viernes, 13 de septiembre de 2024

El 47

 Hoy quisiera recomendarles una gran película en su sencillez, valores, sensibilidad y humanidad, El 47.

Se trata de un film que recrea una porción de la historia hoy muy olvidada: la de los hombres y mujeres de los años 50, 60 y 70, procedentes de los campos de España que por diversos motivos, políticos, sueños de mejora, rechazo a los terratenientes y un largo etcétera, abandonaron sus pueblos para acudir a las grandes ciudades.

Hombres y mujeres que levantaron sus barrios con sus propias manos, siempre bajo el acoso de la policía del franquismo y que llevaron consigo viejos ideales, viejos valores, formas solidarias y comunales de existir, de convivir, por supuesto con sus conflictos, sus enfrentamientos, pues la naturaleza humana es luz y sombra, bien y mal.

El 47 narra la peripecia vital de Manolo Vital, su familia y su entorno, una serie de persona llegadas de Extremadura, Andalucía y Levante a la Barcelona de finales de los años cincuenta, levantando su barriada Torré Baró con ilusión, lucha y esfuerzo.

Manolo Vital fue un personaje real, fallecido en 2010,  conductor de autobuses durante décadas de la citada línea, con una hija a cuestas y una existencia marcada por la herida profunda de un padre ejecutado por falangistas al comienzo de la horrible guerra incivil.



Hombre comprometido, combativo y altruísta, si bien con los años partidario del actuar con cabeza, con moderación, en un momento dado, comprendiendo que  la lucha a través de las instituciones, el acudir en su socorro nada lograba para obtener una vida digna, con servicios públicos decentes para su barriada, logra la gesta, mediante lo que antaño se llamó acción directa-hoy un concepto perdido en una sociedad de muertos vivientes, crédulos seguidores de lo que dicten nuestras autoridades en todos los ámbitos vitales-, de transformar las cosas.

El 47 trae al hoy apagado y moribundo la lucha de clases, desde una óptica descreída de la política de altura, de los partidos, de los ayuntamientos e instituciones, una lucha de clases de base, sostenida en valores elevados de convivencialidad, esfuerzo y preocupación por el vecino, por el prójimo. En una palabra de verdadero apoyo mutuo.

Ese es, para mí, el gran éxito de la película, su impulso silencioso a percibir la vida, nuestras vidas, desde otras perspectivas, en un presente donde parece haberse borrado toda conciencia de clase real, todo sector proletario rebelde, así como toda juventud contestataria, reinando un sistema tan espantoso como sibilino en dicho espanto sobre nuestras cabezas, sentimientos y cuerpos.

Para terminar decir, que, las pocas personas presentes en la sala, por desgracia, aplaudimos al terminar de verla, cosa inhabitual, y que muestra como su director, sus actores, logran llegar al corazón del cinéfilo.

Toda una proeza que, esperemos, sea pistoletazo de salida para poder ver más cine como El 47.

martes, 3 de septiembre de 2024

¿En qué consiste mi fe espiritual?

 Tengo que reconocer que a lo largo de mi existencia he pasado por diversas fases en lo que refiere a creer o dejar de creer en la vida después de esta vida, en el mundo espiritual, en la posible existencia de una divinidad o de una conciencia cósmica.

En mi infancia, a los diez años, más por llevar la contraria a mi entorno y a mi escuela religiosa opté por el ateísmo. Era este un ateísmo más basado en el rechazo a una fe, a unos creyentes que en mi opinión vivían ajenos a las enseñanzas del Evangelio, y creían fervientemente en la sociedad de clases, en que unos estuvieran por encima de otros, en la explotación del hombre por el hombre y en que el trabajo manual era inferior al llamado pomposamente trabajo intelectual-concepto vaporoso-, o bien en la titulación universitaria.

Sin embargo desde muy crío, seis o siete años, tuve un gran interés por las llamadas ciencias ocultas, desde el irresuelto enigma OVNI, al mundo de los fantasma y la posible existencia del alma .En realidad esta afición, que con subidas y bajadas que  me ha acompañado el resto de mi vida, implica muchas cosas, pero no un ateísmo firme y radical.

A los dieciséis años pasé a definirme cristiano a secas-a la vez que me adscribí al anarquismo, paradójicamente-, no católico ni protestantes, para en épocas posteriores perder interés por ese tema y perder el tiempo-ahora lo veo así, pero bueno-, en el tema ideológico, en las lecturas de textos revolucionarios, especialmente del mundo libertario, si bien con incursiones en figuras como Simone Weil.

Pero hace unos años, sin perder mi talante crítico ante la realidad, las inquietudes espirituales iniciaron en mi interior un llamado muy fuerte. Comprendí que ninguna ideología puede llenar el vacío de unas vidas dedicadas a servir a un sistema monstruoso, transformados en piezas recambio, en esclavos de la cuna a la tumba. Que el materialismo ateo, aun en su forma marxista o ácrata nunca podría lograr que saliéramos de la obscuridad de la caverna platónica en que vagamos hasta la muerte, conformándonos con jirones de vida, una mejora salarial por aquí, un viaje por allá, una diversión por acullá.

Si sólo somos materia, acabaríamos triturados, convertidos en esas máquinas., en esos entes tecnológicos que tanto nos entusiasman. En seres de muy corto vuelo, destinados a un fin trágico, a nuestra extinción.

Lecturas cosmológicas me hicieron comprender que el Cosmos difícilmente es fruto del azar, que las probabilidades de que haya surgido un Universo con las constantes cosmológicas adecuadas para que exista vida es infinitesimal, algo así como que te tocara la lotería todos los días de tu vida.

Comprendí que nuestros sentidos sólo perciben una parte minúscula de la realidad, que hay mucho más que no percibimos, todo un mundo espiritual. Ahí inicie un camino espiritual sin miedos, sin complejos.

Pero es un camino espiritual al que ninguna religión ofrece respuestas. Jamás tuve la menor simpatía por la Iglesia católica, más allá por supuesto de creyentes y sacerdotes bienintencionados con los que he tenido y tengo la suerte de convivir o encontrarme en mi caminar. El solo hecho de ver una cúpula vestida con ropajes extravagantes y llevar colgados crucifijos gigantes de oro o plata me parece vivir de espaldas a Jesús de Nazaret, es no entender seriamente su vida, sus enseñanzas. Sin embargo, nueva paradoja, siempre he encontrado en las Iglesias, cuando no hay misas y reina el silencio un refugio, un lugar de serenidad y paz, así como en mi contacto breve con la vida monacal, quizá porque mi alma es un alma contemplativa, de un cristianismo natural que no ha podido desarrollarse por considerar a la Iglesia como institución mayormente acristiana cuando no anticristiana.

En un momento dado decidí decir decir adiós a las ideologías políticas que me habían conformado, especialmente el anarquismo y algo del marxismo crítico o consejista, aceptando su muerte y entierro, reconociendo, que, pese a todo, en ellos hubo una búsqueda auténtica de los males sociales que nos aquejan, una búsqueda de las raíces del mal que posteriormente no ha vuelto a resurgir; sin renegar de la búsqueda de una sociedad lo menos alienada y opresiva posible.

Sumergido en una crisis interna que ha sido permanente y dolorosísima a lo largo de mi vida abracé la necesidad de una fe espiritual, de un apoyarme en Dios en mi vida, de pedirle socorro y comprendí que tenía que sumergirme en mis abismos interiores, mis terrores, y afrontarlos para si no solventarlos, poder llevar una Vida, aceptando que el punto de partida es la vida del espíritu, y desde ahí enfocar la vida material, pues llegué a la conclusión que una sociedad óptima es la que integra lo material y espiritual sin conflictos.

Ya sin anclajes ni ideológicos ni institucionales, con el apoyo eso sí de una serie de pensadores y pensadoras independientes y autónomos, no en todo equivalentes entre ellos,  desde los filósofos clásicos hasta Simone Weil, gran faro en mi vida, así como Jesús, Buda, Lao Tse y otros pocos afronté la tarea de construir un edificio espiritual heterodoxo.

Abracé la idea de que el mensaje de Jesús consistía en cristificar el mundo, la sociedad, es decir convertirnos en Cristos interiores, comprender que todos somos hijos de Dios, elevándonos moralmente y espiritualmente, lo que conllevaría de paso una mejora material de nuestras vidas, al vivir el amor, la hermandad como una realidad.

La sociedad del amor sería aquella que, sin banderas doctrinales, nos acercaría a una vida libre, aquella en la que los hombres no serían instrumentos, mercancías, piezas de recambio, medios para fines-acumular poder y capital-, sino fines en sí mismos, espejos de nosotros mismos, donde la función manual sería clave, pues es la que sostiene el mundo y nos da alimento y cobijo.

También necesitamos ver en los animales, plantas y hasta minerales-¿por qué no?- compañeros de existencia, seres sintientes y pensantes, dotados de razón, aun cuando quizá en un nivel algo menor, pero no por ellos dignos del máximo respeto, pues el espíritu divino late en ellos, como en todos los seres del Cosmos.

Este cristianismo natural, sostenido también en la oración, que ha ido ganando importancia a lo largo de mi vida-sin menoscabo de la acción consciente, fundamental-se ha nutrido de la necesidad de meditación que aporta más, por ejemplo, el budismo, así como la búsqueda de los viejos filósofos de una vida de sabiduría, entendida esta como una vida de bien, justicia, bondad y virtud.

Necesitamos una espiritualidad, pues sin ella, nuestra civilización nunca será tal, pues no olvidemos que las verdaderas civilizaciones siempre han intentado sostenerse en algunas ideas elevadas: la búsqueda de la belleza, de la verdad, de la justicia.

La nuestra no se sostiene en nada, si acaso en una tecnolatría difusa, que a nada conduce, sino al reino de la fealdad en que habitamos, y que si se desmorona, nada dejará para la posteridad, a lo sumo un puñado de obras literarias, cinematográficas, teatrales y casi nada más.



Incluso la tan cacareada democracia, que no pasa de ser más una ficción que realidad, pues para cualquier persona que se quiera despierta y consciente no somos más que esclavos de la cuna a la tumba, viviendo y sirviendo a las élites y clases gobernantes-con el anzuelo del voto, que en nada cambia nuestras vacías y míseras vidas y trabajando no  libremente para nosotros y nuestros hermanos de existencia, sino para los esclavistas- no es sostenible ni realizable sin una idea de bien común, justicia, búsqueda de verdad y libertad, libertad entendida no en su mero sentido hedonista, sino de no dominar a nadie, pues nadie es más que nadie en el Reino de Dios en la Tierra.

Es decir mi fe espiritual incluye una política y economía espiritual, imprescindibles  para que individual y socialmente la persona pueda desarrollar sus facultades espirituales, iniciar su camino en el espíritu.

En todo esto consiste mi fe espiritual, a través de un camino tortuoso, de idas y venidas, hasta comprender que en última instancia somos energía, que la conciencia perdurá, que esta vida es importante, pero también la otra, que es aún más auténtica, pues allí estaremos en presencia y contacto pleno con el amor de Dios, sin juzgarnos, sino entendiendo que  el caminar terrenal es una experiencia, una enseñanza, siempre sometida a los límites de la materia observable, pero necesaria para propósitos que sólo tras dejar esta vida comprenderemos con claridad luminosa.

Mi fe espiritual es soledad y compañía, es aislamiento y solidaridad, es libertad e igualdad, es tender una mano a Dios y otra al ser humano, es tener un pie en un país y otro en el resto del mundo y en el Universo, es, en una palabra, la unión de los opuestos, la trascendencia frente quienes quieren limitarnos a algo, bien a la materia bien al espíritu.

Mi fe espiritual es un camino, por tanto, de serenidad, de aceptación de las miserias , de abrazar a un Dios que es amor y que, por tanto, no nos juzga, sino que somos nosotros mismos quienes lo hacemos.

lunes, 12 de agosto de 2024

Ánima. La vida y la muerte del alma

 Hoy toca comentar un libro de Michel Onfray, un filósofo francés famoso en su tierra, adscrito a una corriente de pensamiento materialista hedonista, especialmente cercano a Epicuro y el epicureísmo.

Ánima es un recorrido por la historia del alma a través de los diferentes filósofos y pensadores a lo largo del tiempo, hasta fechas recientes, haciendo especialmente hincapié en el cristianismo y la figura de Jesús, que al contrario del libro citado en la anterior entrada del blog, considera una figura inventada, un mito sin existencia real.

Es especialmente crítico con San Pablo y la historia del cristianismo en general, a los que acusa de condenar la carne, lo carnal, el conocimiento a través de los sentidos materiales, siguiendo la esquela de Platón, figura de la que es claramente oponente, debido a su atracción desmesurada por las ideas abstractas frente a la experiencia real, frente a la materia.



Por sus páginas aparecen los ilustrados, los primeros críticos de la religión y los dogmas, los deísta, los primeros ateos, y, también, de manera crítica Descartes y el método cartesiano, con su visión del hombre como una máquina, precursor del transhumanismo, el proyecto de la última modernidad, en cuyas páginas finales desarrolla una crítica hacia dicho proyecto cuyo fin es digitalizar el alma, crear una posthumanidad, idea en la que coincido plenamente con el autor.

De sumo interés es su crítica de Rousseau, bajo cuyo aparente antiautoritarismo se esconde un partidario del autoritarismo y el adoctrinamiento de la infancia, así como su denuncia de la Revolución Francesa y el terror que desplegó, que el considera vinculado a su idea de hombre nuevo, idea que le parece el sostén de las ideas y prácticas opresivas, desde el hombre nuevo de san Pablo, al bolchevique, nazi o fascista.

Y aunque como he dicho al principio Michel Onfray es un ateo reconocido, me quedo con la duda, pues no me parece lo suficientemente claro en las páginas del texto, si la muerte del alma como ha sido considerada hasta ahora, no la considera en última instancia un mal ante el hombre máquina, ese ser desalmado y ya no humano que se vislumbra en el horizonte con el anzuelo de que vamos a tener superpoderes gracias a dichas tecnologías transhumanas, y se van a poder curar ciertas enfermedades o problemas, como la parálisis u otros.

Claro está que esto es solo una pequeña parte de dicho proyecto, pues la realidad para quien piense libre y críticamente, es que se considera el ser humano tal cual ha existido hasta ahora inferior, y aún problemático, capaz , aunque cada vez menos, de rebelarse y desviarse de lo que quieren las élites.

No obstante uno echa de menos en  Ánima un mayor desarrollo de este último tema, tema candente y de actualidad, aunque al parecer va a ser objeto de un mayor estudio en un libro futuro.

En fin, un texto interesante, con el que comparto la crítica al transhumanismo, si bien yo soy abiertamente creyente en la existencia del alma entendida como una continuidad de la conciencia separada del cuerpo físico-las ECM, especialmente aquellas en las que el hombre y mujer fallecido, sin latido del corazón y actividad cerebral, ve, escucha, siente y percibe todo lo que está a su alrededor e incluso más allá,  hasta ciegos de nacimiento, no existirían si la conciencia no se desplegara fuera del cuerpo, quizá por la actividad cuántica, como algunos científicos intuyen-.

Que esa conciencia sea eterna, reencarne o también desaparezca integrándose en el Todo, es asunto en el que no me defino claramente, aquí soy plenamente agnóstico de las tres opciones.

Así como también creo que hay que distinguir el cristianismo verdadero, el del Evangelio y los primeros cristianos, del falseado con posterioridad, especialmente tras la creación del nuevo cristianismo como religión oficial del Imperio, con su persecución de otros cristianismo discrepantes así como del paganismo.

Pero sea cual sean sus ideas y creencias, recomiendo el libro, y espero pacientemente un nuevo ensayo, este ya centrado en las propuestas y metas de aquellos y aquellas que buscan nuestra esclavitud absoluta, mientras nos distraen con otras problemáticas menores, para que nos desinteresemos y desentendamos del verdadero peligro que nos sobrevuela.

lunes, 29 de julio de 2024

La sabiduría y el significado profundo de las ensañanzas de Jesús de Nazaret

 Hoy quiero recomendar un interesante ensayo de Emilio Carrillo y Lola Rumi sobre la figura de Jesús de Nazaret. Su tesis es que Jesús de Nazaret no es ni un simple maestro, ni tampoco el creador de una religión, sino un evento, una figura, el Hijo de Dios-también llamado el Hijo del Hombre-, enviado para darnos la posibilidad, siempre desde el libre albedrío, de rescatarnos, de sacarnos de nuestro desvío, de nuestro olvido de nuestra esencia, para cristificar la tierra y a nosotros, sus habitantes y restaurar una humanidad que viva desde el espíritu.

El libro combina lo que conocemos de Jesús a través de los evangelios canónicos con un conocimiento de las distintas tradiciones espirituales y esotéricas, haciendo mención a las sucesivas humanidades que han vivido en nuestro planeta, con sus elementos conscienciales y evolutivos hasta llegar a la nuestra, que dará paso a otra humanidad nueva cuando llegue el momento.

Indudablemente el libro tiene elementos discutibles, desde el citado esoterismo, de la corriente teosófica y sus siete supuestas humanidades sucesivas-que no descarto, por supuesto-, hasta presentarnos a Cristo como vegetariano-algo inusual en la época, con la excepción de algunos filósofos como Pitágoras o su discípulo Apolonio de Tiana- o sostener que hubo dos Cristos, uno falleció pronto y traspasó su alma, su conciencia, al otro que sobrevivió.



De sumo interés es la parte final centrada en las profecías bíblicas y las del propio Jesús, pues según ambos autores ya estaríamos en los tiempos finales, los tiempos apocalípticos de la Gran Tribulación, inminente a la aparición del Anticristo, de las dos bestias y su reinado breve. La expansión de las guerras, el hambre, las pandemias, la expansión del mal, de la iniquidad entre nosotros mismos, daría pie a pensar, que la parusía ,los cortes, no están lejos, junto a las tragedias que deben darse para que dé a luz una nueva humanidad, el Reino de Dios en la Tierra, gracias a la ayuda de la divinidad, que evitará el triunfo de Satanás, nuestra perdición como especie-el transhumanismo juega aquí un papel esencial, como podemos observar-.

En fin un libro que me ha gustado mucho, si bien entiendo que en una fase histórica de materialismo rampante, de bajo vuelo, dicho libro tendrá muchos detractores, gentes que se nieguen incluso a hojearlo.

Pero en fin, yo reconozco que, hoy, tras una larga travesía en el desierto, he encontrado en la espiritualidad-que no en la religión-, un oasis, un abrevadero donde descansar contemplando el firmamento, resguardándome del horror en marcha, y de esa muerte en vida que es el citado materialismo cutre y agobiante.


domingo, 21 de julio de 2024

Reflexiones sobre el ascenso de la extrema derecha

 Desde hace unos años estamos asistiendo, en distintos países de la Unión Europea , al aumento en número de votos de fuerzas de ultraderecha o derechas nacionalpopulistas, si se prefiere, que con diferencias o discrepancias en algunos aspectos, fundamentalmente en relación al apoyo o rechazo a la Rusia de Putin, se aglutinan en torno a un discurso identitario, nacionalista o patriótico-en la práctica, que no en la teoría, han acabado siendo lo mismo-, antiinmigración, de defensa de la soberanía nacional y la población local, antiglobalista, habiendo sustituido a las izquierdas de los noventa en este último aspecto.

Antes de demonizar, necesitamos reflexionar sobre los motivos últimos de su ascenso. En mi opinión hay varios factores detrás, en primer lugar el fracaso o hartazgo de un sector creciente la población con el izquierdismo woke, y sus políticas identitarias de género y sexuales, con sus delirios como el seguidismo a la teoría queer, entre otros síntomas de claro agotamiento intelectual en las izquierdas, tanto moderadas como radicales o supuestamente alternativas.

Los trabajadores no pueden identificarse ya con tales políticas, sintiéndose olvidados y marginados por las fuerzas de izquierdas, especialmente la población blanca trabajadora, y en número creciente los jóvenes varones, con problemáticas silenciadas y desatendidas, como el fracaso escolar.

Este es un problema pero no hay que olvidar la desaparición casi total del pensamiento crítico y alternativo. La anteriormente citada clase obrera, desapareció totalmente como fuerza de cambio social, revolucionaria, en los ochenta, siendo los movimientos de autonomía obrera de los setenta su canto del cisne.

La economía se terciarizó, transformándose los esclavos asalariados en una supuesta clase media, sin más sueños que ganar más dinero y ascender en la escala social, es decir convirtiéndose en masa consumidora, educando a sus vástagos en las mismas ideas, estudiar para ser alguien en la vida, o sea hombre y mujer de provecho, lo que en la práctica es ser un apéndice de la megamáquina, sin entender que dichos apéndices podían hacerse prescindibles. 



Los viejos proyectos emancipadores se esfumaron, ocupando su lugar el sueño de una segunda residencia. La libertad acabó identificándose con el hedonismo, el disfrute, los viajes y poco más.

Y la igualdad con la retórica falaz del ciudadano libre e igual, como si el mero echo de votar nos hiciera libres e iguales, y la partitocracia fuera identificable con una democracia.

En medio de esta mentalidad llegó la crisis de 2008, que supuso un puñetazo a las quimeras burguesas y ciudadanistas, de masa consumista y feliz. Llegó la indignación, la rabia de los que se sentían traicionados porque suponían la existencia de un fantasmagórico pacto social: servidumbre a cambio de bienestar económico creciente.

Muertas las esperanzas revolucionarias, en parte por errores propios, todo sea dicho, una sociedad de consumidores cabreados solo podía apoyarse en lo peor de las tradiciones políticas a izquierda y derecha: el populismo, el viejo autoritarismo fascista o comunista si bien más templado, adecuado a las características del siglo XXI.

Primero pareció triunfar el populismo de izquierdas, con Podemos, Syriza y otros. Decepcionados sus votantes ante su inoperancia y su enriquecimiento, llegó la hora de agarrarse como última esperanza la derecha nacionalpopulista.

La idea de que el mal está en la globalización y nuestra defensa en las clases dirigentes y explotadoras locales, síntoma de una sociedad muerta al pensamiento libre, crítico serio y reflexivo, aferrándose a cualquier absurdez que no resiste ningún análisis histórico, es una de sus banderas.

La culpa a la inmigración, en vez de buscar una unión proletaria internacional, reconociendo que la creencia en ser clases media, burgueses ,era una paja mental, no una realidad, es otra de sus características. El pensamiento conspiranoico, otro. El mito nazi o franquista de la conspiración judeo masónica revive en buscar como chivos expiatorios a sociedades secretas, acusándolas de ser los que manejan los hilos, o en su defecto a un grupo famoso de multimillonarios: Bill Gates, Soros, Elon Musk, Rockefeller.... mezclando la posible influencia que pueden tener los billonarios, con donde reside el Poder, el mal: las instituciones estatales y capitalistas.

Una sociedad de hedonistas y consumidores, de supuesta clase media que se tira los pedos más altos que el culo, es una sociedad putrefacta a todos los niveles, temerosa, cuya única alternativa pasa por el Hombre o Mujer fuerte, el viejo Cirujano de Hierro, la ficción de los amos del Estado nación correspondiente como benefactores.

Así que de Pablo Iglesias hemos pasado a Abascal o a Alvise, el súmum de la degradación, un personaje sin más currículum que el chantaje, que recibe financiaciones oscuras-sin salario reconocido en tres años-, aupado por el poder de las redes sociales y ciertas personas y ensayistas, algunos muy lúcidos e inteligentes, también presentes en las redes.

Sólo reconociendo la cruda realidad de lo que somos, sin hacerse trampas al solitario, puede renacer un pensamiento seriamente crítico y propositivo, que coja lo bueno del pasado y de diversas corrientes, reconociendo sus errores-como la obsesión colectivizadora como bálsamo de fierabrás del viejo movimiento obrero-, que retome las banderas universalistas, emancipadoras y filosófico espirituales, pues sin espiritualidad el ser humano nunca despegará, acabará siendo, tal como ansían las nuevas élites, un robot desalmado.

martes, 25 de junio de 2024

Memory

 Interesante y original película que nos muestra el nacimiento y desarrollo de una relación original, ella una exalcohólica rehabilitada y él un hombre aquejado de demencia precoz.

Memory nos expone a dos personajes aquejados y perseguidos por fantasmas del pasado, por relaciones familiares conflictivas, ocultas, sobre todo en el caso de ella, por una pátina de silencio y encubrimiento, que la llevaron a la autodestrucción.

Sin embargo, en ese encuentro de dos almas enfermas, de dos mentes resquebrajadas por la enfermedad y el dolor, surge la luz al final del túnel, una  esperanza otoñal, un renacer de la luz cálida del estío  fuera de temporada, con fecha de caducidad, sí, y  con mucho rechazo bienintencionado de aquellos que sinceramente creen amarnos y pugnan por evitar heridas innecesarias pero como todo en la vida, esta va íntimamente ligada a los golpes, el dolor, las caídas y las cicatrices.



Los sentimientos, para bien o para mal, deben romper los diques de contención, de lo contrario el agua se estanca, se vuelve sucia y turbia, llevando a la existencia individual a la enfermedad del espíritu, la del miedo ante supuestos monstruos, la de la melancolía crónica.

Memory es la celebración del amor, aunque sea un amor absurdo, incomprensible para todos, empezando por sus sorprendidos protagonistas. Pero es que la existencia auténtica no es Orden, es anarquía, es surrealismo, es travesía y aventura loca sin ver puerto a la vista.

Lo contrario es la muerte en vida, un seguro arrepentirse en el lecho donde todos exhalaremos nuestro último aliento.

domingo, 2 de junio de 2024

Humanismo espiritual versus Tecnopolio

 Nuestra cultura, nuestras sociedades, desde la Ilustración dicen sostenerse en el llamado humanismo, en colocar en el centro de todo al ser humano frente a antiguas visiones teocéntricas, donde Dios era el centro del Universo.

Sin embargo su desarrollo ha transformado al hombre y la mujer en una pieza, un engranaje de una máquina, una mercancía . Y, fundamentalmente, en tiempos recientes, se ha convertido en sirvientes de las máquinas, estando nuestras vidas mediatizadas y guiadas, tanto a nivel personal como profesional por las tecnologías, imperando un pensamiento y un trabajo que hacen bandera de la eficiencia y el productivismo, llegando a considerar el cálculo técnico superior al juicio humano.

Estamos en lo que  Neil Postman llamaba Tecnopolio o Tecnópolis. Es decir los sueños, los objetivos de la modernidad ilustrada no se han cumplido, llevando a las sociedades a un antihumanismo maquinal, cada vez más invasivo, donde los seres humanos no dirigen ni guían nada, sino que han generado una nueva religión, pero más gris y deprimente, la de la tecnociencia, un Dios incontrolable, ajeno al Dios del amor del evangelio, un Dios al que no se le puede interrogar, controlar ni poner frenos.

Hay que arrodillarse y esperar de él una salvación, ajena al perdón y al diálogo que acontecía con los antiguos dioses, un Dios sordo, ciego y mudo, que no está trayendo el reino de la abundancia para todos, la libertad, el fin del trabajo o su reducción a un mínimo de horas, ni nada de lo que prometían sus sacerdotes científicos pero que de vez en cuando, si bien con más desgana siguen prometiendo a una parroquia positivista y racionalista fiel, aunque con desánimo creciente.

Y es que en mi opinión la raíz del bienintencionado fracaso del humanismo renacentista e ilustrado, y sus continuadores degenerados está en no ver claro que una auténtica civilización humanista tiene que tener una base espiritual.

Que el ser humano, su libertad, su dignidad, se potencia con un sentimiento de trascendencia, con la consideración de que no sólo somos materia física perecedera, sino que, se crea o no en Dios y en la vida más alla-en la cual yo sí creo- el ser humano debe buscar la belleza en todas sus creaciones, la verdad, la justicia, buscar un sentido profundo de la existencia que no se limite a vivir bien, es decir a consumir todo lo que quiera y tener sueldos altos, así como disfrutar de placeres ilimitados, sino a sentirse vinculado e interdependiente de los otros hombres y mujeres, así como con la Naturaleza y el resto de seres vivos hasta llegar a amar el Universo.

Y este aplastamiento, ahogo y destrucción de nuestro elemento espiritual por promesas incumplidas de mera prosperidad material hasta el infinito y más allá-sin ser consciente de la decadencia y caída de todo sistema- es el que nos ha llevado a ser esclavos del Tecnopolio, sirvientes de las máquinas. 

Olvidando, por cierto, que las máquinas, la tecnología, no es neutra, como se dice, sino que es creada dentro de un sistema y forma parte de él, por lo que siendo el nuestro un régimen de tiranía política y económica, de dominio y explotación de las mercancías de apariencia humanas, estas tecnologías sirven fundamentalmente, para ensanchar el control, la vigilancia y la opresión de los individuos  y proletarios, pues la coacción y control laboral es un fenómeno creciente.

Ha sido por tanto la desvinculación del humanismo de la espiritualidad la que nos ha llevado al desierto lúgubre actual, el de sociedades de esclavos hedonistas que en el colmo del delirio se creen libres, inconscientes de la marea de muerte literal y destrucción que va a provocar la maquinaria bélica de los poderes mundiales, ciegos en su desarrollismo económico y tecnológico militar y a nuestra conversión, meta de la modernidad, en entes robóticos, clones de esa maquinaria y tecnologías adoradas cual nueva religión materialista y mortífera, aniquiladora de nuestra esencia, o sea de nuestra alma.

Toca levantar, si queremos salvarnos y renacer de nuestras cenizas, un humanismo espiritual, donde las tecnologías no se adopten sin preguntarse el porqué, para qué y a quién sirven, y si no sirven a nuestra libertad y nuestra humanidad, sean rechazadas