domingo, 15 de enero de 2012

La sociedad de la reflexión y la búsqueda de la verdad



Una de las definiciones que se da a las sociedades occidentales es la de sociedad del conocimiento y la información. Con esto lo que se quiere dar a entender es que la ciudadanía de nuestros países colocan como valores fundamentales el saber y el estar informados de las cosas que suceden en el mundo.

Pero primero necesitaríamos saber qué entendemos por conocimiento y por información, y cómo son estructurados en nuestras sociedades, para saber si las instituciones y medios que tienen en sus manos lo que se llama conocimiento e información cumplen con su función.
En mi opinión se ha extendido una idea que identifica conocimiento con aprendizaje teórico, con introducir en las cabezas de la gente una serie de datos de diversas materias para ser memorizados. La escuela y la Universidad serían las dos instituciones fundamentales encargadas de transmitir el conocimiento.

En cuanto a la información ,ésta se considera estar informado a través de prensa, radio, televisión y medios modernos como Internet de lo que sucede en nuestro país o en otros. Los diferentes medios de comunicación son los encargados de informar a los ciudadanos.
Pero más allá de esto creo que es necesario realizar un análisis crítico de lo que consideramos conocimiento e información, y que tipo de conocimiento e información necesitamos para impulsar un crecimiento del pensamiento libre e independiente en las comunidades humanas, para desarrollar seres reflexivos que realmente amen el conocimiento.

En mi modesta opinión conocimiento y reflexión deben ir unidos para conformar lo que podríamos definir como conocimiento reflexivo. El conocimiento como se entiende actualmente, basado en organizar desde instancias de dominio, como el Estado, un plan de estudios de lo que debe explicarse a los niños y jóvenes en las aulas para ser memorizado, no implica un real conocimiento. Y esto es así porque tal tipo de educación lo que implica realmente no es una sociedad del conocimiento, primero porque la base del conocimiento es la reflexión, lo que no significa negar todo aprendizaje memorístico, sino ayudar a que los alumnos puedan conocer , en el terreno humanístico, la variedad de pensamientos así como de formas de vida y organización social que han existido. Esto es algo que el sistema educativo, ya privado, estatal o religioso vela. Pero en una sociedad de la reflexión debe conocerse que no se ha vivido siempre de la misma manera, que los valores no han sido siempre los mismos, para que  sea el alumno el que pueda decidir de forma libre que ideas prefiere, expandiéndose de esa manera una libertad de conciencia mayor de la actual. Y también una búsqueda de la verdad, no absoluta ni dogmática, pero si relativa, al dejarse libertad de conciencia y no a adoctrinar sutilmente  ocultando lo que no interese de la historia y realidades humanas. Con lo cual la persona abrazaría una verdad elegida por él no exterior con mayor facilidad
Por otra parte, es necesario que sean los interesados los que puedan decidir que materias se van a explicar, quiénes van a explicarlas y cuáles son los objetivos que se pretenden. Por tanto corresponde a los padres, vecindario o comunidad, profesores y progresivamente a los mismos estudiantes, a los que se debe animar a responsabilizarse y autogobernarse en mayor medida para no necesitar ser dirigidos durante muchos años, como sucede actualmente, dirigir la educación.
La escuela y la Universidad, al menos en su forma actual, mezcla de cárcel y  centro de amontonamiento de niños, adolescentes y jóvenes, debe dejar paso, si se quiere crear una sociedad del conocimiento reflexivo, a un sistema de autogestión del saber, a ser posibles en grupos reducidos que facilite el aprendizaje mútuo, el debate y conocimiento , incluyendo el conocimiento del pensamiento clásico y sus valores.

Pero tal tipo de conocimiento debe facilitarse a personas de todas las edades, si éstas lo desean. Por tanto las academias, casas particulares y centros que desarrollen este tipo de conocimiento, deben estar abiertas por igual a niños que a adultos. El conocimiento reflexivo debe abarcar toda la vida del hombre, pues se trata de un conocimiento interactivo, donde una persona puede ser a la vez alumno y profesor, si demuestra a la comunidad su valía. Sólo estructurada de forma democrática la educación, con la participación de los interesados, fomentando la cooperación y a la vez el pensamiento libre, la responsabilidad y la búsqueda de la verdad desde la infancia, se puede avanzar a la creación de una sociedad reflexiva.
Pero esto sería incompleto si los medios de comunicación está en manos de diferentes grupos de poder, vinculados a partidos y empresas que al igual que el sistema educativo actual muestran lo que interesa  para moldear las mentes de la sociedad según lo que interese a las oligarquías dominantes o bien silenciando lo que perjudique al partido al que sirven y mostrando día tras día lo que beneficia al partido afín.

La sociedad de la información, por tanto, tampoco se basa en la reflexión ni en la búsqueda de la verdad, sino en una mezcla de mentiras y medias verdades. Es decir se basa en la propaganda al servicio de intereses de poder.

Para lograr un cambio se requeriría impulsar una prensa, radio y televisión ajena a partidos y grupos empresariales, que busquen la independencia, donde se expresen las múltiples opiniones de lo que sucede sin imponer una línea política clara o encubierta que busque la calidad y como no, que busque la verdad, independientemente de que esta perjudique a izquierdas o derechas, pues la verdad es independiente de las ideologías.

Tales medios deben distinguirse de los actuales en no estar 24 horas ofreciendo información. Si lo fundamental es lograr seres reflexivos, se necesita también el silencio. La reflexión requiere de un tiempo de aislamiento, de no ruido, para que la persona ordene sus ideas y medite lo más profundamente posible. Por tanto la sociedad del ruido y adoctrinamiento constante actual, es incompatible con lograr una sociedad del conocimiento reflexivo y la búsqueda de la verdad.

Evidentemente tal estado de cosas es muy difícil de lograr, y quizá jamás se consiga. Pero luchar por acercarse a ello es fundamental si se quiere lograr una sociedad no adoctrinada, sino consciente, de personas cada vez más reflexivas, que quieran acercarse a la verdad.

sábado, 7 de enero de 2012

Sobre la felicidad



Uno de los deseos fundamentales, sino el que más en los seres humanos, es conseguir la felicidad. Es decir un estado anímico de bienestar, de tranquilidad, de ausencia de dolores, problemas o preocupaciones agobiantes.
Sin embargo pienso que es necesario realizar una reflexión crítica de la noción dominante de felicidad por una parte, y por otra parte vincularla a aspectos más profundos que a una simple sensación de bienestar, o a triunfos y éxitos materiales.
En primer lugar debemos reconocer que la vida humana implica inevitablemente dolor,  esfuerzo, tristeza y  fracasos para finalmente acabar muriendo y volviendo a la tierra, no sobreviviendo de nosotros, muy probablemente, más que nuestros átomos y los recuerdos que dejamos entre quienes compartieron con nosotros nuestro caminar por la vida. Esto no implica negar que la vida también trae consigo alegrías, bienestar físico y psíquico, placeres materiales y espirituales y otros aspectos que hacen agradable por momentos la fugacidad de nuestros pasos en este mundo.
Con esto lo que quiero decir es que es conveniente que desde la infancia seamos conscientes que la vida no es felicidad, sino un río cambiante, con tramos placenteros y otros donde la corriente nos arrastra y se requiere de esfuerzos enormes para volver a salir a flote. Por tanto lo esencial en la vida no es la felicidad, ni tampoco el sufrimiento, sino el esfuerzo.
Y esto es importante reconocerlo porque al convertir la felicidad, entendida como placer, bienestar o triunfos personales y materiales en el ideal, estamos creando individuos y sociedades de baja calidad, con tendencia a dejarse arrastrar por formas de vida egoístas y hedonistas, fácilmente dominables en el fondo y muy frágiles ante las crisis personales o sociales.
Ante esta situación caben tres soluciones, siempre parciales: Primero, colocar no la felicidad, sino el esfuerzo personal de automejora como idea central en la vida. En segundo lugar, reconocer la fragilidad y temporalidad de la felicidad para no crearse falsas ilusiones que la realidad derrumba .Y por último vincular la idea de felicidad relativa no a la posesividad de objetos, personas y demás, es decir no al éxito material y a la ausencia de problemas, sino a las acciones encaminadas a hacer el bien al prójimo. Es decir necesitamos vincular la felicidad personal a la tranquilidad y satisfacción de la conciencia, lo cual sólo se consigue buscando el bien, buscando ser un hombre o mujer virtuoso. Incluso al precio de renunciar a un posible placer, a una gratificación física si esta nos aleja del ideal de vivir con la conciencia satisfecha.
Relativizar la felicidad y vincularla a las acciones virtuosas es para mí un camino preferible a mantener la idea de felicidad como un estado de eterno bienestar físico y psíquico, pues tal felicidad no es más que la del  siervo que sólo busca que sus amos le satisfagan sus necesidades de disfrute y placer , reduciendo al mínimo los dolores y tristezas inherentes a la vida

viernes, 30 de diciembre de 2011

The Artist

He aquí una película sorprendente y muy recomendable. Arriesgada, realizada en blanco y negro, muda, como el cine original, ha sido para muchos una agradable sorpresa. Sencilla y melancólica recrea los últimos tiempos del cine mudo donde a falta de sonido, los actores y actrices gesticulaban y expresaban con sus gestos y movimientos físicos,un tanto exagerados, los sentimientos y emociones que sus papeles requerían.
The Artist nos lleva a contemplar el hundimiento de un actor de cine mudo que pasa de la gloria y los aplausos de la multitud, al olvido y el rechazo cuando aparece el cine sonoro, cine al que es incapaz de acostumbrarse, impidiendo su orgullo realizar el nuevo tipo de películas que reclamaban los espectadores.
Y frente a su fracaso, el triunfo de una joven actriz a la que él apoyó, que ayuda desde las sombras al antiguo galán, cada vez más hundido en la miseria moral y material. 
Debemos mencionar que todos los actores, incluido el entrañable perro que acompaña en su descenso a los infiernos al antiguo triunfador, expresan muy bien toda la gama de sentimientos que la película requiere, del amor al triunfo, el fracaso, la autodestrucción y el renacimiento.
The Artist es una apuesta arriesgada, teniendo en cuenta lo lejano que resultan los tiempos del cine mudo y la posibilidad de incomprensión por parte del público, pero que se ha saldado con con un merecido éxito. El riesgo, en ocasiones, merece la pena.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Triunfo y crisis de la civilización economicista


Mucho se está debatiendo desde que explotó la crisis económica sobre sus motivos y sus posibles soluciones, cada uno desde sus respectivas visiones ideológicas, ya más liberales, ya más socialdemócratas .Unos apostando por más austeridad y recortes y otros  por más impuestos a quienes más tienen, gravar a los bancos y las transacciones financieras o especulativas, nacionalizar la banca total o parcialmente… Pero muy pocas voces parecen querer analizar las raíces más profundas de la crisis económica y si ésta en el fondo pudiera corresponder a una crisis de civilización, es decir a toda una forma de entender la vida, de entender al ser humano.
Y en mi modesta opinión la naturaleza última de la crisis es civilizatoria. Corresponde a una crisis de lo que podríamos llamar civilización economicista. Por economicismo entendemos unas sociedades para las cuales el centro de todo es la economía comprendida en un amplio sentido: el dinero, el consumo, la productividad, el bienestar material, la acumulación de riqueza, lo fisiológico, el trabajo asalariado, la tecnología como liberación… Nuestra civilización considera tales aspectos esenciales, anteponiéndolos en la práctica a lo que podríamos calificar de valores del “espíritu” o la conciencia,  como la libertad entendida como no dominación, la reflexión, el autoperfeccionamiento moral, el amor al conocimiento por el conocimiento mismo, el esfuerzo, la cooperación, el compartir, la convivencialidad, el trabajo creativo o libre que busca el crecimiento personal o social sin coacción, sin contraprestación, entre otros valores.
Sin embargo, en un largo y lento proceso de siglos, terminó por expandirse y triunfar la llamada civilización economicista, aquella que pone el acento en los elementos materiales, en las sociedades de productores y consumidores, para los cuales lo esencial es la abundancia de productos y servicios, el mero vivir bien exigiendo a los de arriba. Esta citada civilización sabe atraerse a las multitudes vendiendo múltiples baratijas, creando necesidades constantes de objetos de los que disfrutar, usar y tirar y fomentando un estilo de vida que combina pasividad, competitividad, servilismo y hedonismo.
Pero tal civilización, obsesionada por lo monetario desde la ultraderecha a la ultraizquierda, conlleva el desarrollo de instituciones y poderes que escapan al control de los ciudadanos por un lado, desde la banca a los llamados mercados financieros, grupos de personas capaces a día de hoy de llevar a los países a la quiebra, o de ponerles en graves apuros, potenciando una economía ya ni siquiera productiva, sino especulativa; un tipo de sistema económico monstruoso, sin nombres o rostros claros detrás, que hace de los productores mercancías de usar y tirar. Y es que no somos conscientes, pese al culto por lo económico, que economía y política están unidas, que en gran medida la economía es política, por el mero hecho de que las relaciones económicas dominantes son relaciones de poder, de dominación. Nuestra actual civilización no es sólo esclava de las cosas, es también esclava de las personas que desde diversas instancias impulsan las formas de vivir, relacionarnos, trabajar, pensar y consumir
En segundo lugar todo esto se ha agravado al haber potenciado en épocas pasadas el endeudamiento a todos los niveles, desde el familiar, al provocado por la expansión del Estado, que bajo la etiqueta de Estado de Bienestar, implica unos gastos enormes y la creación de seres pasivos, que esperan todo de los dirigentes.
Diferentes factores que han llevado a la crisis de nuestra civilización, crisis agudizada por el ascenso de otras potencias que están empezando a ganar la partida en el juego del mercado mundial.
Pero la crisis del economicismo no implica que nuestro sistema de vida vaya a desmoronarse por sí mismo. Y esto es porque hoy por hoy no existe ninguna fuerza social consciente que ponga los anteriormente citados valores de la conciencia ,o humanistas, en el centro.
Es cierto que en principio hay indicios positivos  en los movimientos de protesta  que se están produciendo en algunos países occidentales, de España a Estados Unidos . Pero lo que tendríamos que preguntarnos es si las personas que se lanzan a protestar a las calles están luchando por crear una nueva y verdadera civilización, de hombres y mujeres conscientes y autogobernados, o si lo que en realidad quieren es mantener sea como sea la sociedad de consumo, la primacía de lo material, el seguir viviendo como ganado al que no falte el pasto.
Si es lo primero, hay esperanzas de reconstruirnos como seres humanos; si es lo segundo, estamos condenados a dar vueltas eternamente al círculo infernal de una civilización cada vez más degradada, la civilización del economicismo. Con grave riesgo de que tarde o temprano, las feroces luchas competitivas entre potencias, acaben en una nueva guerra mundial.

martes, 6 de diciembre de 2011

Reflexiones sobre las revoluciones árabes

Túnez, Egipto, Libia, Siria...han sido noticia estos últimos meses por las revueltas que se han producido en ellos. Una oleada de revoluciones se ha desarrollado por todo el mundo islámico, en lugares donde parecía que nada ocurriría, y donde la opinión general era que aquéllas sociedades nuca se moverían, que sus gentes aceptarían eternamente la situación en que vivían.
Pero, de forma sorprendente, la realidad se ha encargado de desmentir la idea dominante, y miles de personas en diversos países del mundo islámico se echaron a las calles a reclamar más libertad y una mejor vida, llegando en algunos casos, como en Libia, ha producirse una guerra civil en la que intervino la OTAN en favor de los sublevados. Y haciendo la vista gorda ante un hecho tan reprobable como la tortura y asesinato sin ningún tipo de juicio de Gadaffi. Hecho que junto con el asesinato de Ben Laden, también aceptado con naturalidad ,abre un camino muy tenebroso, el de pensar que todo vale, que el asesinato es legítimo, lo que nos llevaría a reflexiones profundas sobre lo que se nos viene encima sin darnos cuenta, que tipo de sociedad y sistema se está impulsando desde el Occidente de los derechos humanos; pero esto es otro tema...
Pasado un tiempo prudencial, pasado el entusiasmo inicial con que acogimos las rebeliones, es hora de intentar reflexionar sobre el futuro de los países que han logrado cambiar el régimen, o que parecen estar cerca de ello. Y he de reconocer que el optimismo, la luz que parecía desprenderse de las revoluciones, se ha tornado en duda, en sombras amenazantes.
Esto no significa que apoye algunas tesis que sostienen que todo ha sido un movimiento impulsado por Estados Unidos y algunos países occidentales para cambiar los sistemas políticos autoritarios de la zona, y beneficiar a Occidente. No creo en las tesis conspiranoicas, en la idea de que agentes ocultos de potencias mundiales puedan hacer movilizar a cientos de miles de personas, pues con tales argumentos cualquier revolución sería tachada de estar al servicio de intereses ocultos, con lo cual indirectamente se está favoreciendo el conformismo, la aceptación resignada de lo existente .Lo que no quita que una vez creada una situación revolucionaria las potencias intenten sacar tajada  convirtiendo los nuevos regímenes nacientes en aliados en el tablero mundial de amigos y enemigos.
Dicho esto, muchos pensábamos que se abriría un período de libertad para los países árabes, de triunfo del laicismo. Pero la falta de reflexión y la ingenuidad no son buenas compañeras, y las ilusiones se están enfriando rápidamente.
Y creo que algunos no tuvimos en cuenta la fuerza del islamismo, el que los movimientos políticos islamistas eran los más organizados, y por tanto los que acabarían imponiéndose. Es evidente que en las revoluciones  acaban triunfando las fuerzas más preparadas, aquellas que cuentan con una mejor organización, ideas más claras y cohesión interna, aunque no sean las que impulsaran la rebelión. Y estas son ,en muchos casos, los partidos islamistas. Son ellos quienes se están imponiendo, si bien en unos casos son grupos más moderados, y en otros más radicales. Pero este triunfo de fuerzas en principio autoritarias deberíamos haberlo previsto. La mayoría de las llamadas revoluciones, empezando por la mitificada revolución francesa, supusieron el triunfo del despotismo y el terror en sus diversas formas:del jacobinismo al comunismo o los caudillismos. Pocas lograron mantenerse ajenas a la tiranía, fundar la libertad. Y sólo este hecho debería haber conseguido hacer que fuésemos más precavidos.
Incluso si la intención de algunas potencias occidentales ha sido apoyar las revoluciones para conseguir que los países árabes fueran aliados frente a potencias emergentes como China o el problemático Irán, puede que tampoco se logre. Es evidente que un triunfo islámico en nada perjudicaría a Irán, que podría verse incluso reforzado, acelerando los preparativos de una guerra contra el citado país. Tampoco afectaría negativamente a China, el enemigo principal hoy por hoy de los Estados Unidos y de Europa Occidental, pues es difícil que regímenes islámicos hicieran pinza con Occidente contra China.
De cualquier forma no debemos oponernos a las rebeliones contra los autócratas, todo lo contrario, debemos alegrarnos cuando esto suceda, pues es una señal de que la idea de libertad no puede ser definitivamente destruida. Pero si debemos mostrarnos más precavidos, menos ingenuos, no olvidando la tendencia histórica de sustituir un sistema de opresión por otro.
Con todo, no sabemos lo que sucederá en el mundo árabe, ni si los gobiernos islámicos que parecen vislumbrarse en el horizonte liquidarán la libertad naciente, o la respetarán, pudiendo en un futuro ser sustituidos por otro tipo de fuerzas políticas. La historia, el tiempo, dirán.

martes, 29 de noviembre de 2011

Elogio de la muerte personal como triunfo de la humildad y fin del dolor de vivir

Es poco frecuente en nuestra sociedad hablar de la muerte con naturalidad, poder reflexionar o debatir sobre ella sin causar  rechazo en mucha gente. La misma palabra, muerte, prefiere esconderse siempre que sea posible, como si fuera un familiar que ha cometido un terrible crimen y al que se encierra en un desván, pensando ilusamente que así no molestará, que nunca tendremos que enfrentarnos  a su aparición cara a cara.
Pero creo que esa postura constituye un error. Todos somos libres para decidir si preferimos vivir con una venda en los ojos, pensando que así seremos más felices olvidando lo que no conviene. Sin embargo tenemos la alternativa de mirar nuestro fin desde otra perspectiva, de pensar el final de nuestra historia desde una visión más luminosa . 
Esta nueva forma de concebir la muerte personal de forma positiva significa reconocer que la vida implica no sólo momentos pasajeros de felicidad y alegría, sino un profundo dolor,dolor inherente a todo ser consciente que sufre golpes cada cierto tiempo, como un boxeador en el ring . Golpes provocados por otros seres, por las circunstancias de la vida y, por supuesto por el peor enemigo personal, que no es sino uno mismo, sus miedos al fracaso, al que dirán. Pues bien, si somos capaces de ver que nuestra muerte implica la liberación del dolor que provoca nuestro caminar por el tortuoso sendero de la vida, podremos ser capaces de no atemorizarnos ante la idea de disolvernos en el vacío, y no sólo eso, sino de concebir la bajada del telón de la tragicomedia de la que somos actor principal, ya como un bien, ya con un sentimiento de serenidad.
Por otra parte, la aceptación tranquila de nuestra desaparición, de la finitud, tiene otro elemento positivo, y es ni más ni menos que la demolición del egocentrismo, del culto al Yo. Ese culto que es una de las claves del rechazo a la muerte, pues la cárcel del Yo hace que sintamos que su fin es algo terrible, intentando atrasar lo inevitable, o desarrollando ideas de inmortalidad, de vida después de la muerte, en un más allá donde perviviremos para la eternidad. Cuando no hay idea más terrible que la de pensarnos eternos, la de seguir atados al Yo por los siglos de los siglos. ¿Qué sentido podría darle un ser que nunca perece a su vida? ,¿qué tipo de vida podría desarrollar alguien inmortal, si la inmortalidad implicaría la desaparición de todo sentido, meta, moral e ilusión, que sólo crea lo perecedero, lo temporal ?. La aceptación de la muerte implica librarnos de la tortura del ego, implica un triunfo de la humildad, de los que no quieren ser durante toda la eternidad, de los que prefieren la belleza, la luminosidad de lo mortal, frente al terror de lo imperecedero.
Dicho esto, debemos aclarar que la idea de contemplar la muerte como un bien, en el sentido expresado no de odiar la vida, sino de reconocer que sólo una vida pasajera permite dar cierto sentido al existir ,y a la vez el fin nos permite acabar con el aspecto negativo, doloroso, de nuestro vagar en el mundo, sólo es posible como muerte personal. Jamás podremos ver como un bien el silencio frío y definitivo de los seres que amamos. La marcha de los amados nos arranca trozos de nuestro ser, nos deja huérfanos de cariño, de comprensión, de apoyo. Son desgarros que nunca cicatrizan, golpes que cada cierto tiempo provocan una aguda molestia de recuerdos nostálgicos, de sueños de abrazos que jamás se darán. La muerte personal, sin embargo,no provoca nada de esto, no nos condena a sentir el gélido vacío de las ausencias.
Y, quizá, reflexionando a la vez que escribo, parte del éxito de las religiones, de las creencias en un más allá, radique en el hecho de que consuela a mucha gente no tanto con una vida individual sin fin, sino por que hace soñar con una vida futura donde nos reencontraremos con los amados, con aquellas personas que nos trajeron al mundo dándonos su ternura, o aquellos con los que establecimos una bella relación de amistad, una profunda unión de conciencias, gentes por las que merecía la pena mantenerse en pie y con las que desearíamos caminar siempre, con una mano en sus hombros.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Un manual de vida: Epicteto y la filosofía de la virtud

Con el título de Un manual de vida, la editorial Los Pequeños libros de la sabiduría presenta una interpretación personal de las ideas y escritos del filósofo de la antigua Grecia, Epicteto. De él sólo han sobrevivido Enchiridion y Los discursos, suficiente para que podamos conocer lo atractivo de su filosofía. 
Pues bien, esta interpretación libre de las ideas del pensador griego, quien fuera esclavo durante parte de su vida, es sencilla y muy amena, permitiéndonos acercarnos al ideal de vida y comportamiento que proponía Epicteto.
Debemos destacar que los filósofos griegos daban una importancia central a la moral, y sus reflexiones se centraban en cómo vivir, cómo actuar, para alcanzar la virtud, y la felicidad.
Pues bien, en el caso de Epicteto, seguidor de la escuela estoica, lo esencial es conseguir la serenidad interior. Sólo alcanzando la serenidad, podremos acercarnos a la felicidad. Para alcanzar tal estado, Epicteto parte de que tenemos que ser capaces de distinguir lo que podemos controlar, como opiniones, aspiraciones...de lo que escapa a nuestro control, como el aspecto físico, la familia en que hemos nacido etc. Aprendiendo esto, podremos ser capaces de evitar obsesionarnos con cosas que terminan por hacernos daño y sufrir innecesariamente, al no poder controlarlas. Sólo así se alcanza la libertad
Partiendo de esta idea, el resto de sus reflexiones y consejos se centran en aceptar las cosas de la vida tal como vienen, sean buenas o malas y fundamentalmente en considerar que muchas cosas, más que ser malas de por si, es nuestra visión de ellas la que hace que puedan afectarnos negativamente o no. Es la forma de ver las cosas, la visión de los acontecimientos, la que puede hacernos daño. En todo hay que buscar un beneficio personal, un aprendizaje.
Para Epicteto no debemos vivir pensando en el que dirán,o de cara a la galería para obtener la aprobación ajena. Debemos vivir de acuerdo a nuestros ideales, a nuestros principios espirituales. Lo importante es lo que somos por dentro, la sabiduría y la belleza interior. Nuestro filósofo nos enseña a no dejarnos atrapar por las apariencias, y sobre todo a ser capaz de renunciar y no dar importancia a la riqueza, al éxito, al poder (no en vano él vivía modestamente en una cabaña). Otra de sus enseñanzas es que debemos definir qué clase de persona queremos ser, a quién admiramos, para desarrollar esos rasgos que consideramos moral y humanamente preferibles, observándolos en todo lo posible, y poniendo en práctica los principios que hayamos escogido.
De esta manera, valorando la sencillez, la prudencia, el dominio de sí mismo, la sabiduría y los valores morales y espirituales, intentando sacar lecciones positivas de lo que vemos como males, podremos acercarnos a la conquista de la serenidad y la libertad interior, y por tanto de la felicidad.
Esta es la lección que nos da Epicteto. Y como él ,otros filósofos clásicos que deberíamos rescatar si queremos alejarnos de una civilización sin ningún ideal de vida que el mero economicismo, centrada en la mera satisfacción de las necesidades fisiológicas. Civilización, si es que puede ser llamada de tal manera, que ha perdido toda noción de virtud, de elevación moral, cuando no se ríe de tales conceptos que considera algo propio de fanáticos religiosos o reprimidos. 
Es necesario, por tanto, volver a los clásicos y poner en el centro los valores humanos como la sabiduría, la verdad, la virtud, la libertad, la sencillez, la belleza. No limitándose, lo que quizá fuera el principal defecto de los viejos filósofos, a una postura de mejora individual, sino ser capaces de utilizar esa cosmovisión en el plano colectivo, tanto político como económico. La transformación debe ser tanto interna, como exterior, colectiva.
Escuchemos y aprendamos de pensadores como Epicteto, voces que escribieron, pensaron y analizaron en tiempos remotos, pero cuyas ideas, recomendaciones y visiones de la vida son atemporales, y necesarias para pensar el presente, reconociendo sus limitaciones