martes, 29 de diciembre de 2015

Comunidad Española de Autogestión: un proyecto pendiente



En el libro de Heleno Saña Sindicalismo y Autogestión, publicado en dos tomos por el Movimiento Cultural Cristiano, nuestro apreciado autor hace un recorrido por el nacimiento y desarrollo de los sindicatos y el ideal autogestionario en su primera parte, desarrollando en la segunda unas propuestas más teóricas para renovar España-publicó su libro en los inicios de la democracia- en base a su ideario.

Es en esta segunda parte donde desarrolla un capítulo  titulado La comunidad española de autogestión. Partiendo del análisis del fracaso del socialismo totalitario del este y la imposibilidad de los partidos socialistas y comunistas de Occidente de salir del capitalismo, no teniendo de socialismo más que la etiqueta-y en mi opinión habiéndose ya pervertido totalmente lo que implicaba el socialismo en su sentido original-, así como analizando críticamente la obsesión de la sociedad de su época por lo mastodóntico, el Todo sobre las partes, debido al enorme aparato estatal y capitalista que tiene enfrente el individuo, que le hace creer  a la mayoría de las personas que si hay salida tiene que ser también mastodóntica, cayendo pronto en la pasividad ante el enorme esfuerzo que siente que tiene que hacer si se plantea enfrentarse al sistema ; en base, decimos,de estos análisis de partida, nos ofrece dar un paso consistente en crear grupos o pequeñas comunidades que tomando la construcción de una sociedad autogestionada como meta a alcanzar se organicen a nivel nacional, y a ser posible  a otros niveles más amplios, coordinando y potenciando al máximo la idea de autogestión tanto a nivel práctico como teórico.

Esta organización debería disponer  desde un Centro de Publicaciones hasta organizar conferencias, cursillos, Congresos, Seminarios e incluso un Banco.

Como aspecto quizás más interesante de las ideas que propone cabría destacar la creación de Grupos de Iniciativas laborales en fábricas, oficinas, talleres… dedicados a difundir el ideal y enfrentarlo a los grupos jerárquicos pero también Grupos de Iniciativas Cívicas en barrios, pueblos y aldeas proponiendo soluciones autogestionarias para problemas públicos que no suelen resolverse por parte de las diversas administraciones y partidos políticos.

Para él, esta Comunidad o Federación debe alejarse del sectarismo y participar activamente de la vida de la comunidad, sin miedo a debatir con los diversos actores sociales, sin aislarse en guetos.

Tenemos que reconocer que cuando hemos leído estas propuestas nos hemos sentido, por una parte, menos solos, pues alguien, desde el ámbito del mundo intelectual-pero desconocido, ajeno al ruido y las luces de neón publicitarios de tantos artistas y pensadores sometidos al Poder, o a los poderes, de izquierdas o derechas, de unos u otros partidos- escribió algo parecido, salvando los años, a lo que hace mucho tiempo que pensamos, pero ,por otra, pesimista, pues no se ha avanzado un solo paso desde nuestro sector ideológico-llámese libertario, autogestionario, comunalista, autónomo o como quiere etiquetarse, siempre que el ideal de sociedad sea el similar, o sea ,una en la que el poder no esté separado de ella- en levantar los cimientos de algo parecido.

Cierto es que a su propuesta le faltan varios aspectos que, lógicamente, desde su época, una época donde el crepúsculo de nuestro sistema de valores-especialmente el progreso económico infinito, el enriquecimiento material perpetuo de las sucesivas generaciones- no se percibía.

En este sentido tal Comunidad, Federación o Espacio tendría que dar preeminencia a lo práctico ante el desplome de nuestras sociedades, por tanto la recuperación y colectivización-en su sentido autogestionario, por supuesto, no estatal- de empresas, fábricas y campos, de forma voluntaria, y la creación de medios de producción propios, la reforestación como proyecto ecológico, la lenta y también voluntaria ruralización y reducción del tamaño de las ciudades, entre otras cosas, es algo ineludible.

Tenemos la ventaja, respecto a la época en la cual se escribió el libro que, hoy, todo está más claro.  



El sindicalismo de Estado, el que aceptó participar en el sistema, nada ha logrado y no tienen ninguna respuesta ante la crisis, pues difundió la cultura del dejar hacer y negociar para lograr pequeñas migajas, lo que ha traído consigo una mayoría de sindicalistas de mentalidad individualista y defensiva, para los cuales las palabras emancipación, autogestión, conquista de los medios de producción por los propios trabajadores y otras les suena a cosas de otros planetas.Pero ellos y ellas no tienen ningún proyecto más que el sálvese quien pueda ante el hundimiento del Titanic, o el voto ya apenas meditado a cualquier vendedor de crecepelo de la última hornada.

Lo mismo sucede con los Partidos. Desde la UCD a Ciudadanos y Podemos, todos hablan o hablaban de que son el cambio- no son imaginativos ni en eso-, pero en la práctica son maquinarias de ascenso de oportunistas y demagogos. Y es que partidos políticos y virtud son antónimos. Muchos ciudadanos se han agarrado a los llamados emergentes esperando la salvación, el verdadero cambio que no llega- ni llegará, porque el cambio verdadero va de dentro hacia fuera, y las sociedades que esperan que otro u otros les cambien sólo muestran que son esclavos en busca de buenos esclavistas-.

En no mucho tiempo, la ficción partidista, tan nefasta en dividir a las comunidades en bando irreconciliables-en realidad un mero juego del sistema, que necesita de la izquierda y la derecha para enfrentar a la población y por tanto controlarla mejor- se vendrá a pique, como ha sucedido hace poco con la gran esperanza que fue para muchos Syriza.

Ante esta situación queda en pie la defensa y construcción de una democracia de base, de una sociedad autogestionada. Pero, justo es decirlo, la idea queda aún lejana y tenemos los mismos vicios que el resto de la población: división, sectarismo, gueto, reclusión en el mundo propio…



¿Quiénes le pondrán el cascabel al gato?. De entrada, no estaría mal que como en la época que Heleno escribió su obra, se organicen unas Jornadas sobre Autogestión, donde puedan reunirse desde individuos sin la menor afiliación, a sindicatos libertarios, cooperativas integrales, gentes de ecoaldeas o de otros colectivos que, por encima de sus siglas y sus diferencias de estrategias y tácticas, retomen la propuesta de Heleno Saña, adaptándola a los tiempos actuales.

Necesitamos una Comunidad Española-o ibérica, o internacional- de Autogestión, que pueda ir formando una sociedad paralela, donde haya claridad de ideas y se disuelvan los miedos a salirse del sistema y las creencias ya derrotadas en los partidos y mesías salvadores. Que en ella se viva nuestra idea de democracia y pueda mostrar otro camino.


El sendero será largo, pero en el que todavía cree la mayoría de la población, con su falso realismo y su falaz pragmatismo conduce al precipicio, o, mejor, a donde quieran las verdaderas clases gobernantes. Hoy ha sido ascender unas siglas, pilotar desde la telebasura una segunda transición ante nuestras miradas bovinas. Pero, ¿qué podrán hacer mañana una vez hecha semejante demostración de fuerza?






lunes, 14 de diciembre de 2015

La obsolescencia del hombre. Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial

Con este pequeño texto quisiéramos rescatar del olvido a un pensador prácticamente desconocido en nuestras tierras, fallecido en 1992, pero que fue uno de los precursores del análisis y desmenuzamiento de lo que podríamos calificar como era tecnocrática, que  definiríamos como aquella en la que la técnica es sujeto de la historia, siendo nosotros sólo co-históricos.

La obsolescencia del hombre-en el segundo volumen, que es por el que hemos querido empezar, por considerarlo más cercano a nuestra situación-, analiza con lupa las transformaciones que hemos ido sufriendo a causa del desarrollo de las máquinas y su creciente potencia, que en su opinión han llegado a liberarse de nosotros y , podríamos decir, nos hemos convertido en siervos de ese mundo, en siervos de ellas desde su eclosión con la Revolución Industrial hasta la actualidad. 

De ahí su consideración de que ya somos obsoletos, y de que no hay marcha atrás. Para él el proceso es irreversible, no encontrando en el texto ningún capítulo dedicado al estudio sobre su posible salida. Es un libro, en cierto sentido, tan pesimista como demoledor, pues no nos ofrece ningún asidero. Lo cual tienen un aspecto positivo y es el de no convertir a su autor en un gurú que ofrece una salvación. 

En el caso hipotético que la haya, ésta se encuentra en nosotros, y en nuestras mentes está el pensarla. Gunther Anders sólo nos ofrece una profunda reflexión sobre el poder aplastante de la tecnocracia y cómo nos ha envuelto hasta transformarnos, lo cual no está nada mal.

El ensayo consta de numerosos capítulos en los cuales Gunther Anders disecciona la obsolescencia de los productos, del mundo humano, de la masa, del trabajo, de los individuos, del conformismo, de la libertad, de la privacidad, de la fantasía, del sentido de la vida...Todo es creado de manera efímera para dejar paso efímero a otra cosa y así sucesivamente. El hombre se siente empequeñecido ante las máquinas, impotente. Para él en realidad nuestras democracias también se acercan mucho a las formas de organización totalitarias, como el nazismo y el comunismo, si bien de manera más difusa, de tal forma que seguimos creyendo que somos libres, o relativamente libres, aunque no seamos más que autómatas que ni siquiera saben para que sirve lo que hemos creado-que además es sólo una pequeña pieza dentro de otra más grande y así sucesivamente-, y qué sentido tienen nuestras acciones.



Por encima de todo el libro está la idea del poder destructivo de la bomba atómica, de las armas nucleares, algo que obsesionó gran parte de su vida a nuestro escritor, miembro activo del movimiento antinuclear.

Por nuestra parte, nosotros no podemos asegurar que lo que él creía eterno, o sea la tecnocracia-llegando a afirmar en nuestra opinión quizás equivocadamente que no habrá escasez de energía, sino exceso, debido al uso de fuentes naturales inagotables como la energía solar- lo sea realmente.

¿Hasta qué punto podrá crecer indefinidamente la tecnología en una economía mundial que parece venirse abajo rápidamente y que, al contrario de la que pensaba Gunther, parece acercarnos, al menos a corto y medio plazo, a la escasez más que a la abundancia?.

No obstante es verdad que hoy por hoy seguimos de lleno en la sociedad tecnocrática, con nuevos adelantos que favorecen la obsolescencia o la deshumanización, y otros muy amenazantes como la realidad virtual que podrían llevarnos a territorios sumamente peligrosos.

Gunther Anders no ha perdido, para acabar, nada de actualidad. Ni tan siquiera, por desgracia, sus meditaciones acerca del peligro de la destrucción humana por la tecnología nuclear. ¿Qué pensaría hoy, al ver que, no sólo Rusia y Estados Unidos vuelven a estar enfrentados, habiéndose producido un rearme mundial y el desarrollo de nuevas y temibles armas, si no que otro actor se suma al enfrentamiento?. Actor que, curiosamente, muchos califican burdamente de medieval, pero que forma parte absoluta de la tecnocracia actual, participando activamente en las redes sociales para reclutar gente e intentando crear o hacerse con armamento novedoso, como el químico y el biológico. Nos referimos al Estado Islámico.

Posiblemente Gunther mostraría una sonrisa melancólica, pensando para sus adentros que lo que él aseguraba que sería nuestro futuro, el desarrollo cada vez más monstruoso de la opresión tecnocrática, sigue cumpliéndose, renovándose con nuevos protagonistas, cada vez más amenazante.


miércoles, 2 de diciembre de 2015

El Sentido de la Vida


Con retraso, hemos leído un pequeño y bello ensayo filosófico de los años treinta, escrito por el entonces joven médico y militante del movimiento libertario Félix Martí Ibáñez.

Prologado en 2013 por Carlos Luckas y Félix Rodrigo Mora que nos acercan a su doble vida, revolucionaria, intensa y agitada hasta el año 39, en que tiene que exiliarse de España, y posteriormente de éxitos profesionales y ya fuera de toda actividad sindical en Estados Unidos, hasta su fallecimiento en 1972.

El Sentido de la Vida, por encima del ideal anarquista de su autor, es una propuesta de cómo vivir, de lo que Félix consideraba darle a la vida su sentido más elevado y profundo.

Con lenguaje florido y poético, el culto ensayista, miembro por entonces de la Asociación Los idealistas prácticos, desmarcándose de cualquier filosofía vital hedonista o torcidamente epicúrea, la absolutamente dominante en nuestras sociedades y en lo que queda de movimiento obrero y de izquierdismo, tan chata, ñoña , conservadora, destructiva y paralizante, hace una defensa encendida del dolor , el sufrimiento y el combate.

Piensa que éstos van unidos irremisiblemente a la vida humana y que la forma de afrontarlos y vencerlos no es huir de ellos buscando cualquier tipo de evasión en los más bajos goces, sino con la creación. Sin dolor no hay creación, afirma, y utilizando una profunda y acertada frase de Nietzsche leemos una magnífica frase en su libro: “el hombre es un aprendiz, el Dolor es su maestro”.


Queda claro, por tanto, que con el dolor aprendemos, y que cuando buscamos huir de él -como personalmente reconozco que hago y he hecho  durante mi breve vida-,temiendo el fracaso, el daño moral, éste nos alcanza más rápidamente, porque simplemente huimos de la vida, tiñendo a ésta de tristeza, de nostalgia de lo que pudo ser y no fue, de lo no vivido.

En este aspecto la obre de Félix Martí Ibáñez, lejos de ser un libro de autoayuda tan de moda ahora, puede ayudarte sin embargo a abrir los ojos y caminar luchando contra los demonios interiores de nuestra mente, allí donde habitan nuestros enemigos, atormentándonos con sus voces paralizantes en el finito y corto sendero que nos lleva al Vacío sin remedio.

El dolor, por tanto, es base de las obras vitales, y una vida plenamente feliz, en su opinión, sería la de un ser que caminaría estéril, vegetando indiferente. Otro puñetazo al eudemonismo vigente.

Analiza el autor otros temas variados, como las dos reacciones extremas ante la vida: la de los idealistas que viven en su mundo de ensueños, pero alejados de la dura realidad, a la que dan la espalda equivocadamente, y sus opuestos, los realistas absolutos, los pragmáticos tan de moda ahora, quienes en realidad no viven tampoco la verdadera vida, el yo verdadero, esa vida profunda que se esconde en nuestro lago interior, y que anhela otras cosas, aparte de las mezquindades de perseguir alcanzar una buena profesión, un buen sueldo, una buena posición social.

Para nosotros la verdadera vida coincidiría con la del nombre del grupo en el que colaboraba Félix: el idealismo práctico, el que aúna las dos necesidades de la vida. La de la aspiración al bien, la libertad, la belleza, la verdad, lo que él llama El evangelio laico de la fraternidad y el mancharse las manos y los pies, siendo conscientes de que estamos donde estamos, un lugar que en absoluto es el Paraíso Terrenal.

Habría que vivir elevándose a momentos del suelo para atisbar otros horizontes, volviendo rápidamente al terreno, para no cegarse con quimeras o ensoñaciones sin enraizamiento en la realidad terrestre.

Se ensalza el valor del silencio, aquél que permite entenderse mejor a las almas, el momento presente, tal como sostenían los estoicos, filosofía de la que parece mostrarse muy cercana, frente a la obsesión futurista y a la nostalgia del pasado. Elogia incluso al primer cristianismo, a Jesús de Nazaret, a los viejos profetas, a los que considera precursores del anarquismo y el socialismo, con su guerra a la riqueza, defensa de la pobreza y rechazo de los déspotas.

“Vivir es no renunciar a nada más que a sí mismo en cuanto a satisfacciones personales se refiere”. Incluimos esta  frase, ejemplo de la excelsa filosofía vital de nuestro por desgracia desconocido autor, para terminar con el resumen de este  texto tan grande en ideas como pequeño en número de páginas.


Y esperemos que, en algún momento, quienes a lo largo de la historia se han acercado a sostener un Sentido de la Vida de esa calidad espiritual, sean envidiados y elegidos como modelos de vida por las gentes del común. Porque entonces el cambio revolucionario sí sería una posibilidad.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Yo, él y Raquel


No queríamos pasar sin comentar una pequeña joya del cine protagonizada por adolescentes, muy superior de lo que pensábamos al ir a verla y alejada de los tópicos de los personajes clásicos que suelen aparecer en los films que retratan las vidas y los ambientes en que se mueven los estudiantes de instituto.

Y eso que el tema podía haber llevado a la película a la sensiblería, pero no es el caso, y Yo, él y Raquel sale con nota de la prueba.

La historia sucede en el último año de instituto de Greg, un estudiante peculiar, sin rastro de autoestima, pero inteligente y con un agudo sentido del humor,decidido a pasar desapercibido allí donde va, a evitar conflictos con los compañeros, procurando llevarse bien con todos pero rehuyendo la amistad, los lazos afectivos con los estudiantes.

Sólo mantiene una mayor relación con Earl, al que conoce desde la guardería y a quien una la pasión por hacer versiones surrealistas de clásicos del cine europeo y a un curioso profesor de historia.

Todo su mundo, sin embargo, empieza a resquebrajarse cuando, forzado por su madre, visita a una compañera de colegio aquejada de leucemia.

Situaciones y diálogos extravagantes y divertidos, pero con toques de profundidad, combinados con momentos de tristeza y emotividad, pero, como hemos dicho, sin arrastrar a la película hacia el fácil recurso de lo lacrimógeno.

 Todo hace llevar al protagonista a la maduración, al aprendizaje, a la apertura hacia los otros, a la interrogación sobre su Yo, sobre su vida, sobre lo que realmente anhela.

Una de las últimas escenas despunta por la fuerza que desprende, por su dramatismo emotivo y se quedará para siempre clavada en el corazón de los espectadores, al menos lo ha hecho en el mío.

Comedia, drama, Yo, él y Raquel es el vivo reflejo de nuestras vidas, esas tragicomedias que, afortunadamente, representamos por poco tiempo.


lunes, 2 de noviembre de 2015

¿Por qué estamos derrotados ?. Dejar semillas para el futuro lejano


Tengo que reconocer que he dudado mucho a la hora de escribir este pequeño texto, aún sabiendo que el número de lectores de este blog es muy escaso.

El título, ya de por sí es muy pesimista, y aunque siempre he considerado que la realidad hay que mirarla de frente, única manera de afrontar las cosas, siempre he procurado dar alguna pincelada de optimismo, de ideas alternativas para un cambio si no a corto sí a medio plazo, desde la modestia de alguien con no mucha formación, y con escasa sabiduría.

Pero a riesgo de ser visto como un derrotista-no confundir con rendido-, mis reflexiones personales de un tiempo a esta parte me han llevado a considerar, con una mezcla de tristeza y frustración que creo que no debo ocultar, que hemos sido derrotados, al menos de momento, como especie, comunidad o como cada cual quiera definir al género humano.

Leyendo y viendo noticias sobre los graves problemas mundiales que nos aquejan, y observando la nula capacidad de respuesta de los ciudadanos y los trabajadores, he llegado a la conclusión no sólo de que la lucha está perdida, sino que no creo que haya lucha, al menos hoy por hoy.

Nuestro fracaso individual y colectivo arranca de muy atrás en el tiempo, y podemos definirlo  como el ascenso de la alienación, o eliminación creciente de la concienciación.

Esta demolición de la conciencia puede observarse en diferentes aspectos de la vida social. Uno de ellos es la desaparición casi absoluta de la conciencia de clase, no sustituida por otro tipo de conciencia universal mejor.



El ascenso del Estado de bienestar y las mejoras sociales impulsadas durante unos decenios por los poderes, logrados también en parte gracias a rapiñar los países más pobres, hizo que los objetivos, metas y valores de la inmensa mayoría de la población fuera enriquecerse, hacerse propietario de una e incluso en los tiempos finales del bienestar dos viviendas, coches, viajes… El ascenso social, la carrera por ascender ,suplió cualquier otra consideración. Ser clase media era la ilusión, y, al final, el lugar donde todo el mundo decía situarse.

En ese espejismo de los tiempos en que la máquina productiva funcionaba relativamente bien, los trabajadores olvidaron lo que eran en esencia: oprimidos y explotados de unas granjas que no ofrecían malas condiciones, incluso con expectativas de mejoras.

Se tiró por tanto la conciencia de clase por la ventana, como algo inservible, pues bastaba con hacer alguna que otra reclamación económica, alguna presión para lograr más sueldos, más beneficios para pensar que así se alcanzaría el cielo burgués, aunque fuera con retórica izquierdista y sindicalista.

Pero junto a la conciencia de clase fueron liquidados el internacionalismo y el ideario emancipador-entendiendo por este último no el comunismo, tumba y cárcel de proletarios y campesinos, sino el antiguo, el de una sociedad dirigida por los propios obreros, dueños de los medios de producción-.

Estas voladuras han sido terribles, pues su ausencia tiene mucho que ver  con nuestra conversión en masas, o mejor dicho ,en populacho liliputiense-pues las masas son capaces de acciones comunes, aunque suelan acabar mal, maniatadas y reprimidas por nuevos dirigentes. Pero el populacho digitalizado actual sólo somos capaces de aullar en las redes sociales, como si eso fuera solución de algo, como si el Poder fuera a asustarse con tales chiquilladas estériles-, o sea en una multitud cuya visión de los problemas se limita al ámbito localista o nacional, perdiendo de vista lo internacional.

Éste ha sido un triunfo colosal de las potencias mundiales, pues la inconsciencia generalizada que padecemos permite a los mandamases del mundo hacer y deshacer a su antojo, amenazarse y enfrentarse unos a otros ante la ceguera de los hombres y mujeres contemporáneos, que pese a la aceleración y riesgo grave de enfrentamiento mundial, que podemos ver todos los días, y que tiene en Siria, Irak, el Pacífico o Ucrania lugares donde unos y otros despliegan sus armas y sus tropas, siguen centrados en sus asuntos domésticos, despreocupados, camino del precipicio.

Y es que, por lo que escuchamos por ahí, el pensamiento dominante es que siempre ha habido guerras, y las seguirá habiendo, pero que Occidente estará a salvo. Sólo se luchará en países alejados, como si Occidente viviera rodeado de una cúpula en la que jamás podrán caer misiles u otro tipo de armas destructivas que tanto abundan a lo largo y ancho del mundo. Resumiendo, que el mundo de los blancos es un paraíso que siempre estará a salvo. Es lo que tiene el olvido de la historia y qué nos pasó en las dos guerras mundiales.

El olvido de la necesidad de una reflexión y un movimiento internacionalista es lo que nos ha dejado totalmente indefensos, como conejos en una pradera sin árboles y refugios ante una manada de depredadores. Muy posiblemente caeremos como moscas, sin quejas ni protestas, sólo con una última mirada de sorpresa y terror como el herbívoro ante las garras repentinas del águila o el carnívoro de turno

Pero, no nos engañemos, no somos herbívoros mansos y angelicales,  si se produce la hecatombe bélica, no sería justo culpar a los dirigentes del mundo. Culpémonos a nosotros mismos por haber vivido con los ojos vendados, sonriendo alegremente, pensando sólo en nuestra vida, en lo que sucede en la esquina. Creyendo que no era de nuestra incumbencia lo que pasaba a otros, lo que se hacía a otros. Hemos sido cómplices y puede que recibamos el castigo, la venganza, de quienes se han sentido humillados por la actuación de nuestros gobiernos, que no distinguirán entre nosotros y nuestros gobernantes.

Volviendo a la reflexión, tampoco queremos hacer una defensa acrítica del viejo ideario obrerista. Hay que ser honestos y reconocer que el antiguo internacionalismo se fundió como nieve con el sol en la primera guerra mundial. Los proletarios europeos no se unieron para frenar la maquinaria bélica de sus naciones. Se dejaron arrastrar por la furia nacionalista y patriótica, pereciendo cientos de miles en los combates.

Pero el fracaso no debería haber supuesto la eliminación del universalismo de la clase trabajadora. Lo que se requería era su revisión, para mejorarlo en todo lo posible, o su sustitución por algo superior.
Lo que ha sucedido ha sido que esos viejos ideales han desaparecido de la escena, no se ha sustituido por nada serio y más elevado. Su espacio lo ha ocupado el vacío, e, incluso, un sueño terrible, para nosotros pesadilla: el nacionalismo, el discurso de la liberación nacional, el identitario, el de la multiplicación de Estados-nación, y por tanto el ascenso en flecha del enfrentamiento y el odio de unos con otros.

Frente a la globalización capitalista en algunos sectores contestatarios de diversos ideales-incluyendo cercanos a quien esto escribe, como autogestionarios, libertarios, comunalistas o cooperativistas integrales- se ha enarbolado la bandera de la diferenciación, de la autodeterminación de los pueblos, del uso de la lengua o la cultura como ideología: esto supone por una parte un suicidio, y por otra una alegría para las clases dirigentes, pues supone fomentar aún más la división entre explotados y oprimidos.

La reconstrucción de un nuevo internacionalismo, de un nuevo ideal liberador, de una nueva conciencia colectiva solidaria, debe iniciarse, sin prisas pero sin pausas.

Habría muchos otros factores que nos indican cómo se ha desplomado nuestra conciencia. Así, aunque parezca un asunto menor, se puede observar cómo nos ha inundado la telebasura, y cómo nos hemos acostumbrado a ella al extremo de que ya nada molesta.

Cediendo a lo anecdótico, aun recuerdo como hace unos veinte años, se hizo famoso y causó mucha polémica un programa del corazón, Tómbola, creo que se llamaba. Ante las críticas recibidas por lo que se consideraba un programa degradante, acabó por cerrar.

Años después, tal tipo de programación es habitual en todas o casi todas las cadenas, dejando pequeños algunos de ellos al citado programa. Una prueba más de cómo nos acostumbramos a todo y de cómo ha ido achicándose nuestra conciencia moral.

Habiendo llegado a la conclusión-acertada o equivocada- de que por diversas razones, algunas mencionadas, a corto medio plazo estamos derrotados, sí creo que es muy importante el hacer un esfuerzo para dejar semillas positivas, que puedan ayudar a las gentes del futuro.

Sería muy triste, aunque no lo veamos, que en tiempos lejanos, nuestras generaciones sean vista con horror como las únicas que nada positivo dejaron en herencia. Como la era de la destrucción y el colapso a todos los niveles, y, especialmente, a nivel humano. Como unas multitudes amantes de lo feo, de lo degradado, seres envilecidos centrados en perseguir lo más bajo, lo que menos ayuda a crecer en sabiduría, bien y libertad.

Y esto es lo que muy probablemente suceda. Por tanto, y aunque sea in extremis, sí creo que podemos dejar, como expreso en el título, unas semillas aprovechables para otras generaciones que quieran despertar y caminar hacia otra cosa.

Esto requeriría de una doble actuación. Una teórica, y otra práctica, o si es posible que pudiera conjugarse una unión entre ambas.

Por una parte podrían irse creando, lentamente, pequeñas comunidades, que decidieran vivir de otra manera-hay algo de eso, por ejemplo, en las llamadas comunidades de transición-, organizarse con otros valores para intentar mostrar que otro mundo es posible, alejadas del cortoplacismo dominante, aquel que sigue atado a caminos que una y otra vez se ha demostrado que conducen a la nada, como el electoralismo y la fe en nuevos partidos, cuando éstos ha quedado sobradamente demostrado que son parte del Orden maligno que nos rige, y que deben ser apartados como elementos de solución.

Pero también sería un logro, aunque inicialmente modesto, el que, de alguna manera, ya sea creando comunidades también que irradien la sociedad, ya sea más en la discreción, en el trabajo más bien silencioso, humanistas y científicos se unieran para elaborar un ideal de sociedad-no autoritario ni dogmático- que conjugara lo positivo del pasado con lo positivo del presente.

Es muy necesario salvaguardar, si no de la destrucción física-es difícil, aunque no imposible ,que se retomen métodos como la quema de libros- sí de la muerte civil, por olvido y ocultación-lo que está sucediendo hace muchos años-, los escritos de los viejos maestros, los viejos sabios de la humanidad, que predicaban la vida buena, el progreso moral, la libertad interior, la frugalidad… valores a rescatar, junto con la elaboración de un pensamiento científico y técnico centrado en lograr una ciencia humanista, que se separe de la dominante, tan vinculada a los poderes y a los ejércitos, o sea a la opresión y la destrucción.

Puede soñar extraño, pero sería una actuación similar, salvando las distancias, de algunos viejos monasterios que salvaron entre sus muros los saberes antiguos y que también algunos y en ciertas épocas, difundieron modos de vida alternativos y superiores a los existentes, como la unión del trabajo manual e intelectual, en un clima no asalariado o esclavista y comunal.

Ese nuevo ideal, esas nuevas comunidades, si algunas sobreviven, serían las que de las ruinas futuras, ya sea de la hecatombe bélica, ya sea de la hecatombe económica y ecológica, si  no llega a producirse la primera , que esperemos no llegue a desencadenarse, saldrían para predicar una nueva humanidad que favorezca la hermandad de los pueblos.

De esa manera nuestras generaciones, no quedarán marcadas sólo como las generaciones de la deshumanización, de la esterilidad e incluso de la involución.

Algo positivo se habrá hecho, de utilidad por el bien, aunque nuestros ojos, nuestros cuerpos, no vean ni caminen por entre ese mundo nuevo.



martes, 13 de octubre de 2015

Una modesta utopía

La Asociación en la que colaboro modestamente, Autonomía y Bienvivir-enlazada en nuestro blog-, decidió hacer un texto colaborativo rescatando una palabra y un ideal totalmente olvidado desde hace unos decenios en nuestras sociedades: la Utopía.

Sociedades que se dicen realistas y pragmáticas, condenando con una sonrisa de desprecio o de rechazo cariñoso también, a aquellos y aquellas que no estamos de acuerdo con su dirección. Y es que en realidad ese realismo, ese pragmatismo que tanto ha calado, no es, en fin, si no una loca quimera, una ciega carrera al precipicio.

Con el ideal de crecimiento económico perpetuo como bandera, incluyendo unos un mejor reparto de la riqueza y otros ni eso, buscando cual adolescentes perpetuos las siglas que les salven, marchando de frustración en frustración, esas comunidades, individuos y naciones que hacen gala de realismo no quieren ver que su nueva religión laica, la del progreso sin fin, reconociendo algún bache pasajero, se está cayendo en pedazos.

Los recursos se agotan, nos acercamos a los límites-sí, todo tiene límites, palabra tabú de la modernidad tecnocrática-, las crisis económicas se suceden unas a otras, y las guerras se incrementan peligrosamente, encontrándonos en serio riesgo de Guerra Mundial-si es que no ha empezado ya-.

Pero no es sólo eso, el gran mal de las sociedades de la heteronomía, de la dominación, es la destrucción efectuada sobre los sujetos. Las creencias y valores abrazados en mayor o menor medida por todos nos han reducido a la condición de obsoletos, de autómatas,de productos, de mercancías que intentan emperifollarse todo lo posible para ser compradas por el mejor postor.

Ahora, ese edificio lujoso, con grandes luces de neón, fiestas y música sonando, se resquebraja y tambalea sacudido por el terremoto, apagándose progresivamente sus focos y sus aparatos musicales.

Sus partidarios y defensores se miran extrañados unos a otros. 

- No es nada, un susto pasajero, dicen unos-
- Esto se arregla poniendo nuevos gestores que arreglen los desperfectos, dicen otros.

Y es en esta situación de autoengaño, de ceguera de aquellos y aquellas que no quieren ver que nuestro mundo, sus estructuras, su imaginario, colapsa, que se hace necesario retomar la utopía entendida como proyecto de vida y sociedad nuevas. Pero una utopía que tenga en cuenta las lecciones y fracasos de tiempos pasados.

La utopía, el pensamiento renovador requiere, por tanto, no crear un sistema cerrado o autoritario, sino abierto a la construcción de todos y todas, democrático, que se encamine a la autonomía.

Un lugar donde las metas sean las contrarias que ahora: frente a la destrucción de los recursos y la búsqueda desaforada de la abundancia material, de la riqueza económica, se ponga en su lugar la frugalidad, el bienvivir, el progreso moral o crecimiento interno, el compartir. Donde frente a los instrumento de dominación, desde el trabajo asalariado, el dinero como fin, los partidos políticos...se construyan herramientas liberadores, tales como monedas oxidables, trabajo libre o cooperativo, asambleas, usufructo frente a la obsesión de propiedad...

Esto requiere, por tanto, de un proceso deliberativo, donde la publicidad y la propaganda se reduzcan todo lo posible, entre otros muchos aspectos.

El camino sería duro, difícil, siempre abierto, pero si las gentes no despierta, no abren sus ojos a lo que sucede, si no se desembarazan de su falso realismo, nos espera un futuro muy negro.

http://autonomiaybienvivir.blogspot.com.es/2015/10/una-modesta-utopia.html


sábado, 3 de octubre de 2015

Madre Coraje, una obra de actualidad

En las Naves del Matadero, y hasta el 4 de octubre, se está representando una famosa obra del dramaturgo alemán Bertolt Brecht ambientada en la llamada Guerra de los Treinta años, que en el siglo XVII enfrentó a católicos y protestantes.

Pero el texto, por encima de la historia, es un relato -entreverado en esta adaptación con actuaciones musicales- de un tema por desgracia histórico y actual, la guerra, sus crueldades, la corrupción que fomenta, la necesidad de sobrevivir a toda costa que genera en muchas personas de quienes la padece, el duelo interior entre mantener la ética con el prójimo, o tirarla en mitad del camino para sobrevivir.

La protagonista principal , una madre que recorre con su carromato y sus tres hijos los escenarios bélicos vendiendo ropa y diverso tipo de material militar a los ejércitos para salir a flote , es un fiel reflejo de esas sacudidas y tormentos interiores.

Con actores desconocidos pero que se meten brillantemente en sus papeles, Bretch analiza la feroz disciplina castrense, el hundimiento en la bestialidad, cometiendo toda clase de tropelías, de los soldados, acostumbrados a aniquilar vidas o mutilarlas como quien toma un vaso de agua; el temor de la población civil; quienes se lucran de la guerra, como la protagonista, si bien el autor no se atreve a juzgarla o condenarla, pues parece ser comprensivo con la necesidad de supervivencia que todos tenemos dentro.

Resulta también interesante, en una pequeña parte de la representación, el análisis breve pero demoledor de la sumisión, la adaptación y la aceptación por parte del pueblo de lo que quieren los poderosos, desde sus valores, sus órdenes, sus prejuicios, hasta llegar al extremo de acatar ir al exterminio en masa, a aniquilarse utilizando la religión como arma.

Podemos decir que nuestra sociedad, hoy, no ha cambiado nada. La persecución del éxito, el poder, el dinero, el fundamentalismo religioso y la corrupción que todo ello origina sigue manteniendo su fuerza, así como el servilismo de la ciudadanía a sus proyectos, si bien actualmente con medios más modernos.

Ahora que la Guerra Mundial asoma en el horizonte, no estaría de más leer o ver esta gran obra para tener claro que volveremos a ser carne de cañón cuando quienes mandan decidan, y que nada se hará para evitarlo porque el mundo sigue estando igual de dividido y nosotros seguimos siendo tristes marionetas desvaídas, rotas por los palos de quienes manejan los hilos sin más protestas que algunos inaudibles quejidos y lamentos.