo, crisis que es en última instancia el desplome progresivo de la idea clave de la modernidad-lo que antes hemos llamado con un poco de grandilocuencia sistema mundo- la del Progreso o Crecimiento indefinido, no sólo el económico sino también el tecnológico. 

Modernidad tecnocrática que busca en la tecnología la salida y solución a los males, en vez de buscarla en nosotros mismos, siendo la tecnología auxiliar

Esta nueva religiosidad de baratillo se está encontrando con que el crepúsculo ha llegado a su forma de ver y entender el mundo, que las sombras avanzan y su sol resplandeciente de sueños de acumulación sin fin, de mercaderes que se enriquecen y que hacen caer algunas gotas de su riqueza sobre los pueblos, también en su inmensa mayoría fieles adeptos arrodillados ante el Dios Mamón y sus sacerdotes y obispos, sean de izquierdas o derechas, católicos, protestantes, musulmanes o anticlericales furibundos, llega a su fin.

Esto se ve claramente en el terreno monetario, con el avance cual carcoma silenciosa de la pobreza y las desigualdades en muchos países como España. Resultado esperado de absorber esos nefastos valores y de creerse las clases populares y trabajadoras que se podían conseguir mejoras salariales y de derechos continuamente, no siendo necesario pensar en sistemas diferentes ni nada parecido, fuera de cierta retórica en días señalados.

Esta por ver, iniciado ya hace un tiempo el colapso económico, cuándo irá llegando el tecnológico, pues el desarrollo tecnológico requiere del económico.

En el aspecto partidista hemos observado en Europa el fin del sueño que despertó Syriza en mucha gente, y en América Latina el de los gobiernos de izquierdas y progresistas, desde el de Brasil, comido por la corrupción, al chavismo, pasando por las manifestaciones crecientes contra Evo y Corrales, especialmente por parte de las comunidades indígenas. También se están produciendo manifestaciones contra gobernantes corruptos en lo que algunos están llamando Primavera Latinoamericana en países como Honduras, Guatemala y otros.

Para nosotros lo que está ocurriendo es que las formas de pensar y organizar en diversos niveles las sociedades, o lo que Castoriadis llamaba el imaginario, está caducando a nivel global.

Esto de entrada no sería en absoluto negativo, si no fuera porque , especialmente en la llamada parte rica del mundo, las poblaciones han sido casi totalmente  desarmadas, dominadas por los engranajes del Estado y el Capital, con los múltiples medio de manipulación y adoctrinamiento sutil.

El imaginario del movimiento obrero en sus orígenes, por volver a citar a Castoriadis, es inexistente, salvo en núcleos muy reducidos, divididos y sin influencia social de momento. Siendo realistas, lo único que tenemos es lo que llamaremos mentalidad ciudadanista, es decir una mentalidad burguesa o de clase media que domina todo sector político y sindical, incluyendo el llamado por conservadores y liberales en sus medios radicales o extrema izquierda-que en realidad no son más que expresiones de la vieja demagogia del populismo latinoamericano tipo Perón u otros, ataviada con ropajes occidentalizados, o sea con la moda del discurso participativo, que no es ni más ni menos en la práctica que un Líder, representante directo de las masas populares, cual Dios de pacotilla- que se autoengañan buscando paraísos de consumismo y crecimiento, pero con mejor reparto de bienes.

Propuestas quiméricas, pues en nuestra situación ya no es posible comprar a las gentes con regalos o subsidios, como hacían Evita y Perón- o como me contaban en Angola las profesoras de una escuela en la que estuve de voluntario respecto al gobierno del MPLA, que repartía motos o bicicletas en época electoral-.

Es una mentalidad bienintencionada pero sin futuro. Aunque por desgracia a corto plazo hará de tapón para evitar que surja un pensamiento realmente transformador

Liberales, conservadores- o liberal-conservadores, pues en la práctica ya no hay diferencias entre ellos, salvo algún punto muy secundario, de hecho cuando escuchamos en la televisión a muchos liberales nos parece que están a la derecha de la derecha-, izquierdistas, populistas, fascistas, centristas, transversales, nacionalistas o independentistas… y sus correspondientes opciones políticas no tienen respuestas a la situación actual.

Son muertos vivientes, que agitan eslóganes o discursos vacíos, pero que desgraciadamente aún tiene un seguimiento mayoritario, por el triste hecho de que el glorioso occidente se ha convertido-nos hemos convertido- en un cementerio de muertos en vida, tanto en los poderosos como en los oprimidos. Y esto es un indicio de que nuestro sistema educativo, del colegio a la universidad, y nuestro universo tecnocrático, tampoco funciona, no es la solución a los males.

Desaparecida la conciencia de clase, por algunos de los motivos explicados anteriormente, creyéndose los asalariados clases medias que podían codearse con las clases dirigentes y altas, comprando sus valores, pensando que ellos y sus hijos y nietos vivirían siempre mejor materialmente, fundidos en abrazo eterno y solidario con los capitalistas y los dirigentes de los diversos partidos, toca empezar casi de cero.

No se trata tanto de volver a sacar a pasear la lucha de clases, como hacen falsamente lo que subsiste del movimiento comunista, decimos falsamente pues por lo que leemos a algunos  sus modelos son, aparte de los siempre queridos tiranos de Cuba, personajes como Asad o Maduro, en los cuáles no tenemos muy claro dónde está su discurso marxista, aparte de que en la historia antigua de los marxistas la lucha de clases fue un concepto manipulado para usarlo como motor de ascenso de una nueva clase dirigente que gobernaba  por encima de obreros y campesinos, en su nombre.

Se trata, más bien, de impulsar un cambio de mentalidad en la clase media. Es decir que ésta deje de pensar en que es clase media entendida como clase que mira por encima del hombro a los trabajadores manuales, creyéndose por encima de ellos y aceptar la cruda realidad: que todo asalariado, incluido ellos-los llamados trabajadores intelectuales y de oficina o cuello blanco- son los semiesclavos de la Modernidad.

Y no sólo eso, sino que la reconstrucción de las comunidades, del mundo, por pensar en plan ambicioso, requeriría retomar un aspecto positivo de la tradición emancipadora obrerista, la superioridad o al menos la igualdad del trabajo manual, sin la cual no puede nacer una nueva civilización.

Si antaño fue el movimiento obrero quien intentó pensar en otro mundo, ahora son comunidades campesinas e indígenas las que más parecen alejarse de todo el sistema, aunque aún parecen estar muy lejos de tomar conciencia clara de ello y mostrar un posible camino y un pensamiento universal.



Pero es revelador el que nuevamente sean sectores sociales marginados o mal vistos por el grueso de la población que se dice educada y formada, sintiéndose superior por sus títulos y estudios, la que pueda enarbolar la antorcha del cambio.

Y es que ante la grave situación mundial, con cientos de miles de refugiados que huyen del hambre y las guerras, otro ejemplo más de la crisis de la modernidad como dijimos al principio, se requiere una mirada cosmopolita, como la del viejo internacionalismo, para enfrentar los problemas.

Nos encontramos aquí en un punto muy delicado, pues crece la tentación, frente a la globalización capitalista, de la defensa de los Estados-nación, de la llamada soberanía nacional, con el planteamiento de que eso es más democrático. Planteamientos, para nosotros, totalmente erróneos, pues no habría más que ver la historia de la Europa de entreguerras para observar la multitud de golpes de Estado y dictaduras que se adueñaron de diversos países.

Una miríada de tiranos nacionales y guerras por doquier sería el futuro que nos esperaría si tales planteamientos triunfasen, con el discurso de la soberanía nacional.

Por supuesto que el camino universalista es muy complicado. Ir abandonando los Estados –nación  sin caer en la homogeneización requiere unos análisis muy profundos, y unas prácticas muy difíciles.

Existen diferentes propuestas de las que somos afines, a lo largo del mundo, desde el Confederalismo Democrático de diversas fuerzas kurdas, al municipalismo de base, o comunalismo federalista, hasta el concepto de autonomía de las comunidades indígenas latinoamericanas.

Estas ideas plantean  un autogobierno de las comunidades-autogobierno democrático o de base, nada que ver con el nacionalista- de abajo arriba, donde diversos Consejos o Concejos, de vecinos, jóvenes, mujeres, trabajadores… se coordinan o federan, partiendo de lo local, hasta llegar a niveles superiores, trascendiendo de esta manera los Estados-nación-grandes o pequeños- y sobrepasando las diferencias linguísticas, religiosas o culturales-sin destruirlas, pero sin que la diversidad se use como arma arrojadiza o de división o de dominación-.

De esta manera podría llegarse a la creación de una institución democrática mundial, diferente a ese entelequia llamada ONU- donde los países más poderosos son los que llevan la voz cantante- que tendría algunas competencias y que podría actuar como mediador de conflictos y ante tragedias como las que vemos actualmente de los refugiados, con una política coherente y solidaria a nivel mundial.

Evidentemente el punto débil de esta forma nueva de entender la vida y las relaciones es la probabilidad de caer en el localismo y, con el paso del tiempo, al nacionalismo y a la multiplicidad de los opresivos Estados nacionales. Algo que requeriría también de análisis y contrapesos complejos, si alguna vez la humanidad decide tomar un camino similar.


Lo que nosotros sí tenemos claro es que o el mundo se hace uno en su diversidad, o no será.


domingo, 23 de agosto de 2015

Reflexiones sobre la sociedad de la intrascendencia contemporánea y el abismo



Cuando observamos y reflexionamos sobre la sociedad del hoy, de los últimos decenios, podríamos definirla como la del triunfo de la intrascendencia.

Miremos donde miremos, desde los programas televisivos, al mundo político, hasta el ámbito llamado ciudadano de las redes sociales y otros, ha ascendido lo que en otras palabras Castoriadis definía como el ascenso de la insignificancia hace cerca de veinte años.



Y lo que uno de nuestros pensadores de cabecera analizaba: anomia, privatización, ascenso de partidos o líderes políticos vendibles, inexistencia de pensamiento creador, ruptura de los lazos sociales, falta de sentido de la existencia que intenta llenarse con el mito del progreso y el consumismo ilimitado… ha seguido expandiéndose pese al fugaz espejismo del 15M.

Cojamos, por ejemplo, uno de los medios fundamentales de amoldamiento mental, la televisión. Si en los ochenta y principios de los noventa teníamos programas de debate tan interesantes como La Clave, por ejemplo, la multiplicación de canales no ha supuesto ninguna mejora, al contrario, la calidad de los debates es cada vez más ínfima.

Todos ellos son de política-otros temas profundos prácticamente han desaparecido-, pero de política en su sentido más bajo, o sea de lucha de partidos, con tertulianos dedicados a dar voces en defensa de los suyos, y presentadores que ya no son tales, sino otros tertulianos más, con línea y color definido, que han olvidado que su función es moderar y presentar, no expresar opiniones.

Todo esto favorece no sólo la decadencia cultural y espiritual, sino que crea hinchadas de hooligans dedicados al enaltecimiento de tales o cuales periodistas, de tales o cuales políticos, de tales o cuales programas, de tales o cuales partidos.



Esto se refleja a su vez en las redes sociales, donde se observa claramente lo que podemos clasificar de frentismo de Walt Disney, es decir se ensalza a los afines “ideológicos” y se ataca a los rivales, o sea se recrea una especie de film infantil con los buenos y los malos peleando en el mundo virtual, con multitudes así mismo virtuales situadas a un lado u otro del gran teatrillo. El pensamiento independiente,libre y critico, por tanto, se ve claramente afectado, menguando progresivamente hasta quedar reducido a su mínima expresión.

Hemos escrito anteriormente ideológico entre comillas porque, en realidad, en la sociedad de la intrascendencia no puede hablarse de ideologías en el verdadero sentido de la palabra. Realmente las diferencias entre unos y otros son mucho más escasas de lo que las masas afectas a una u otra sigla quieren reconocer y en tal sociedad la construcción de idearios sólidos, fuertes, gusten o no, se apoyen o no, son casi inviables.

Dominan las futilidades, las superficialidades, las nimiedades, y todo queda reducido a más o menos impuestos, a más o menos Estado de Bienestar, no hay más en las comunidades contemporáneas de la insignificancia, de laicismo crédulo, donde se sustituye la religiosidad, la Iglesia o Iglesias, por el culto al Partido, al Líder Salvador, más de lo mismo, sumisión envuelta en pseudolibertad o incluso anticlericalismo.

Partidos o líderes creados a su vez por los medios, pues cuando el sistema necesita o comprende que le toca renovar la fachada impulsa nuevas caras, nuevas siglas . Caras y siglas que son las únicas con cierta posibilidad de triunfar, pues nada es la sociedad conformista moderna sin los medios y en nada cree fuera de ellos.

Sobran dar nombres de tales líderes juveniles, todos y todas sabemos quienes son, pues acabamos de asistir recientemente a tales operaciones.

La sociedad intrascendente, de egos hinchados de su supuesta superioridad en libertades y demás, es una sociedad de crédulos fácilmente manejables y constantemente engañados . Fuera de nuestras fronteras tenemos el entusiasmo creado por Syriza y Tsipras, al que muchos abrazaron como la solución  a los males de la Unión Europea y su política de austeridad. Tal idea se reveló prontamente como ilusión sin fundamento, dejando huérfanos a millones de esperanzados.

Incapaz de creer en el autogobierno, y por tanto mucho menos libre de lo que se creen, las multitudes que conforman la sociedad de la insignificancia van corriendo de Amo en Amo, de Salvador en Salvador, y por tanto de derrota en derrota, de decepción en decepción.

Y es que una de las grandes características de nuestro sistema es el del entretenimiento continuo: cachivaches tecnológicos con incorporaciones constantes, programas de televisión basura, “información” continua… que favorecen la atomización, la privatización de la vida, la distracción.

Con esto y la publicidad se ata a la gente a la ilusión del Progreso continuo e indefinido, se le infantiliza, anulando su capacidad de reflexión creativa, de pensar otra sociedad – el pensamiento creador subversivo ha desaparecido del todo hace decenios, sustituido por las antes mencionadas “rebeldías” políticas creadas o favorecidas por los medios- y se elimina todo sentido trascendente o profundo de la existencia, intentando escamotearle de la verdadera realidad, que no es una línea sin fin, sino los ascensos y caídas, los avances y los retrocesos, el tiempo cíclico en una palabra.

Pero tal ocultación, tal sistema de ideas implantado en las mentes de los semiesclavos actuales, está empezando a resquebrajarse. Tras la primera crisis de 2007, se avecinan los indicadores de que podríamos estar a las puertas de una nueva crisis económica. Muchos son los signos de que estaríamos en realidad en un colapso de nuestra civilización, a lo que debemos sumar la amenaza creciente de guerra mundial, de la que hablamos en el anterior texto del blog.



Nos encontramos, por tanto, al borde del abismo, ante un sistema caduco en sus diferentes aspectos: educativo, económico, político, de cosmovisión y valores… pero que no tiene nada enfrente y, si no caemos en el autoengaño y somos sinceros, no sólo no tiene rival-salvo, a lo sumo, unos pocos casos de sociedades autogobernadas o intentos de acercarse a ello en algunas partes del mundo, desde Cherán o Chiapas, a Rojava en el Kurdistán sirio, ilusionantes para nosotros pero muy lejos de poder conformar un proyecto de futuro mundial-, si no que si escuchamos al entorno, sin distinciones de partidos o colores en las gentes, casi todos sueñan con reconstruir esa sociedad alienante y en bancarrota de consumo desaforado, crecimiento ilimitado, alienación, destrucción y adoctrinamiento.

Algunos como Carlos Taibo hablan de capitalismo terminal, pero sin una acción humana hacia algo mejor, el capitalismo de colapso pervivirá, endureciendo nuestras vidas conforme se agoten los recursos, o, aún en el caso de que caiga y lo sustituya otra cosa, ese algo será igual, o, con mayor probabilidad peor, salvo que sigamos creyendo en la religión laica de que sin hacer nada todo mejora, por ciencia infusa.

Situados ante el precipicio podemos buscar otro camino, o esperar a que el vendaval nos arroje al abismo. Por desgracia, de momento, lo segundo parece lo más probable.