lunes, 15 de enero de 2018

Reflexiones contra la falsa democracia realmente existente y la falsa contestación del ciudadanismo empoderador y participativo

No hay duda de que reina en Occidente, desde hace mucho tiempo, una mentalidad conformista, una ciega creencia en el sistema, una falsa contestación que no es tal, sino una forma de buscar adaptarse a la situación, usando banderas o conceptos que, a veces con apariencia de radicalidad, como el decrecimiento-ese bicho que no se nos aparece como un ser libre y salvaje, sino que olfateamos como decreto, burocratismo, caudillismo, estatalismo, táctica capitalista para tiempos de decadencia- nos resulta evidente que tras ellos late el sueño, fracasado de antemano por la situación económica, de la salvación por el Estado, tal como la renta básica, el reparto del trabajo o el empleo público garantizado, a nivel económico y, a nivel político, se utilizan palabrejas como empoderamiento, derecho a decidir, autodeterminación de los pueblos, ciudadanía y otras más.

Estas ideas, presentadas como novedosas, están muy por debajo del pensamiento radical y subversivo de otras épocas, muy por encima de la actual, por cierto, en creaciones populares. Y esto es así porque de manera abierta o encubierta, la llamada ciudadanía actual cree que vive en una democracia, que decide, que con su voto a tal o cual partido cambia realmente las cosas. El ciudadano medio actual vive con una venda en los ojos, quizás intuye la mentira, pero se niega a verla a la luz del día, instalado en una situación de complacencia, figurándose que alguna vez con el voto encontrará a Godot, ese Mesías que, esta vez sí, no les traicionará, abriéndose la puerta del Paraíso, sueldos altos, rentas básicas, bienestar y consumo a todo trapo, viajes por el mundo, todo gratis, barra libre, la patronal doblará la rodilla, empresas y multinacionales también, los tanques dispararán flores al pueblo, pues Estado y pueblo serán uno.

En la ciudadanía actual, en la izquierda por algunos llamada radical y hasta antisistema, y en el nuevo anarcosindicalismo y anarquismo absorbido por la posmodernidad y su izquierdismo entre progre, nacionalista y populista, ya no se piensa en la necesidad de retomar la lucha de clases tomada en serio, o, si se prefiere, usando la terminología de Miguel Amorós, construir una comunidad combatiente y solidaria.



¿Qué necesidad va a tener la así llamada y considerada ciudadanía de reconstruir esa comunidad combatiente y unida?. La palabra ciudadano y ciudadanía esconde, y más en las falsas democracias realmente existentes en que nos movemos, por la ficción del voto, la explotación, la alienación, la dominación, la división en clases sociales, en dirigentes y dirigidos. De hecho las palabras explotación y explotado han desaparecido prácticamente del vocabulario habitual usado por el populacho hiperconectado, pues otra cosa no somos, un populacho que aún mantiene-mantenemos, yo me incluyo-, la creencia en que el empobrecimiento es un bache pasajero, que en no muchos años, como escuché en la televisión, todos manejaremos coches voladores o tecnologías supersofisticadas, pues el progreso se considera una línea infinita, casi nadie quiere afrontar la realidad de que lo natural son los ascensos y las caídas, lentas o bruscas; hablando en plata, la muerte, para luego renacer en algo que será una incógnita, un misterio.

Las décadas de relativa bonanza se han adueñado de las mentes, de la forma de entender la vida, donde el viejo ideal de autogestión, de trabajo sobre capital, de lucha y esfuerzo combativo contra los opresores, cayó fulminado como un mosquito despistado en una nevada, ocupando su lugar la idea de que las autoridades son las encargadas de solucionar los problemas, de velar por nosotros, pues para eso estamos en democracia y ejercemos el derecho al voto.

Cierto es que la crisis ha generado sobresalto, algunas dudas, pequeñas grietas. Pero los efectos anestesiantes de esos tiempos de bonanza, muy relativa, ya digo, pues el mileurismo y las altas tasas de paro son una constante que viene de antes de 2008, han provocado que las respuestas se hayan limitado a opciones ciudadanistas, o si se prefiere el concepto, neolerrouxistas. Hemos asistido a una eclosión de palabras y conceptos trampa, palabras y conceptos huecos y vacíos, falsamente contestatarios, como empoderamiento, democracia participativa, derecho a decidir, poder popular, heteropatriarcado, ideología de género y feminismo hasta en la sopa, autodeterminación de los pueblos...

¿Por qué los considero palabras o conceptos trampa, fundamentalmente? Por lo que he mencionado más arriba, porque en realidad implican adaptación y aceptación del sistema, e incluso egoísmo mezquino, el ideal de seguir siendo una pequeña parte del mundo privilegiada, con derecho a seguir expoliando al tercer mundo. De aquí viene el renacer del nacionalismo, a izquierda y derecha, claro que ahora tal idea ya no se define así,hay que manejar conceptos democratistas para engañar a las gentes: al nacionalismo llámale derecho a autodeterminación de los pueblos, derecho a decidir sobre todo, y ya tienes a las multitudes ciudadanistas, participativas y empoderadoras cayendo en esa trampa de ratones. Tampoco ven estas masas "rebeldes" que tras el derecho a decidir se esconde el derecho a ser gobernado, ni más ni menos. Todo muy radical y revolucionario.



Hemos visto claramente y muy recientemente que la democracia que tenemos es una mentira, un teatro donde se mueven los hilos por detrás. Unos partidos han sido ascendidos y otros hundidos, pero, ay, vivir sin la venda es muy duro, hay que autoengañarse con mentiras piadosas. El voto es libre, nadie lo maneja, no hay campañas mediáticas ni empresas detrás o servicios del Estado manejando los tiempos. Esto es una democracia, quien ose ponerlo en duda es un cenizo, un pesimista, que no se nos quite la ilusión en los Reyes Magos.

La degeneración de esos ufanos ciudadanos democratistas, su pérdida casi total de libertad, ha quedado terriblemente de manifiesto en el llamado Proces catalán. La gente ya no se moviliza desde abajo, ha sido un llamamiento de autoridades, autoridades saqueadoras y corruptas, el que ha sacado a multitudes a la calle. Su pasado y su presente quedan tapados, ya no son expoliadores del pueblo, ahora son luchadores por la libertad, héroes, y hasta se habla de horizontalidad y autogestión en las protestas, a la que se sumaron fervorosamente incluso los anarcosindicalistas de CNT y CGT.

La derrota de las clases populares ha sido total. El Capital y el Estado ya no pueden ofrecer apenas migajas en forma de dinero, por lo que  su táctica es ofrecer algo de participación, de empoderamiento, es decir de libertad no conquistada, concedida, o sea una falsa libertad. Elija usted de que color quiere que le pintemos el cuarto. En eso se agota la rebeldía contemporánea, y en eso se agotan sus mezquinos y burgueses sueños. Autoengaños sobre autoengaños en una situación mundial sumamente delicada, por cierto, donde los ejércitos de las potencias pueden borrar a casi toda la humanidad del mapa cuando lo crean conveniente, o conque a uno de los mandamases mundiales con capacidad nuclear se le vaya un momento la pinza.

Pero claro, el internacionalismo requiere de reconocer que Occidente no está a salvo, reconocer que, aunque con mejores condiciones aún que otros hermanos del mundo, pero no por mucho tiempo, somos explotados, oprimidos, dominados, no ciudadanos, ni empoderados. Que aunque nos neguemos a creerlo hay una guerra social en todo el mundo contra nosotros, una guerra económica, de momento, pero con riesgo de llegar a algo más, que, o despertamos, o nos machacarán.

Que las autoridades políticas y económicas no son padres o madres que nos quieren, aunque a veces sean duros y se les vaya la mano. No, son nuestros enemigos, y su objetivo es liquidar nuestra humanidad. Para ellos y ellas somos materia prima para sus máquinas, y materia prima desechable cada vez más.

Sólo cuando despertemos del sueño infantil, podremos retomar las ideas necesarias para sobrevivir en la guerra social. Necesitamos el regreso de las tradiciones revolucionarias e incendiar el engaño del Progreso. 

Esas tradiciones están ahí, a la espera: solidaridad sin fronteras o internacionalismo real, teniendo como objetivo clave reconstruir una Internacional con fuerza global; asambleas, consejos o concejos, es decir estructuras naturales y de base frente a partidos políticos; reflexión y lucha individual y colectiva frente a delegar, dejar hacer , votar y esperar; autoformación y formación emancipadora frente a la cultura de masas y televisiva; estoicismo subversivo frente al hedonismo embrutecedor del tardocapitalismo; apoyo mutuo y cooperación frente a la competitividad y la atomización; abandonar parcialmente al menos las redes sociales y volver a vernos las caras en locales para tal fin; entre otras muchas herramientas.

Ni en las falsas democracias ni en el ciudadanismo de adaptación está la esperanza ni la solución a la destrucción.

domingo, 7 de enero de 2018

Ni materialismo ateo, ni religión: por una espiritualidad de la belleza, la lentitud, la contemplación, el fracaso, la ineficacia y el antiproductivismo

Se dice habitualmente que los extremos se tocan. Y así, a algunos no deja de parecernos que entre el materialismo ateo y las religiones hay, en su práctica real, coincidencias evidentes, fundamentalmente una: la cosificación de individuos y comunidades, la extirpación o mutilación de su conciencia, obligada a arrodillarse ante el Dios Materia y su cohorte de sirvientes materiales o inmateriales pero de bajo nivel: dinero, fiestas, diversiones sin fin, placeres, viajes, éxito social , cachivaches último modelo, coches de lujo, acumulación de viviendas....por parte de lo que calificaré, de manera quizás un tanto simplista y gruesa, pero uno es grueso y simplista, qué se le va a hacer, de materialismo ateo.

Y por otra parte tenemos a los que obligan a arrodillarse ante un Dios, arrodillamiento que en realidad no es ante un Enigma insondable, que probablemente siempre quedará en un interrogante, si no ante quienes se dicen sus representantes en la borrascosa Tierra, o ante un Libro Sagrado, al que hay que seguir ciegamente, sin distinguir lo que puede haber de positivo y de negativo, lo que sería de ayuda y lo que no.

En un caso y en otro nos encontramos ante la puesta en marcha de mecanismos opresores que colaboran en el mantenimiento de la parte inferior del hombre, mecanismo que no le permiten desplegar su parte superior, su parte más realmente humana, brotar y germinar de la tierra ,si no sólo sus elementos más zafios, manteniéndole en la ignorancia y el conformismo.

Ciertamente la realidad es más compleja, lo reconozco, pues el amor apasionado a lo material, a las riquezas, raramente distingue ya a creyentes de ateos y agnósticos: hoy día es difícil encontrar a un creyente-los hay, pero escasos- que se oponga con radicalidad y lo muestre en su vida, a ese encumbramiento del oro como motor de la existencia y elemento de posesión que según su grado nos distingue y separa a unos de otros. Tampoco en ateos, si bien es cierto que hace no demasiado tiempo existió una cosa llamada Movimiento Obrero, mayormente ateo, y que en sectores y etapas de su desarrollo se oponía a la llamada cultura burguesa, esa cultura de materialismo vulgar. Pero esa cultura obrera ha pasado a la historia, por desgracia.

Aprisionados entre el materialismo ateo y hedonista y las religiones, debemos abrir brecha y escapar de ambos a través de la vía de una profunda espiritualidad, espiritualidad que puede salvar, por qué no, el aspecto positivo de esa tradición atea pero de amplia mirada, y el de algunas religiones, como las maravillosas Bienaventuranzas del cristianismo, por no salir de nuestra cultura.

La eclosión de esta espiritualidad no va a resultar nada fácil. Nada más opuesto a los valores requeridos para un renacer humano que los que dominan hoy por goleada. Unas sociedades donde imperan el culto al éxito, al triunfo, a la rentabilidad, al productivismo, a la fealdad de la producción en serie, a la uniformidad disimulada por un elogio de la diversidad, diversidad en realidad consumible y aceptable por el capitalismo-como expone brillantemente Byung Chul Han en La expulsión de lo distinto-, al dinero, al poder, a la aceptación o adaptación a lo existente, a la actividad continua, en realidad a un movimiento de un lado a otro sin más objetivo que hacer entender a otros que así somos y existimos, que disponemos que los medios para divertirnos y viajar por el mundo, sin interés real en conocerlo, en aprehenderlo, sin mirar las partes "feas" o doloridas de la humanidad.



Estos "valores" son como una losa enorme colocada sobre una pradera. Obscuridad, presión, falta de humedad, hacen muy difícil el brote de la planta, que debería ser capaz de agrietar la roca que le aplasta y abrirse paso a la superficie. Pero es la lucha ante las enormes dificultades que nos ahogan la que nos hace humanos, al contrario de las ideas imperantes hoy.

Para la búsqueda del conocimiento de sí mismo, de la unión del Todo y las partes, del qué somos y cuál es nuestro papel en el Cosmos, de la interrogación de qué es éste, cuál es su origen, si lo tuviera, para la búsqueda de la verdad ,el amor al Orden del Universo, a la Naturaleza y su doble faz, bella, generosa y despiadada, se requiere de otro orden social.

Un orden que ponga arriba lo bello, el transcurrir lento de la existencia, sin el cuál no ha lugar a la contemplación, a la meditación, a la admiración de esa belleza de doble cara que nos rodea. Un orden que no mienta ni busque enfrentarnos con la mentira del triunfo, pues el fracaso es la esencia de la vida, y sólo los fracasos nos enseñan. Ser, existir, en la búsqueda de la verdad y la belleza y la contemplación es opuesto a la civilización de la rentabilidad, la eficacia y el productivismo, pues eso favorece todo lo contrario: la fealdad, la destrucción, la esclavitud, lo banal, lo zafio, lo inferior. 

Seamos antiproductivistas e ineficaces, ineficaces para el Orden del Mal que impera, y eficaces para el Reino de lo bello, lo bueno, lo lento, lo verdadero.

La espiritualidad, o es inadaptada y revolucionaria, o no es.

sábado, 30 de diciembre de 2017

La traición de los intelectuales a los pobres

Leer a Heleno Saña, desde que lo descubrí a finales de la primera década del 2000, ha sido siempre un enorme placer. Su obra es variada, y va desde la historia política a la ética y la filosofía, siempre independiente de los poderes, los poderosos y los ricos.

La traición de los intelectuales a los pobres es un libro de una editorial desconocida y muy apreciada por mí , Voz de los sin Voz, del Movimiento Cultural Cristiano, editorial que en una ocasión mencioné en este blog, en relación a un texto muy interesante.

En éste se recopilan tres intervenciones del pensador libertario y a la vez abierto a lo religioso, o espiritual si se prefiere-rara avis, pero con el que me identifico plenamente-, Heleno Saña, en tres años sucesivos, pronunciadas en el Aula Malagón-Rovirosa, personajes, como la editorial, tan apasionantes como desconocidos en este país de sectarios, donde hay que ser ateo o creyente, religioso o antirreligioso, teniendo que ser el religioso de derechas y el ateo de izquierdas o revolucionario porque sí, y los libertarios afectos al Evangelio- y a elementos de otras tradiciones filosóficas y espirituales- constituimos a ojos de la población una especie de extraterrestres procedentes de Ganímedes, o de Zeta Retículi, que queda más lejano.

La primera conferencia, titulada como el libro, supone una acerada crítica a los intelectuales modernos, esos intelectuales, prácticamente la totalidad de los existentes, dedicados a hacer dinero sirviendo los intereses de los políticos y del capital, lustrando las botas de los poderosos, olvidando su función de ser conciencias críticas de nuestra realidad, del sistema falsamente llamado democrático. También se denuncia el narcisismo occidental, el olvido de los hambrientos del mundo, algo que cualquiera puede observar hoy, donde el occidental medio vive de espaldas a la realidad mundial, sintiéndose falsamente seguro en su falso castillo que sueña indestructible, castillo llamado, en nuestro caso, Europa. Aunque los hambrientos y huidos llamen a nuestras puertas, igual que las guerras, como la ucraniana, por no irnos más lejos. 



El segundo ensayo es una defensa de la mejor cultura surgida los dos últimos siglos, la cultura obrera, aquella que se oponía a la difundida por la burguesía, esa "cultura" de la competencia, de la búsqueda del éxito, pseudocultura que ha terminado por crear una sociedad del odio y el enfrentamiento entre todos, una guerra interpersonal, un embrutecimiento y caída moral, promovida por los valores competitivos, consumistas y hedonistas. Frente a esos valores que Heleno reconoce que han terminado por imponerse, se oponía el proletariado de los tiempos heroicos, aquellos que defendían la solidaridad, el apoyo mutuo, la autoformación, el ansia de conocimiento, frente al ocio banal y embrutecedor del hoy, el de los bares, discotecas, estadios de fútbol o la telebasura.

El último escrito, quizás el más flojo para mí, es el de la autogestión política, donde defiende la necesidad de recuperar esta idea fuerza, tan necesaria para afrontar las injusticias y el olvido y abandono en el que están los pueblos miserables y hambrientos de la humanidad, no sólo en relación a la pobreza material, si no también en relación a la miseria espiritual de las antaño sociedades opulentas, que cada vez lo somos menos tras el paso de ese huracán llamado crisis.

La traición de los intelectuales a los pobres está recorrida por la denuncia de Heleno a la sociedad actual, a su pérdida de valores, a la destrucción del alma ejercida por el capitalismo, al olvido y eliminación por parte de las clases dirigentes de las más elevadas tradiciones humanistas y espirituales de la humanidad, y de la necesidad de recuperarlas para cambiar tanto el mundo como a uno mismo, punto de partida éste para el cambio global.

Mi felicitación a Voz de los sin Voz y al Movimiento Cultural Cristiano, por convertir las conferencias en un magnífico libro.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Lujo comunal. El imaginario político de la Comuna de París

He tenido el placer de leer un interesante libro sobre uno de los acontecimientos revolucionarios del siglo XIX más recordados y sobre el que se ha escrito mucho: la Comuna Parisina de 1871 .

Pero el libro difiere de otros en que rompe con los esquemas dominantes que sobre este hecho se han publicado. Primero, lo desvincula totalmente del nacionalismo francés, de la construcción de la nación francesa. La revuelta rechazaba el nacionalismo y se puede decir que el patriotismo radicalmente, considerándolo algo burgués y negativo .

Su objetivo, frente al falso republicanismo universalista,que no pasaba de ser un imperialismo represor y militarista, era una República Universal-yo preferiría hablar, hoy, de Comuna Universal-. Y por otra parte la autora lo desvincula también del comunismo, del régimen soviético, al que no puede adscribirse, como sostienen algunos, pues la Comuna parisina apuntaba al desmantelamiento del Estado y la burocracia, no a un colectivismo burocrático y estatal, como se observa a lo largo del libro. El ideal de la Comuna era la libre asociación y cooperación.



Lo más interesante del texto de Kristin Ross, para mí, es la atención que presta a los artistas y las ideas que éstos desarrollaron en aquella efímera experiencia, que les llevó a crear una Federación. De hecho el título, lujo comunal, no debería entenderse como lujo en el sentido burgués que hoy entendemos, sino como el intento de los comuneros de colocar la creación artística, la belleza a todos los niveles, en el centro de la vida, rechazando, al contrario que hoy, las subvenciones estatales, haciendo bandera de la libertad total de expresión artística sin interferencias externas. De ahí la reconstrucción urbanística y arquitectónica repleta de belleza al alcance y al disfrute de todos que planeaban realizar. Eso es el llamado lujo comunal. Para ellos, con su defensa de una educación integral, un trabajador manual debía de ser capaz de escribir un libro, así como en su tiempo libre disfrutar del arte y las creaciones artísticas o científicas.

Es muy curiosa la anécdota que nos cuenta de un zapatero que defendía que su labor debía ser considerada arte, lo cual no me parece en absoluto descabellado, al fin y al cabo: ¿por qué no es posible concebir unos zapatos como algo bello, y al zapatero como un artista?. 

Kristin Ross nos presenta distintos personajes conocidos de la historia de las ideas que participaron o fueron muy influidos por la revolución. Elisee Reclus y Kropotkin por los anarquistas, y Karl Marx, que se vio obligado a modificar sus ideas centralistas y estatistas ante la experiencia, y su idea de "progreso", considerando que quizás formas que él rechazaba de plano como el Mir ruso, u otras estructuras comunalistas supervivientes del pasado medieval, podían ser útiles, siempre que se actualizaran y se alejaran de su corporativismo o localismo estrecho en la futura revolución, coincidiendo con la visión de los libertarios.

También aparecen otras figuras muy interesantes y hoy prácticamente olvidadas, como William Morris, artesano que odiaba la Modernidad, y Luisa Michel con otras mujeres, que, al contrario de otras posteriores, fueron mucho más lúcidas, no cayendo en la trampa parlamentaria y sufragista como falso elemento emancipador. Su lucha se encaminó en la creación de cooperativas en las que trabajaran y se integraran las mujeres.

La derrota, la matanza, el exilio, la supervivencia, la reflexión sobre la experiencia, los debates entre ellos, marcan la parte final del texto.

En Lujo Comunal, y ello se advierte desde el principio, no se hace un balance de aciertos y errores, ni aparece ninguna cronología de los acontecimientos. Se escuchan las voces de los participantes, sus ideales, sus objetivos, la influencia en sus vidas y los cambios o reafirmaciones que esta revuelta produjo en ellos.

Sin embargo, si tengo que ser sincero, la sensación que me queda al cerrar el libro es de melancolía, frustración y derrota. Ver lo que latía detrás, especialmente esa idea central de la belleza, llevarla a todos lados y a todas las vidas, el desmantelamiento del estado, el rechazo del nacionalismo pero sin centrarse ni caer en localismos municipales, sino pretendiendo abarcar la tierra entera en una especie de Comuna de Comunas; todo ello está muy por encima de los ideales y sueños actuales, de los tecnólatras apegados a múltiples cachivaches tecnológicos, habitantes de sociedades escolarizadas.

Sueños que entremezclan votar y poner el cazo, esperando la salvación por el Estado, por el Partido, con un retorno al egoísmo mezquino, a la estrechez de miras, a la xenofobia, a la división y enfrentamiento de los explotados y oprimidos, del nacionalismo, del localismo estrecho, creyendo que esa mierda pinchada en un palo es la alternativa a la globalización capitalista.

Y así nos va, caminando entre derrotas continuas y, en vez de desmantelar el Estado y el Capital, siendo desmantelados como sociedad e individuos por ambas fuerzas demoniacas.

lunes, 18 de diciembre de 2017

La expulsión de lo distinto

El prolífico y siempre interesante Byung-Chul Han, agudo analista y observador de la sociedad actual y, especialmente, del universo de lo digital, de las redes sociales, de las consecuencias que éstas acarrean, ha publicado La expulsión de lo distinto.

En dicho libro su tesis central es que, debido a esos medios digitales, vivimos en el infierno de lo igual, en el rechazo a la alteridad, a lo diferente. Es el mundo del me gusta, donde sólo nos relacionamos con quienes piensan igual, donde se busca lo positivo, y se rehuye de lo negativo. Esta búsqueda de lo positivo implica la expulsión del Otro. Ese Otro con pensamientos y formas de ser que no coincide con nosotros no debe entrar en nuestras vidas, es una amenaza, un peligro para esta sociedad de narcisistas, de enamorados de sí mismos, sociedad donde la verdadera comunicación es sustituida por la conexión.

Para Han lo que enferma no es ya la alienación y la represión, sino el exceso de información, la hipercomunicación, la sobreproducción y el hiperconsumo: las enfermedades características de nuestro mundo digital son la depresión, la autodestrucción, impulsadas además por el rendimiento continuo que el neoliberalismo exige a los individuos del presente.

Más que explotación debemos hablar de autoexplotación, más que de panóptico clásico que nos vigila desde la torre, el panóptico digital nos vigila por todos lados, incluyendo nuestra interioridad, pero sin ser sentido como control. A la nueva forma de dominación le interesa explotar la libertad, que el individuo se desnude a plena luz, pero que lo haga con un sentimiento de absoluta libertad.



En La expulsión de lo distinto se reflexiona sobre el nacionalismo y el terrorismo como respuesta al terror de lo global, de la globalización. Ambos son fenómenos que buscan la singularidad, pero de manera equivocada, pues sus métodos, su objetivo, es también imponer el infierno de lo igual. Todos sometidos a una misma religión, o una comunidad sometida a una forma obligada de ver el mundo.

Por las páginas de este libro circulan amenas y profundas reflexiones, como una atinada crítica a la moda de la autenticidad y la diversidad, implicando la primera una represión sobre sí mismo y un narcisismo nefasto, y siendo la diversidad nada más que un producto consumible, algo que en realidad forma parte del sistema y que éste busca, como en mi opinión sería la famosa fiesta del Orgullo Gay, puro espectáculo capitalista, o las diversas tribus urbanas, todas con su estética uniforme y sus productos de consumo, pura pose egocéntrica , vana y vacua rebeldía meramente estética, aunque también un intento, equivocado, de sentirse parte de una comunidad en una sociedad de Egos, de átomos aislados unos de otro.

¿Hay solución al infierno de lo igual?. Sí, sería el retorno del pensamiento del Otro y la escucha. Eso es lo que nos propone nuestro querido filósofo, algo aparentemente sencillo, pero cada vez más difícil de lograr.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Vivir la anarquía, vivir la utopía. José Peirats y la historia del anarcosindicalismo español

Chris Ealham, historiador inglés y especialista en la historia del anarquismo español y la cultura obrera, así como sus conflictos y protestas, publicó en 2016 una apasionante biografía de un militante de base de la CNT anarcosindicalista, José Peirats, cuya vida recorrió todas las tragedias colectivas del siglo XX, especialmente la Guerra Civil, el amargo exilio, la muerte de Franco y el retorno a un país ya muy distinto al que pisaron antes del desastre bélico, y en el que muchos ya no se reconocían.

Su infancia de penurias, dulcificada por unos padres comprensivos y abiertos de mente para la época y el apoyo mutuo del vecindario, la muerte de varios hermanos a temprana edad, la marcha de un pueblo castellonense a Barcelona, ciudad en la que descubre a la CNT y sus durísimas luchas, organización a la que se dedicaría en cuerpo y alma casi toda su vida- a veces madre y otras madrastra de sus propios componentes-, recorre el texto.

A través del estudio biográfico nos sumergimos de lleno en la durísima vida de un trabajador manual y obrero desde muy corta edad, por la necesidad de ganarse la vida y ayudar a su familia fuera como fuera. Vemos la influencia que sobre él ejercieron dos tíos, uno socialista y otro libertario; también se nos cuenta como bordeó la delincuencia, pudiendo haberse convertido en un delincuente más hasta que topo con el famoso sindicato libertario y varios militantes que le abrieron definitivamente los ojos, apartándole del camino habitual de la taberna, las peleas y las visitas a burdeles para convertirle en alguien apasionado por la cultura, por la formación, un ladrillero autodidacta, como cientos de miles en toda España que lucharon contra la ignorancia y el analfabetismo a base de enormes esfuerzos.



En Peirats se une pensamiento y acción: del piquete y las armas cuando era necesario, a animador de grupos teatrales y culturales tanto en las Juventudes Libertarias como en la FAI y la CNT. Asistimos a los debates y divisiones internas que siempre aquejaron al movimiento libertario, a su visión crítica y rebelde, que le llevo a rechazar desde el aventurerismo insurreccionalista del mitificado Durruti y compañía, los famosos Solidarios, con aquellos levantamientos armados contra la República denominados por García Oliver gimnasia revolucionaria-luego convertidos de la noche a la mañana en defensores del frentepopulismo-,  a la entrada de la CNT en el Gobierno, oponiéndose a lo que él consideraba una traición a los principios.

Sale a la luz su profundo humanismo, que le hizo oponerse a los "paseos" y crímenes de la retaguardia y su alistamiento en el ejército, asqueado del clima de retaguardia. Tras la derrota, el largo invierno del exilio, donde continuó su enfrentamiento con la famosa Federica Montseny y su marido, Esgleas, convertidos en sátapras que no daban cuenta de lo que hacían con el dinero de la Organización y se embarcaron en una carrera de expulsiones y descalificaciones de cualquier discrepante.

Y finalmente un retorno al país donde no logró ver cumplido su sueño de un renacimiento de su querida organización, aunque ésta le había expulsado de las filas tiempo atrás. La CNT nunca revivió, volvió a ser presa de las divisiones y jamás ha llegado a ser ni sombra de lo que fue, degenerándose sus restos hasta llegar a algo que hubiera hecho estallar a Peirats, muy anticatalanista, de indignación: su paso con armas y bagajes al famoso  Process catalán, como hemos podido asistir con estupefacción hace muy poco tiempo.

El autor también menciona algunos de sus defectos, como una profunda homofobia, marca de los tiempos que vivió y que nunca logró superar, así como un rechazo final, tras un breve interés, a ideas de la llamada nueva izquierda, que pretendía, entre otras cosas, renovar el anarquismo y el marxismo, uniendo lo mejor de ambos o poner en el tapete ideas como el consejismo, entre otras como la liberación sexual. 

Con el ejemplo de Peirats Chris Ealham retrata a toda una generación que se embarcó en la ilusión de cambiar la sociedad, que luchó en condiciones adversas, que prestó gran atención a la cultura, a la autoformación, como proceso de liberación individual y social. Una o unas generaciones con sus luces y sombras, pero superior a la nuestra en algo esencial: no se dejó atrapar por los cantos de sirena del consumismo, la acumulación de bienes y propiedades, el mero sueño de mejora económica personal y lo más importante, no abrazó la fe en un Amo, en un Partido Redentor; es decir no fue alcanzada por toda esa mentalidad de clase media o burguesa que ascendió y triunfó en nuestro país, y causa de que no fuera ni sea posible, hoy, pensar en un sindicalismo revolucionario como opción de futuro.

Y esa ha sido la derrota póstuma de Peirats y los suyos- y la nuestra, la de los eternos dominados o, mejor dicho, los conscientes de serlo-, la tristeza de ver que nada de su mundo, lo más positivo y necesario para el presente, ha quedado en pie.

domingo, 26 de noviembre de 2017

¿Ecologismo o humanismo libertario?. Reflexiones sobre la fragmentación del pensamiento moderno y el virus populista

Una de las ideas más de moda del pensamiento contemporáneo y, por tanto, muy rápidamente absorbida por el sistema, es la ecologista, nacida en los sesenta, fundamentalmente, aunque como siempre puede encontrar inspiración en algunos pensadores y corrientes del pasado, como el naturismo y agrarismo libertario ibérico e intelectuales en los que puede detectarse un llamamiento a una vida campesina, cercana a la Naturaleza e incluso practicando y defendiendo el vegetarianismo, entre ellos Tolstoi, por ejemplo.

La idea ecologista, de preocupación por el ecosistema, de lucha por evitar su degradación, me parece importante, por supuesto, un aspecto a tener en consideración. El problema, tal como yo lo veo, no es ese, sino si la preocupación ecológica debe ser el centro, o los cimientos de la casa, por expresarlo de alguna manera, o el tejado del edificio.

La respuesta para mí es clara: sólo rehumanizando la sociedad, combatiendo por su transformación revolucionaria desde una visión humanista y libertaria, partiendo de unos cimientos diferentes, cabe una postura ecológica consecuente.

Vivimos un Régimen, no el del 78 como dicen algunos, sino la Modernidad productivista, estatal y capitalista, donde un grupo de hombres y mujeres, éstas  en número creciente-de ahí el impulso al feminismo de Estado como nueva religión progresista , cuyo fin es romper la unión entre hombres y mujeres, haciendo creer que la libertad y la emancipación consiste en colorear la explotación y la opresión de morado y arcoiris, en vez de combatirla todos a una-, dominan a otros, y, de paso, a la Naturaleza.

La demolición inicial, aunque poco visible, es sobre el ecosistema humano, sobre el interior de los individuos, de la sociedad civil, logrando haber casi derrotado y liquidado a uno y a otra, a individuo y comunidad, convirtiéndonos prácticamente en máquinas sin alma, seguidoras de las órdenes y a la búsqueda de los paraísos artificiales vendidos por los medios de adoctrinamiento, especialmente la televisión.

Esto tiene un claro reflejo en el pensamiento etiquetado radical actual, o de los últimos decenios, si se prefiere. Sus propuestas no pasan de defender cosas como el desarrollo sostenible, la reforma de las ley electoral, el decrecimiento, en general, sin ir unido a una opción abiertamente revolucionaria, convertido éste, de manera creciente, en una moda burguesa como prácticamente la totalidad del ecologismo, la renta básica como medida que puede prolongarse indefinidamente,independientemente de las crisis futuras del capital, la búsqueda populista de un partido y un Mesías Redentor, el último Pablo Iglesias, un milagroso reparto de riqueza de una patronal y un grupo gobernante convertidos de manera mágica en bienhechores de la humanidad...

El individuo consciente, la comunidad dotada de conciencia solidaria y combativa, ha desaparecido casi totalmente. Su lugar lo hemos ocupado unas masas o populacho, mejor dicho, ensimismados y entusiasmados con sus cachivaches tecnológicos-yo mismo los uso y me incluyo en el saco-, laicas multitudes creyente en una Religión fundamental, la del Progreso Infinito por los siglos de los siglos, que piensa, olvidando la historia y la propia Naturaleza donde todo colapsa y muere, para renacer de otra manera, que el futuro será esplendoroso; rozaremos la inmortalidad, desaparecerá la injusticia, las enfermedades, el hambre...todo gracias al continuo avance de las tecnologías.

El sueño es que basta con poner el cazo, protestar de tarde en tarde y sanseacabó. Las viejas ideas, las de un Marx, un Proudhon o un Bakunin, que tenían sus límites, sus defectos, pero que, con todo, comparadas con las actuales, eran más realistas, porque se basaban, sobre todo los dos últimos, en que no hay avance sin esfuerzo, sin arrancar a las clases dirigentes cosas, hasta llegar a conquistar los medios de producción en dura lucha-el fallo sería no ver que la producción fabril en masa, el ritmo de trabajo que ello conlleva, las máquinas y las tecnologías que escapan al entendimiento de la mayoría de las personas no es liberador, sino que haría resurgir fácilmente una nueva clase dirigente-, han sido prácticamente abandonadas.



Han sido sustituidas por una multiplicidad de reclamaciones que han ocupado la centralidad que antes tuvo la idea de superar el Estado nación y el capitalismo. Ideas sin garras, inofensivas para las autoridades inteligentes, sólo peligrosas para las viejas y poco lúcidas teocracias islámicas que por desgracia aún subsisten por el mundo: reclamaciones raciales, sexuales o de género, religiosas, ecológicas, de edad, nacionalistas, linguísticas, culturales, o, mejor dicho culturalistas-la cultura, la lengua, como armas de división, de enfrentamiento entre comunidades-, e incluso el territorio, como sostiene un libertario lúcido y crítico con el nacionalismo como Amorós, cuya propuesta de sustitución de la conciencia de clase por la de Defensa del Territorio no pasa de ser una forma de esencialismo prácticamente a medio paso de los esquemas nacionalistas.

La decadencia y la práctica desaparición de la vieja clase obrera y campesina, y por tanto la casi extinción de una conciencia de clase real, más allá de alguna declaración retórica en fechas oportunas; la no sustitución de esa conciencia por otro tipo de conciencia comunitaria de lucha y emancipación, y el triunfo de una mentalidad de clase media, de consumidor compulsivo, cuyo sueño consistía o consiste meramente en ascender en la escala social, en acumular dinero, objetos y propiedades-aún está cercano el tiempo donde estaba de moda tener dos vivienda, casa y chalet, llegando a mirar por encima del hombro a quien no lo tenía, sin distinciones ideológicas, moda típica de la burguesía bienpensante, aquella que se tiraba los pedos más altos que el culo con tal de aparentar-, ha causado un daño tremendo, que aún arrastramos, sin que, siendo honestos, se perciba un cambio en el horizonte.

El pensamiento se ha fragmentado, como un espejo roto por un balonazo, en miles de pedazos, perdiéndose una visión global, ausente por tanto de ello una visión holística revolucionaria. Visión holística que conllevaría ver claramente que no hay ecologismo dentro de una economía productivista, desarrollista, que no hay desarrollo sostenible ni capitalismo verde posible, pues para el capitalismo todo debe ser crecientemente mercantilizado, aplastado, convertido en mercancía, de personas a bosques, mares, ríos...

¿Ecologismo o humanismo libertario?. Humanismo libertario primero, única forma de lograr una sociedad, una comunidad, que integre la ecología, que no destruya el medio ambiente y, de paso, que nos libere del virus populista, virus que se expande ante la inexistencia de esa conciencia comunitaria y solidaria, llámese como se llame, que hace que ante la atomización, la insolidaridad y el sálvese quien puede se recurra al sueño de un Salvador, un Caudillo, que si lograse el poder convertiría el sueño en pesadilla.