domingo, 20 de noviembre de 2016

Yo, Daniel Blake

Ken Loach vuelve a la carga con un drama social donde refleja los sufrimientos y penalidades sufridos por padres y madres trabajadoras que por diversas circunstancias se enfrentan a la rotura de sus vidas, a la posibilidad de quedar a la intemperie en esta sociedad atomizada y donde el hombre es un lobo para el hombre, consecuencia de esa destrucción paulatina de los lazos comunitarios.

Un carpintero, tras sufrir un infarto, se encuentra con una maraña burocrática, estilo kafkiano, que le impide acceder a un subsidio por incapacidad. Mientras su médico le impide trabajar, los Servicios de Empleo le obligan a buscar trabajo.

Por su camino se encuentra a una madre soltera con dos hijos, en una desesperada situación. Ambos se ayudan mutuamente, como no podía ser menos en una película de Loach, que siempre resalta los valores solidarios de la clase obrera.



Lo mejor del film es el perfecto retrato de esos barrios obreros, obscuros, con población marginada, que sobrevive como puede, mucha veces en los márgenes de la legalidad; la mezcla de dureza, mal humor, ternura y apoyo mutuo que se da entre la clase trabajadora.

Las escenas de desesperación, de hambre, de verse en la necesidad de acudir a comedores sociales, el drama y la sensación de derrota y humillación que eso supone, llegan al corazón como una pedrada.

Lo peor de la película quizá sea lo previsible, la intuición de que sabemos el final.

Con todo, junto con Una tarde para la ira, una estupenda película española, es el mejor film que hemos visto en las últimas semanas.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Los cristianismos derrotados

He tenido el gusto de poder leer el magnífico libro del especialista en cristianismo primitivo, Antonio Piñero, con el sugerente título de Los cristianismos derrotados. ¿Cuál fue el pensamiento de los primeros cristianos heréticos y heterodoxos?.

La obra nos lleva desde el origen del cristianismo y su incipiente división en tres sectores: el más judío, el judeocristiano y el de los antiguos paganos; división inicial que se saldó con el triunfo definitivo de los paulinos, es decir de un cristianismo separado del judaísmo.

Pero la creación lenta de una Iglesia Mayoritaria que acabó seleccionando una serie de textos como los auténticos, no supuso la desaparición de otras visiones, que fueron muy numerosas y que el autor menciona.



La más famosa la gnóstica, pero sin olvidar  la persistente maniquea, que aparecía y desaparecía, hasta otras como el arrianismo, los monofisitas, el docetismo, los nestorianos, el donatismo hasta llegar a la edad media con los bogomilos y los más conocidos por su trágico final, los cátaros.

Don Antonio nos expone sus diferencias, a veces mínimas, otras de mayor envergadura, sus debates teológicos sobre la naturaleza de Jesús, de la Trinidad, el papel de la mujer, el ascetismo, el rechazo o no al matrimonio y a las relaciones sexuales, el Universo material como creación de Dios según la visión de la Iglesia oficial, o del Mal, según algunos otros, la pobreza...

Su finalidad es demostrar que nunca ha podido hablarse de cristianismo, en singular, sino cristianismos en plural y explicar las creencias de los grupos heterodoxos que se enfrentaron a la corriente mayoritaria.

Un libro muy interesante que nos permite acercarnos a la realidad de una religión con múltiples visiones que, para bien o para mal, es inseparable de nuestra historia, de nuestra cultura y creencias.


viernes, 4 de noviembre de 2016

Sed de divinidad, ateísmo y seres queridos

A veces observo a mis padres, cada vez más mayores, octogenario uno, septuagenaria otra, y voy siendo consciente, cual luz de un vehículo que se acercara poco a poco a donde estamos, de que me empieza a asaltar la preocupación, como una semilla obscura que creciera en mi interior lentamente, pausadamente, sin ser consciente, hasta que un día descubres que la enredadera recorre tu alma, apretando el corazón.
Como todos, mi vida ha sido una interrogación continua sobre la muerte, y lo que hay o no hay más allá. A los diez años perdí la fe, más tarde intenté recobrarla, pero si daba un paso, Dios daba cuatro.

Finalmente llegué a la conclusión de que la fe, la idea de la divinidad, era inalcanzable para mi raciocinio, y que era preferible aceptar que el Vacío era nuestra estación final, y que éste no era tan malo, sino la disolución de nuestro Ego, fuente de sufrimientos sin fin, en la placidez del No Ser, del No Existir. Una idea grata para mí, siempre atormentado y torturado por los fantasmas de mi mente.

Pero últimamente, e incluso ahora mismo, mientras escribo estas líneas, que pasarán sin dejar el menor rastro, como mi vida, noto un miedo difuso, una congoja triste como el día lluvioso y otoñal de hoy.



Siento que se acerca el final de la estancia de mis padres en este mundo fallido, en este aborto de vida libre, en esta cárcel sin muros desde la infancia al final de la existencia, donde de vez en cuando todo se hace más vivible por una sonrisa, por una mano amiga, por un paisaje, por esa mirada y esos abrazos de los padres o las personas a las que nos unen lazos de afecto.

Y esa sensación, esa idea, me provoca una aguda melancolía, y me pregunto con más insistencia el porqué de la soledad, el porqué de poner nuestros pies y arrastrarnos por campos embarrados, si a quienes queremos, con ese amor odio típico de las relaciones entre hijos y padres, se esfumarán de nuestros espacios, de los lugares donde compartimos penas y alegrías.

Entonces me hago consciente, cada vez con mayor potencia, del absurdo de la vida .¿Por qué vivir, por qué esta broma de mal gusto?.

Y, en abierta contradicción ,pido a Dios, ese Dios en el que no puedo creer, que me arrastre a mi antes que a ellos .Y, también, me descubro soñando con que nos reencontraremos en algún lugar del Éter, con mis abuelas y abuelos.

Al final me he hecho consciente de que en mí, como en todo hombre y mujer, habita alguien que une la sed de divinidad, pero sed de divinidad del que se resiste a perder para siempre en la bruma del tiempo y los recuerdos a las personas queridas, con el escepticismo.



Quizás ese ring, ese espacio de lucha de contrarios, sea lo que nos defina como seres humanos.

Y quizá el sentido real y profundo de la existencia sea ese batirse entre la esperanza infundada y la desesperanza realista.

miércoles, 12 de octubre de 2016

La vejez y el camino de retorno

Cumplidos hace poco cuarenta y un años, cada vez me hago más consciente de que me sitúo en el otoño de mi vida. Y, sinceramente, no me preocupa ni inquieta, todo lo contrario.

Frente a ese espíritu juvenalista que impulsa la sociedad teledirigida y de la banalidad actual, hace mucho que considero que es la sabiduría del agostarse la vida, el sueño a alcanzar, o a vislumbrar mejor dicho, dado mi proverbial pesimismo de considerar que somos seres derrotados y condenados al fracaso desde el nacimiento; pero que es en esa aceptación donde podemos lograr cierta serenidad, con años de esfuerzo.

Cuando hablo de sabiduría, evidentemente, no me refiero a acumular muchos conocimientos teóricos, sino a la sabiduría de los clásicos, basada en saber vivir adecuadamente, representando cada uno su papel e intentando aceptar  los puñetazos que doblan y a veces tumban nuestro espíritu, llegando a pensar a veces que estamos acabados, pero encontrando, no sabemos de dónde ,una especie de mano misteriosa que nos levanta, poco a poco, del aturdimiento.

No tengo ni he tenido nunca, si he de ser sincero-cosa que en mi opinión se va ensanchando con los años-, ningún aprecio a la vida. Tampoco la odio.

Más bien la considero un dolor de muelas que de vez en cuando para, y deja momentos fugaces de descanso, de relajación, donde se alcanza ese sueño anhelado, más mítico que real de la felicidad, felicidad que se disuelve rápido como las pesadillas y pánicos infantiles cuando comenzaba a clarear y una luz difusa entraba por las rendijas de las persianas deshaciendo los monstruos que nos acechaban.

En esta visión obscura de la vida influye sobremanera la lucha diaria, agotadora, con mi demonio de la tartamudez. Cuando la mente, cada vez que tengo que decir algo, se pone en alerta y el pánico se extiende al resto del cuerpo, como si estuviera ante un asesino con un hacha, atemorizada esperando el ridículo, el bloqueo, las palabras que no salen o salen mal de la boca, convertida en enemigo.

Sin embargo, conquista de esa sabiduría de los años, muy lentamente he llegado a la conclusión de que la forma de mejorar es su aceptación, la resignación, esa palabra, ese concepto que tanto nos chirriaba y combatíamos en la infancia, adolescencia y juventud, que nos sonaba a discursos de señoras y señores de misa y franquismo.

Sin embargo sólo aceptando esa compañía sarcástica que nos mira maliciosamente amenazándonos con estrangularnos, es la única manera de alejarla paso a paso de nuestra realidad. Muy tarde, pero nunca es tarde si la dicha es buena.

Otra idea dominante sobre la vida que quisiera rechazar es la que ve la vida como algo lineal, un camino que lleva de la niñez a la muerte.



Y es que hace poco me sorprendía a mí mismo regresando a aficiones de otros tiempos ya lejanos,  retornando paralelamente sobre mis pasos.

Me descubro entusiasmado haciéndome con una enciclopedia de animales, como cuando leía con avidez libros de zoología de pequeño. Espero, irracional de mí, con interés Cuarto Milenio, como cuando me compraba la mítica revista de los ochenta y principios de los noventa Más Allá, de Fernando Jiménez del Oso, y vuelven mis viejísimas reflexiones de niño y adolescente sobre los OVNIS, qué son, si son o no humanos, cuál es su procedencia...

Retomo también mi interés sobre la existencia o no de Dios, si hay vida o no más allá de la muerte. 

Comienzo a interesarme por libros sobre diversas corrientes espirituales, cierto que no desde una perspectiva de creyente, pues la idea de la vida eterna, como conciencia individual ,me espanta y la rechazo profundamente, sino desde una más filosófica. Pero no me cierro como en otras épocas a nada.

Poco a poco, aunque quizá nunca desaparezca del todo, mis intereses políticos van ocupando un segundo plano, y, espero, pronto, un tercero y último.

Frente a la necesidad juvenil de adscribirse a algo y de seguir fielmente a una masa de personas, me descubro, con grata sorpresa, que mis miedos a ser políticamente incorrecto, al qué dirán los de mi cuerda si discrepo de ellos, va menguando.

Aquí aparece otro elemento de esa sabiduría que se gana con los años, el buscar la libertad absoluta de pensamiento, sin importar lo que piensen familia o amigos. Ser capaz de criticar e incluso hacer un corte de manga a opiniones antes sagradas u organizaciones antaño afines.

Decía un gran amigo que él moriría como alguien de izquierdas. Pero yo quiero morir como un espíritu libre, limpiándome el culo con papeletas de izquierdas, derecha, centro y extremos.Que los farsantes de los partidos vivan a costa de otros, pero no de mí.

 La Boetie y su Discurso de la servidumbre voluntaria o el Contra Uno, eso sí, espero, siga siendo mi libro de cabecera, pues su adscripción lo es a la libertad, no a sus usurpadores.

Para finalizar, para mí, la vejez es, en realidad, más que un camino al fin, un camino de retorno al pasado, hacia ideas, sueños y aficiones que los años y las cadenas y prejuicios de la adultez sepultaron, pero que, afortunadamente, al menos en muchos casos, caen al suelo y nos hace volver a tener los ojos y la mente más despejada y abierta de los niños. 

Eso sí, con las cicatrices y decepciones de que ellos carecen, pero que son inevitables y que, pese a todo, nos ayudan a abrirnos paso en la maleza para acercarnos a la vieja sabiduría.


jueves, 15 de septiembre de 2016

El sendero olvidado

Vivimos sumergidos en una civilización para la que ideas como desapego, resignación, indiferencia al placer, introspección, soledad voluntaria, ascetismo, vida interior, contemplación, celibato filosófico... son grandes males.

Hay que ser activo, gozar la vida, adquirir, consumir, ser propietario, tener muchos amigos, estar continuamente distraído, tener pareja y/o vida sexual activa, viajar... La idea de la felicidad consiste en recibir o conquistar del exterior, pues de lo contrario se considera que no hay éxito personal, que la persona no deja huella en la vida.

Pero estas ideas no eran las que propugnaban los sabios y las diversas escuelas de sabiduría desde los tiempos remotos.

Con sus diferencias la visión de la vida que tenemos los habitantes del tardocapitalismo decadente, y, por tanto, crecientemente opresivo, es lo contrario a los planteamiento de la buena vida de los diversos espíritus que intentaban elevarse y ver más allá de la realidad, de lo que se ofrecía y vivía en sus épocas.

Cierto que por desgracia sus ideas se han distorsionado. Sus seguidores, en muchos casos, acabaron por crear cultos religiosos, divinizando a los maestros , sustituyendo la búsqueda de distintas maneras de alcanzar la serenidad y la libertad interior por el ritualismo y la aceptación y defensa de un orden de valores en realidad contrarios al que supuestamente deberían abrazar.

Pero aceptando toda esta degeneración de los viejos ideales: ¿de dónde parten, en mi opinión, los males profundos que nos desgarran individual y colectivamente?. Pues de los apegos o deseos de perseguir y alcanzar estados que, como todo en la Naturaleza, son transitorios: riquezas, fama, salud, felicidad, placeres, amor... La transitoriedad de todo, su desaparición y el surgimiento como una enorme ola que nos arrastra y nos hace dar volteretas sin control de sus opuestos, el dolor, la tristeza, la pobreza, el sufrimiento,el fracaso, nos provoca un mayor sufrimiento, un mayor dolor ante el mundo.



Pero si nos guiamos por las enseñanzas estoicas, taoístas o budistas, por ejemplo, y aceptamos el Orden Natural del Cosmos donde todo cambia, y nos vemos a nosotros mismos, a nuestro Yo, a nuestro cuerpo como algo que devorarán los gusanos, o que quemarán las llamas como un muñeco de cera lograríamos, viendo las cosas y los sucesos con mayor desapego, resignarnos, en un sentido positivo, a los acontecimientos de nuestras vidas.

Para esto es necesario fortalecer aspectos que, como he escrito más arriba son minusvalorados por nuestra sociedad del culto a lo externo: expandir los espacios de aislamiento y soledad respecto al mundo y sus ruidos incesantes y ensordecedores, conocerse como decía Sócrates a sí mismo, con la ayuda de la introspección y la meditación, la contemplación de lo que nos rodea, de la Naturaleza, en silencio, escuchando el viento, el piar de los pájaros, observando sus vuelos, sus movimientos, oliendo la tierra, los árboles, las flores.

No es necesario, como muchos pueden creer, adscribirse a una religión, creer en un Dios personal, para encontrar ayuda y guía en este sendero solitario y olvidado.

El estoicismo, del que me siento afín y discípulo imperfecto, muy lejos de sus metas, nos propone ejercicios mentales muy diversos para afrontar los destructivos deseos, miedos y apegos, quitándole importancia a cosas que en nuestras mentes aparecen como imprescindibles o como dándoles una importancia que en realidad no tienen.

Así Epicteto proponía, para vencer nuestro miedo a la muerte, acostumbrarnos a imaginarnos muertos. Y Marco Aurelio propugnaba, frente a las ataduras u obsesiones sexuales, ver el sexo en su cruda realidad: un espasmo de segundos, unido a la eyaculación de un líquido viscoso y maloliente.

Crudo, contrario a la moda de la época y a los nuevos censores y represores que consideran que no somos nada sin vida sexual, e incluso marcan cuántos días a la semana se debe fornicar para una vida sana.

Y es que la libertad consiste en dominar las pasiones, reducir los deseos al mínimo contemplando las cosas en su realidad desnuda, sin artificios y, añado yo, no seguir las modas o el péndulo de la sociedad, que como los relojes condena una actividad durante un tiempo, consiguiendo la aceptación de casi todos, para, más adelante, propugnar las bondades de eso que antaño condeno, con el nuevo beneplácito de la población.

Para finalizar, simplemente decir que nos reencontraremos a nosotros mismos y avanzaremos por el sendero de la libertad y la felicidad no buscada-siempre imperfecta y pasajera- cuando nos lancemos al camino sin caminantes, el de los denostados sabios de tiempos e ideales cubiertos por el polvo del olvido. 

Un camino, cierto, silencioso, bello y duro a partes iguales, sin meta ni fin, más que lograr un pequeño y lento perfeccionamiento entre chubascos y tormentas que nos harán frenar, e incluso retroceder, espantados por el viento, los rayos, la feroz lluvia y el ruido de animales que se arrastran como sombras, sigilosos y que nunca alcanzamos a ver en su integridad.




lunes, 22 de agosto de 2016

Caminos de Utopía


 Publicada en 1950 en lengua castellana en Méjico; Caminos de Utopía, es una de las obras del filósofo judío Martin Buber.

En ella el autor rescata del olvido las ideas y pensadores del denostado socialismo utópico, desde Fourier, Saint Simon y Owen, hasta Proudhon, Landauer y Kropotkin.

Y los rescata, sobre todo, rechazando lo negativo del adjetivo, utópico, para él acusación falsa, pues la visión de esa corriente del socialismo constituye una topía, es decir, con sus errores y debilidades, tales autores no buscan recrear una comunidad desde la nada, como se suele pensar, sino renovar la sociedad desde la renovación de su tejido celular.

Es decir partiendo de elementos orgánicos vivos y existentes, aunque ya en decadencia en su época: la comuna rural, la cooperativa de producción y consumo y los restos de instituciones medievales, época elogiada en algunos aspectos por alguno de esos autores, especialmente el místico y anarquista Gustav Landauer, amigo personal de Buber.



Momento histórico, el de la Edad Media, en el que se desarrollo una sociedad viva con múltiples asociaciones y federaciones que unían al individuo con otros, en agrupaciones naturales y laborales tales como las guildas, el concejo, los gremios, la propiedad común del suelo…

El autor, objetivo, no deja de señalar los desaciertos de los llamados utópicos, y de visiones como el falansterio, de Fourier, donde todo está regido desde una instancia directora, teóricamente para el bien de todos y donde se busca no tanto la igualdad de clases, sino la armonía entre éstas, aportando, eso sí, una idea interesante: la de la rotación de tareas y actividades.

Posteriormente estos socialistas libertarios irían afinando poco a poco en sus análisis y propuestas: libre asociación, autonomía de las agrupaciones, que debían darse desde lo más pequeño hacia lo más alto-pero siempre partiendo, decimos, de lo menor- y un orden federalista y descentralizado, de autogobierno local, sin negar, claro, la necesidad en algunas ocasiones de actividades centralizadas, pero siempre evitando un poder centralista que destruya las unidades locales..

Y, sobre todo a partir de Owen, la necesidad de un cooperativismo integral, que uniera producción y consumo.

Escribe Buber sobre algunas experiencias emprendidas por ellos, con la creación de comunidades en diversas partes del mundo, reconociendo el fracaso de la mayoría. Fracaso motivado por diversos factores como la no federación entre ellas y su aislamiento con el resto de la sociedad, así como los egoísmos e inevitables roces y enfrentamientos entre los individuos que la componían.

Otros capítulos interesantes son su análisis de Marx, del que aprecia cosas pero critica el que nunca fuera claro en su concepto de sociedad, escribiendo a veces en defensa de una sociedad centralista, con un Estado todopoderoso y en otras hablara en positivo sobre la experiencia de la comuna parisina, pero sin llegar nunca a defender claramente una reestructuración social basada en cooperativas de producción y consumo.



Sobre Lenin y la revolución bolchevique es aún más crítico, pues éste si bien en ocasiones criticó la burocracia y habló de cooperativas, siempre las vio como algo secundario, y como organizaciones controladas y dirigidas por el Estado. El principio político, o de autoridad, se impuso sobre el social, llevando al más absoluto fracaso al experimento socialista de Lenin y los suyos.

Dedica un capítulo a hablar de la experiencia de los kibbutz, que ve como el verdadero socialismo, frente al de Moscú, esperando sean ejemplo para el futuro, aspecto que, hoy, podemos decir, tampoco dio los resultados esperados.

Para finalizar podemos decir que el ideal de Buber, que personalmente comparto, y el que debiera haber sido el del socialismo-que tristemente derivó hacia otros caminos, el socialdemócrata, el bolchevique y en la actualidad otros igual o más degenerados, es decir no construir una comunidad libre, sino la voluntad de poder, la servidumbre voluntaria, el supuesto cambio desde las alturas por un partido o un Mesías- era el de una comunidad de comunidades, o comuna de comunas.

De momento, por desgracia, el camino seguido, como el mismo señala desde la  política de la revolución francesa y el capitalismo es el contrario. La desestructuración de la sociedad compleja y pluralista, su atomización por el Estado centralista, concentrando poder y eliminando la vida autónoma de los grupos.

Hoy, se avecina un futuro temible, donde podemos pasar de ser engranajes de una maquinaria a no ser nada, quedar excluidos en las tinieblas, al menos sectores crecientes de la población.


Redescubrir a los llamados utópicos y sus planteamientos puede ser de utilidad para luchar por un renacer, aunque, siendo sincero, nuestras generaciones adultas no parecen nada dispuestas a ello, más bien, parece, siguen soñando con seguir siendo átomos, materia prima de dirigentes juveniles que les prometen un Paraíso de bienestar material, que parecen no traer.

Espero que la siguiente generación aprenda de nuestros fracasos y se niegue a seguir nuestro camino sin esperanza. 

Y elijan algo inspirado, que no copiado, de Caminos de Utopía.

jueves, 11 de agosto de 2016

Siddhartha

Novela publicado por Hermann Hesse, quien llegara a ser Premio Nobel en 1946, que nos acerca a los aspectos más positivos de la filosofía espiritual del Oriente, hacia la que sentía una profunda atracción.

De manera alegórica el libro recorre la búsqueda de la perfección, de la elevación espiritual y del sentido de la vida de un joven brahman, nacido en una familia acomodada, que, inquieto, no se conforma con la forma de religiosidad superficial, de rituales y sacrificios que vive su comunidad hindú.

Su búsqueda le lleva a abandonar todo y unirse a los samanas, un grupo de meditadores que viven errantes en la pobreza y la mendicidad, de los que aprende el ayuno y a lograr una enorme fortaleza interior.

Pero nada le satisface, cree necesario seguir su camino, que le lleva a conocer a Buda y sus enseñanzas, que admira, más no le convencen plenamente; para sumergirse durante años en una vida convencional de placeres y riqueza material, que él anteriormente había rechazado como inferior e indigna.

Hastiado, abandona esa vida vacía para continuar su camino de perfección individual, escuchando y aprendiendo de los maestros, pero sin querer atarse a ninguno ni seguir ciegamente ninguna doctrina. 

Hasta conocer a un verdadero sabio, un pescador que atraviesa a los viajeros en su barca, alguien anónimo, silencioso, callado, aparentemente un hombre de escasos conocimientos; pero que en su compañía y en la del río, al que aprende a escuchar y con el que logra descifrar algunos misterios que le atormentan es donde encuentra su lugar, su felicidad, su anhelo de unión con el Todo que le llevó, muchos años atrás, a decir adiós para siempre a su familia.

Diferentes personajes se juntan y separan en sus vidas, de todos aprende y a ninguno juzga, incluyendo la cortesana que le introduce en los placeres de la carne, mujer inteligente que le comprende en mucha mayor medida que otros.

Para mí, la peripecia vital del protagonista, y lo que el autor del libro nos enseña es que en la vida no hay que despreciar nada, incluyendo los deseos y necesidades materiales o sexuales. Si están ahí es por algo y hay que pasar por esa fase, como una más en la vida de las personas.

También que es necesario errar, equivocarse, tropezar y hundirse en el fango hasta encontrar el camino de la sabiduría, del conocimiento, de la perfección.



Aunque el texto evidentemente es un acercamiento a las ideas budista de la renuncia, el  desapego, la superación del dolor y el logro del nirvana ,Siddartha, el joven hindú, ya envejecido,  acaba abrazando una forma individual de superación, que está por encima de la fe budista, pues va más allá de la compasión de esta espiritualidad, para alcanzar el Amor, la Unión con Todo lo viviente, con todo lo que le rodea.

De la novela me quedo con el anhelo de mejora individual que transpira y la no sujeción a ningún dogma, escogiendo lo positivo de diversas tradiciones pero siempre sometidas al libre raciocinio individual del que no se ata a nada, porque la conciencia individual está por encima de las creencias colectivas.

Y es que posiblemente la renovación de la religiosidad o espiritualidad tendría que pasar por eso: por lograr unir lo positivo y liberador de las diversas corrientes de pensamiento filosófico y religioso, para ayudar a los individuos y las sociedades a combatir internamente el dolor,  el apego, el sufrimiento y los miedos que son los que nos encadenan y arruinan nuestra vida material. 

El resto, o sea, la mayor parte de los elementos presentes en las religiones actuales, deberían desecharse, tirarse a la basura, como elementos de opresión, dolor y miedo.