sábado, 14 de enero de 2017

Relatos de un peregrino ruso

He tenido el gusto de leer un clásico del cristianismo ortodoxo, Relatos de un Peregrino ruso, que en la práctica se ha convertido en uno de los más bellos textos de la tradición espiritual de la humanidad, con capacidad para trascender cualquier escuela religiosa.

La propia introducción es muy interesante, pues nos sitúa el contexto de la obra, la época en que transcurren los relatos de un peregrino ruso, personaje anónimo del siglo XIX, y la escuela cristiana en la que se sitúa, o la que resulta más afín, que es la hesíaca, aquella centrada en la vida contemplativa, y la oración incesante para lograr la unión con Dios, es decir la que busca la soledad, la calma, el silencio.

El resto del libro nos relata las andanzas de un hombre sencillo, educado en la fe religiosa que pierde todo, casa, mujer y riquezas y que decide lanzarse a los caminos, peregrinando por toda Rusia, siendo enseñado por un maestro en la práctica de la plegaria incesante hacia Jesucristo, actividad inicialmente muy difícil de lograr, debido a las distracciones y la pereza mental, pero que una vez lograda transforman interiormente al protagonista, logrando alcanzar la paz, la alegría y una enorme fortaleza mental que le permite afrontar sin miedo todos los peligros y penalidades que sufre en su vagabundear por la inmensidad de Rusia.

Trabajando a veces, y mendigando un trozo de pan en las aldeas por las que pasa en otras ocasiones, del libro destacan sus conversaciones con hombres de diversa condición, de monjes, a profesores y ermitaños y también gentes de pasado licencioso y amoral, todos o casi todos despertados por diversos motivos al mundo elevado del espíritu; la obra no deja de ser un canto a la esperanza, a la posibilidad de cambio y redención, gracias al Evangelio o textos como la Filocalia, donde se concentran grandes enseñanzas de los primeros cristianos.

El amor al prójimo, el perdón, la compasión,el desapego a los bienes materiales, son enseñanzas de Relatos de un peregrino ruso, que, en lo esencial, coinciden con las mejores tradiciones espirituales y filosóficas.

El libro va contracorriente de nuestra época, de nuestras sociedades occidentales donde todo lo que se refiera a dios o a religión provoca un enorme rechazo, risas o burlas, como algo dogmático, antiguo, reaccionario, de beatas e hipócritas fariseos, frente a nuestras maravillosas vidas de esclavos de placeres y tecnologías varias, dominados de la cuna a la tumba y adoctrinados de la mañana a la noche.



Entiendo que a muchos la obra no guste, o no diga nada, pero personalmente, he disfrutado de la lectura, de la sencillez y a la vez profundidad del protagonista y otros personajes, y, separando el grano de la paja, descubro en el peregrino ruso y sus compañeros de viaje unas personalidades superiores a las nuestras, capaces de enfrentar con paz y una sonrisa los golpes y penalidades de esa vida errante, expuesta a todos los peligros.

Cada vez creo más firmemente que en las viejas tradiciones espirituales de la humanidad, se esconde un tesoro a redescubrir y de gran ayuda para la mejora individual y colectiva.

Al menos, redescubramos el valor del silencio, la oración o la meditación, y el vivir modesta y sencillamente. Con independencia de si somos creyentes, ateos, o agnósticos.

sábado, 31 de diciembre de 2016

La muerte de Ivan Ilich

He leído con sumo gusto una pequeña novela de Lev Tolstoi, La muerte de Ivan Illich, donde el legendario escritor ruso, con sus habituales análisis agudos de la condición humana nos enfrenta cara a cara con un tema del que solemos huir, al que solemos esconder en un armario y hacer como que no existe.

La muerte de Ivan Illich relata los últimos meses de vida de un hombre de la alta sociedad, casado y padre de dos hijos, y como es habitual en la obra de Tolstoi, tiene varias lecturas.

En primer lugar la crítica a los convencionalismos sociales, a la fatuidad de las vidas de los burgueses y adinerados miembros de la sociedad rusa .Sus falsos pesares por las muertes ajenas, sus molestias internas por tener que acudir a entierros, funerales y pésames e incluso el pensamiento de que la muerte es algo que sucede a otros, no a nosotros mismos, algo que posponemos para un futuro muy lejano, como si nunca fuera a alcanzarnos.

A continuación viene la lectura individual, no ajena a la primera, pues Ivan Illich es parte de esa sociedad, de esos hombres y mujeres cuya meta es lograr la aprobación y el éxito social y laboral, y, por tanto, acaban adoptando todas esas formas de vida y relación tan superficiales, tan de vivir al gusto de los demás, de disolverse en la masa, de no dar la nota, de no ser uno mismo.



La fuerza del relato estalla en su parte final, cuando el protagonista, en su agonía, mira hacia atrás y descubre que su verdadera vida, su época más feliz, se situó en su infancia. Todo lo demás fue, en realidad, un descenso a los infiernos, a una falsa vida de apariencias, un corromperse por los placeres.

El moribundo se hace consciente de que una vida centrada en la tranquilidad y la comodidad material, no es una vida, y que, en realidad y paradójicamente, el esconder la muerte favorece una vida sin sentido.

Un matrimonio infeliz, una hija a la que estorba el sufrimiento del padre, pueden leerse también como el reflejo de un alma insatisfecha y en búsqueda de la verdad y el más elevado sentido de la vida que fue el pasear por nuestro mundo de Leon Tolstoi, quien murió, como Illich, alejado en su corazón de su familia y de la vida que había llevado-en el caso de Leon, no sólo de corazón, sino lejos, en una habitación de una estación de tren-.

Hablar de la muerte en Navidad, puede causar un gran rechazo, pues se supone que son fechas de alegría, diversión, comilonas y reencuentros familiares. 

Pero precisamente porque han perdido estas fiestas su verdadero sentido y se han transformado en algo hueco, donde los verdaderos valores cristianos, que fueron los de Tolstoi, se han disuelto, es cuando debería recordarse que todo nacimiento, tanto el de Jesús de Nazaret como el nuestro, no es más que un viaje a la muerte, y que si somos conscientes de ella, podremos vivir una vida más plena y alejarnos de la banalidad con que nos movemos por el mundo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

El budismo. Su esencia y desarrollo

Para los interesados en conocer las ideas y escuelas de una de las religiones o filosofías espirituales más vieja de la humanidad, como es el budismo, recomiendo el libro del estudioso ya fallecido Edward Conze; El budismo, su  esencia y desarrollo.

Se trata de una forma de espiritualidad que, en diversos aspectos, choca enormemente con nuestros esquemas mentales, pero que tiene algunos elementos interesantes que pueden servir en un futuro proyecto de reconstrucción espiritual de la humanidad, ante el evidente fracaso de los fundamentalismos religiosos y del materialismo hedonista de nuestras sociedades, que ha destruido y sigue destruyendo los valores y triturando a los seres humanos.

La base del budismo consiste en librar a los hombres del sufrimiento. Para ellos, la vida, es, por tanto, sufrimiento, del nacimiento a la muerte. Aquí hay mucho más realismo, más cercanía a nuestra realidad, que las visiones que nos proponen que la existencia es goce y placer, visiones o filosofías tan de moda en nuestras decadentes sociedades que no nos sirven de apoyo cuando, por más que se quiera ocultar, el dolor, el sufrimiento, siempre abrirá nuestra puerta.



La raíz del sufrimiento, y lo que el budismo pretende superar con sus tácticas mentales y de meditación, es la creencia en el ego, en el Yo. Ese Yo provoca que nos identifiquemos con otras cosas, lo que provoca infelicidad, la infelicidad que provocan los apegos, pues esos apegos provocan miedo o tristeza de perder eso  que identificamos con nosotros. La felicidad budista se busca fuera de este mundo, pues en un mundo de cambio constante como el nuestro, el ser humano nunca será feliz, pues siempre buscará más y más, más seguridad, más riqueza, más bienestar.

La idea de inmortalidad budista difiere de otras como la de los monoteístas en que no se basa en una permanencia de la individualidad en otro estado, o dimensión, sino su trascendencia total . Es el nirvana, el no-yo, el no-ser.

Se nos habla de las cuatro nobles verdades, una especie de reflexión sobre el sufrimiento que implica la vida, pues hasta el placer causa sufrimiento, el sufrimiento de perder ese placer; y las forma adecuadas de superarlo, consistente en desapegarse de todo lo que causa ese sufrimiento.

El libro nos lleva a conocer el budismo monástico, y sus vidas de pobreza, castidad e inofensividad, el popular, las diversas escuelas de sabiduría, el budismo de la fe, los yogacarinos, el tantra...

Un texto muy completo, del que sólo hecho en falta un apartado de técnicas mentales de meditación y desapego, que creo que podrían ser interesantes y prácticas en nuestros países, tan opuestos al camino de Buda y los suyos, donde somos y existimos por la posesión, cultivando y engrandeciendo el Yo y los apegos y por tanto como podemos ver y sentir en nuestras propias carnes, el sufrimiento crece y crece, siendo incapaces de afrontarlos sin tratamientos farmacológicos o pastillas milagrosas.

Mi conclusión final es que conforme envejezco mayor interés despiertan en mí todas las viejas tradiciones espirituales de la humanidad, más consciente me hago de la necesidad de nutrirse de ellas, de retomarlas actualizándolas, siempre con espíritu crítico, y cada vez se me hace más evidente que nuestra civilización ,con su abandono y eliminación de todo elemento serio de esas tradiciones, más cerca se encuentra de su destrucción y más infeliz hace a sus habitantes.

La multiplicación de cachivaches tecnológicos, de posesiones, no está produciendo ningún sentido en nuestras vidas, sólo un vacío en el mal sentido-que no es el del nirvana budista-, y una deshumanización generalizada.


domingo, 18 de diciembre de 2016

Reflexiones sobre la renovación espiritual

 De debates con amigos y compañeros, y de la observación de la realidad, especialmente, podemos sacar en conclusión dónde se situaría uno de los fallos más comunes de nuestras sociedades, y causa de que caminemos tropezando continuamente y fracasando una y otra vez siguiendo un sendero que no conduce a ningún lugar. 

Me refiero al traído y llevado tema del cambio. Decepcionados y cansados cada cierto tiempo por los partidos de gobierno habituales y agobiados por la crisis económica, cada x años, como el famoso día de la marmota ,aunque, gracias a dios, más espaciado en el tiempo, estallan furias pasajeras por encontrar nuevos partidos, nuevos líderes, con la infantil esperanza de que, ahora sí, ellos y ellas, como dicen los progres, nos traerán el ansiado paraíso, quitando a los ricos para darnos a los pobres y enfrentándose, como Don Quijote, a los molinos de viento del Capital.

Luego, al cabo de un tiempo, viene el desánimo, y, con los años, la crítica, ya sin mérito ,pues es a cadáver, o sombra fantasmal, del susodicho Mesías del que se esperaba todo, y al que no tosían en sus momentos de gloria. Ejemplo evidente Felipe González para los más mayores, y Zapatero para los más jóvenes.


Ahora ya sabemos quién ocupa los ensueños nocturnos de las multitudes, para mí una copia degenerada por autoritaria y demagógica de las anteriores-producto claro, además, de la telecracia, y evidente operación del sistema, para el que no quiera vivir con vendas en los ojos-, también con la dificultad de no poder prometer el oro y el moro-las arcas del estado dan para poco-; pero entiendo que es cuestión de gustos, y que para gustos los colores.



El fallo de base, por tanto, está en esperar el cambio desde fuera, desde otros, a los que se otorga facultades divinas, por muchos que esas multitudes hagan bandera del laicismo, y hasta del anticlericalismo.

Este esperar  fuera es sumamente peligroso, porque implica, aunque no se quiera reconocer, una mentalidad servil y sumisa a los poderes, y un implícito reconocimiento de que no somos nada, y todo sería caos y desorden, si no somos gobernados por una nueva clase dirigente. Que esta sumisión se envuelva en discursos radicales y hasta anticapitalistas, no cambia su carácter conservador y reaccionario, en el mal sentido de la palabra.

La renovación y el cambio, para poder tener alguna pequeña esperanza de cristalizar en algo real, aunque sea un tópico, es de dentro hacia fuera. O, al menos, una combinación de ambos.

La transformación, para dejar de ser palabrería vacua, parte de un cambio de cosmovisión radical, de un cambio de conciencia, de una mutación espiritual.

Para hacer esto se requiere ser capaz de pensar el mundo en que vivimos, todas sus estructuras, y ponerlas en duda una tras otra. ¿Por qué necesito que otros me digan dónde ir?. ¿Por qué necesito que me gobierne uno o varios partidos políticos?. ¿Por qué tengo que ver como natural el ser mercancía que se compra y vende en el mercado?. De la forma en que vivimos, ¿es, como dicen algunos, lo natural, o, quizá, me están engañando ,ocultando fragmentos de la historia, y sacando solo reyes, reinas, príncipes y presidentes de la república?. ¿Es natural que debamos centrarnos sólo en tener más cosas materiales, más dinero, más cachivaches, más placeres y vivir centrado en el disfrute, porque la vida son dos días?. ¿Es normal que tengamos que vernos, por tanto, como una especie de ser cuasi inhumano dedicado a definirse por lo que traga, absorbe, viaja y posee?.

En una palabra: ¿es una vida digna de tal nombre lo que vivimos?. Y, yendo más allá: ¿somos seres humanos o nos estamos encaminando a ser otra cosa, indefinible y monstruosa?.



Es decir sólo buscando la verdad, la esencia profunda de las cosas, lo que somos y queremos ser y mantener, desapegándonos- como enseñan las grandes y más elevadas tradiciones del pensamiento humano, espiritual y filosóficas- de lo material y del ego, dentro de los límites razonables, para ensanchar las conciencias, pero también, desapegándonos de las autoridades artificiales y falsas que hemos aceptado y visto como naturales-partidos, caudillos,patronal...-, lo que no hicieron o fueron mucho menos claros en esas tradiciones mencionadas-y que fue la causa de que al final acabaran algunas o casi todas sirviendo a los poderes terrenales y prostituyéndose- podremos acercarnos a otra sociedad.

El cambio, o es espiritual, o no es ni será.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Yo, Daniel Blake

Ken Loach vuelve a la carga con un drama social donde refleja los sufrimientos y penalidades sufridos por padres y madres trabajadoras que por diversas circunstancias se enfrentan a la rotura de sus vidas, a la posibilidad de quedar a la intemperie en esta sociedad atomizada y donde el hombre es un lobo para el hombre, consecuencia de esa destrucción paulatina de los lazos comunitarios.

Un carpintero, tras sufrir un infarto, se encuentra con una maraña burocrática, estilo kafkiano, que le impide acceder a un subsidio por incapacidad. Mientras su médico le impide trabajar, los Servicios de Empleo le obligan a buscar trabajo.

Por su camino se encuentra a una madre soltera con dos hijos, en una desesperada situación. Ambos se ayudan mutuamente, como no podía ser menos en una película de Loach, que siempre resalta los valores solidarios de la clase obrera.



Lo mejor del film es el perfecto retrato de esos barrios obreros, obscuros, con población marginada, que sobrevive como puede, mucha veces en los márgenes de la legalidad; la mezcla de dureza, mal humor, ternura y apoyo mutuo que se da entre la clase trabajadora.

Las escenas de desesperación, de hambre, de verse en la necesidad de acudir a comedores sociales, el drama y la sensación de derrota y humillación que eso supone, llegan al corazón como una pedrada.

Lo peor de la película quizá sea lo previsible, la intuición de que sabemos el final.

Con todo, junto con Una tarde para la ira, una estupenda película española, es el mejor film que hemos visto en las últimas semanas.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Los cristianismos derrotados

He tenido el gusto de poder leer el magnífico libro del especialista en cristianismo primitivo, Antonio Piñero, con el sugerente título de Los cristianismos derrotados. ¿Cuál fue el pensamiento de los primeros cristianos heréticos y heterodoxos?.

La obra nos lleva desde el origen del cristianismo y su incipiente división en tres sectores: el más judío, el judeocristiano y el de los antiguos paganos; división inicial que se saldó con el triunfo definitivo de los paulinos, es decir de un cristianismo separado del judaísmo.

Pero la creación lenta de una Iglesia Mayoritaria que acabó seleccionando una serie de textos como los auténticos, no supuso la desaparición de otras visiones, que fueron muy numerosas y que el autor menciona.



La más famosa la gnóstica, pero sin olvidar  la persistente maniquea, que aparecía y desaparecía, hasta otras como el arrianismo, los monofisitas, el docetismo, los nestorianos, el donatismo hasta llegar a la edad media con los bogomilos y los más conocidos por su trágico final, los cátaros.

Don Antonio nos expone sus diferencias, a veces mínimas, otras de mayor envergadura, sus debates teológicos sobre la naturaleza de Jesús, de la Trinidad, el papel de la mujer, el ascetismo, el rechazo o no al matrimonio y a las relaciones sexuales, el Universo material como creación de Dios según la visión de la Iglesia oficial, o del Mal, según algunos otros, la pobreza...

Su finalidad es demostrar que nunca ha podido hablarse de cristianismo, en singular, sino cristianismos en plural y explicar las creencias de los grupos heterodoxos que se enfrentaron a la corriente mayoritaria.

Un libro muy interesante que nos permite acercarnos a la realidad de una religión con múltiples visiones que, para bien o para mal, es inseparable de nuestra historia, de nuestra cultura y creencias.


viernes, 4 de noviembre de 2016

Sed de divinidad, ateísmo y seres queridos

A veces observo a mis padres, cada vez más mayores, octogenario uno, septuagenaria otra, y voy siendo consciente, cual luz de un vehículo que se acercara poco a poco a donde estamos, de que me empieza a asaltar la preocupación, como una semilla obscura que creciera en mi interior lentamente, pausadamente, sin ser consciente, hasta que un día descubres que la enredadera recorre tu alma, apretando el corazón.
Como todos, mi vida ha sido una interrogación continua sobre la muerte, y lo que hay o no hay más allá. A los diez años perdí la fe, más tarde intenté recobrarla, pero si daba un paso, Dios daba cuatro.

Finalmente llegué a la conclusión de que la fe, la idea de la divinidad, era inalcanzable para mi raciocinio, y que era preferible aceptar que el Vacío era nuestra estación final, y que éste no era tan malo, sino la disolución de nuestro Ego, fuente de sufrimientos sin fin, en la placidez del No Ser, del No Existir. Una idea grata para mí, siempre atormentado y torturado por los fantasmas de mi mente.

Pero últimamente, e incluso ahora mismo, mientras escribo estas líneas, que pasarán sin dejar el menor rastro, como mi vida, noto un miedo difuso, una congoja triste como el día lluvioso y otoñal de hoy.



Siento que se acerca el final de la estancia de mis padres en este mundo fallido, en este aborto de vida libre, en esta cárcel sin muros desde la infancia al final de la existencia, donde de vez en cuando todo se hace más vivible por una sonrisa, por una mano amiga, por un paisaje, por esa mirada y esos abrazos de los padres o las personas a las que nos unen lazos de afecto.

Y esa sensación, esa idea, me provoca una aguda melancolía, y me pregunto con más insistencia el porqué de la soledad, el porqué de poner nuestros pies y arrastrarnos por campos embarrados, si a quienes queremos, con ese amor odio típico de las relaciones entre hijos y padres, se esfumarán de nuestros espacios, de los lugares donde compartimos penas y alegrías.

Entonces me hago consciente, cada vez con mayor potencia, del absurdo de la vida .¿Por qué vivir, por qué esta broma de mal gusto?.

Y, en abierta contradicción ,pido a Dios, ese Dios en el que no puedo creer, que me arrastre a mi antes que a ellos .Y, también, me descubro soñando con que nos reencontraremos en algún lugar del Éter, con mis abuelas y abuelos.

Al final me he hecho consciente de que en mí, como en todo hombre y mujer, habita alguien que une la sed de divinidad, pero sed de divinidad del que se resiste a perder para siempre en la bruma del tiempo y los recuerdos a las personas queridas, con el escepticismo.



Quizás ese ring, ese espacio de lucha de contrarios, sea lo que nos defina como seres humanos.

Y quizá el sentido real y profundo de la existencia sea ese batirse entre la esperanza infundada y la desesperanza realista.