La Asociación en la que colaboro modestamente, Autonomía y Bienvivir-enlazada en nuestro blog-, decidió hacer un texto colaborativo rescatando una palabra y un ideal totalmente olvidado desde hace unos decenios en nuestras sociedades: la Utopía.
Sociedades que se dicen realistas y pragmáticas, condenando con una sonrisa de desprecio o de rechazo cariñoso también, a aquellos y aquellas que no estamos de acuerdo con su dirección. Y es que en realidad ese realismo, ese pragmatismo que tanto ha calado, no es, en fin, si no una loca quimera, una ciega carrera al precipicio.
Con el ideal de crecimiento económico perpetuo como bandera, incluyendo unos un mejor reparto de la riqueza y otros ni eso, buscando cual adolescentes perpetuos las siglas que les salven, marchando de frustración en frustración, esas comunidades, individuos y naciones que hacen gala de realismo no quieren ver que su nueva religión laica, la del progreso sin fin, reconociendo algún bache pasajero, se está cayendo en pedazos.
Los recursos se agotan, nos acercamos a los límites-sí, todo tiene límites, palabra tabú de la modernidad tecnocrática-, las crisis económicas se suceden unas a otras, y las guerras se incrementan peligrosamente, encontrándonos en serio riesgo de Guerra Mundial-si es que no ha empezado ya-.
Pero no es sólo eso, el gran mal de las sociedades de la heteronomía, de la dominación, es la destrucción efectuada sobre los sujetos. Las creencias y valores abrazados en mayor o menor medida por todos nos han reducido a la condición de obsoletos, de autómatas,de productos, de mercancías que intentan emperifollarse todo lo posible para ser compradas por el mejor postor.
Ahora, ese edificio lujoso, con grandes luces de neón, fiestas y música sonando, se resquebraja y tambalea sacudido por el terremoto, apagándose progresivamente sus focos y sus aparatos musicales.
Sus partidarios y defensores se miran extrañados unos a otros.
- No es nada, un susto pasajero, dicen unos-
- Esto se arregla poniendo nuevos gestores que arreglen los desperfectos, dicen otros.
Y es en esta situación de autoengaño, de ceguera de aquellos y aquellas que no quieren ver que nuestro mundo, sus estructuras, su imaginario, colapsa, que se hace necesario retomar la utopía entendida como proyecto de vida y sociedad nuevas. Pero una utopía que tenga en cuenta las lecciones y fracasos de tiempos pasados.
La utopía, el pensamiento renovador requiere, por tanto, no crear un sistema cerrado o autoritario, sino abierto a la construcción de todos y todas, democrático, que se encamine a la autonomía.
Un lugar donde las metas sean las contrarias que ahora: frente a la destrucción de los recursos y la búsqueda desaforada de la abundancia material, de la riqueza económica, se ponga en su lugar la frugalidad, el bienvivir, el progreso moral o crecimiento interno, el compartir. Donde frente a los instrumento de dominación, desde el trabajo asalariado, el dinero como fin, los partidos políticos...se construyan herramientas liberadores, tales como monedas oxidables, trabajo libre o cooperativo, asambleas, usufructo frente a la obsesión de propiedad...
Esto requiere, por tanto, de un proceso deliberativo, donde la publicidad y la propaganda se reduzcan todo lo posible, entre otros muchos aspectos.
El camino sería duro, difícil, siempre abierto, pero si las gentes no despierta, no abren sus ojos a lo que sucede, si no se desembarazan de su falso realismo, nos espera un futuro muy negro.
En las Naves del Matadero, y hasta el 4 de octubre, se está representando una famosa obra del dramaturgo alemán Bertolt Brecht ambientada en la llamada Guerra de los Treinta años, que en el siglo XVII enfrentó a católicos y protestantes.
Pero el texto, por encima de la historia, es un relato -entreverado en esta adaptación con actuaciones musicales- de un tema por desgracia histórico y actual, la guerra, sus crueldades, la corrupción que fomenta, la necesidad de sobrevivir a toda costa que genera en muchas personas de quienes la padece, el duelo interior entre mantener la ética con el prójimo, o tirarla en mitad del camino para sobrevivir.
La protagonista principal , una madre que recorre con su carromato y sus tres hijos los escenarios bélicos vendiendo ropa y diverso tipo de material militar a los ejércitos para salir a flote , es un fiel reflejo de esas sacudidas y tormentos interiores.
Con actores desconocidos pero que se meten brillantemente en sus papeles, Bretch analiza la feroz disciplina castrense, el hundimiento en la bestialidad, cometiendo toda clase de tropelías, de los soldados, acostumbrados a aniquilar vidas o mutilarlas como quien toma un vaso de agua; el temor de la población civil; quienes se lucran de la guerra, como la protagonista, si bien el autor no se atreve a juzgarla o condenarla, pues parece ser comprensivo con la necesidad de supervivencia que todos tenemos dentro.
Resulta también interesante, en una pequeña parte de la representación, el análisis breve pero demoledor de la sumisión, la adaptación y la aceptación por parte del pueblo de lo que quieren los poderosos, desde sus valores, sus órdenes, sus prejuicios, hasta llegar al extremo de acatar ir al exterminio en masa, a aniquilarse utilizando la religión como arma.
Podemos decir que nuestra sociedad, hoy, no ha cambiado nada. La persecución del éxito, el poder, el dinero, el fundamentalismo religioso y la corrupción que todo ello origina sigue manteniendo su fuerza, así como el servilismo de la ciudadanía a sus proyectos, si bien actualmente con medios más modernos.
Ahora que la Guerra Mundial asoma en el horizonte, no estaría de más leer o ver esta gran obra para tener claro que volveremos a ser carne de cañón cuando quienes mandan decidan, y que nada se hará para evitarlo porque el mundo sigue estando igual de dividido y nosotros seguimos siendo tristes marionetas desvaídas, rotas por los palos de quienes manejan los hilos sin más protestas que algunos inaudibles quejidos y lamentos.
Estamos asistiendo desde hace unos años a una crisis o
quiebra de las diferentes estructuras que configuran el sistema mundo, desde el
ámbito financiero o económico, al de representación política en sus diversos
partidos políticos, al sindical, al declive de viejas potencias pero incluso a
la también posible caída de nuevas, como parece poder ocurrir en China con el
desplome de sus bolsas y su caída en el crecimiento así como a las hasta hace
poco llamadas economías o países emergentes, sumado todo ello a la crisis
migratoria provocada por el hambre y las guerras.
Todas estas crisis se entrecruzan con el lento declive de
los recursos fósiles y de otros que vienen como el del agua, por ejemplo,
crisis que es en última instancia el desplome progresivo de la idea clave de la
modernidad-lo que antes hemos llamado con un poco de grandilocuencia sistema
mundo- la del Progreso o Crecimiento indefinido, no sólo el económico sino
también el tecnológico.
Modernidad tecnocrática que busca en la tecnología la
salida y solución a los males, en vez de buscarla en nosotros mismos, siendo la
tecnología auxiliar
Esta nueva religiosidad de baratillo se está encontrando con
que el crepúsculo ha llegado a su forma de ver y entender el mundo, que las
sombras avanzan y su sol resplandeciente de sueños de acumulación sin fin, de
mercaderes que se enriquecen y que hacen caer algunas gotas de su riqueza sobre
los pueblos, también en su inmensa mayoría fieles adeptos arrodillados ante el
Dios Mamón y sus sacerdotes y obispos, sean de izquierdas o derechas,
católicos, protestantes, musulmanes o anticlericales furibundos, llega a su
fin.
Esto se ve claramente en el terreno monetario, con el avance
cual carcoma silenciosa de la pobreza y las desigualdades en muchos países como
España. Resultado esperado de absorber esos nefastos valores y de creerse las
clases populares y trabajadoras que se podían conseguir mejoras salariales y de
derechos continuamente, no siendo necesario pensar en sistemas diferentes ni
nada parecido, fuera de cierta retórica en días señalados.
Esta por ver, iniciado ya hace un tiempo el colapso
económico, cuándo irá llegando el tecnológico, pues el desarrollo tecnológico
requiere del económico.
En el aspecto partidista hemos observado en Europa el fin
del sueño que despertó Syriza en mucha gente, y en América Latina el de los
gobiernos de izquierdas y progresistas, desde el de Brasil, comido por la
corrupción, al chavismo, pasando por las manifestaciones crecientes contra Evo
y Corrales, especialmente por parte de las comunidades indígenas. También se
están produciendo manifestaciones contra gobernantes corruptos en lo que
algunos están llamando Primavera Latinoamericana en países como Honduras,
Guatemala y otros.
Para nosotros lo que está ocurriendo es que las formas de
pensar y organizar en diversos niveles las sociedades, o lo que Castoriadis
llamaba el imaginario, está caducando a nivel global.
Esto de entrada no sería en absoluto negativo, si no fuera
porque , especialmente en la llamada parte rica del mundo, las poblaciones han
sido casi totalmentedesarmadas,
dominadas por los engranajes del Estado y el Capital, con los múltiples medio
de manipulación y adoctrinamiento sutil.
El imaginario del movimiento obrero en sus orígenes, por
volver a citar a Castoriadis, es inexistente, salvo en núcleos muy reducidos,
divididos y sin influencia social de momento. Siendo realistas, lo único que
tenemos es lo que llamaremos mentalidad ciudadanista, es decir una mentalidad
burguesa o de clase media que domina todo sector político y sindical,
incluyendo el llamado por conservadores y liberales en sus medios radicales o
extrema izquierda-que en realidad no son más que expresiones de la vieja
demagogia del populismo latinoamericano tipo Perón u otros, ataviada con
ropajes occidentalizados, o sea con la moda del discurso participativo, que no
es ni más ni menos en la práctica que un Líder, representante directo de las
masas populares, cual Dios de pacotilla- que se autoengañan buscando paraísos
de consumismo y crecimiento, pero con mejor reparto de bienes.
Propuestas quiméricas, pues en nuestra situación ya no es
posible comprar a las gentes con regalos o subsidios, como hacían Evita y
Perón- o como me contaban en Angola las profesoras de una escuela en la que
estuve de voluntario respecto al gobierno del MPLA, que repartía motos o
bicicletas en época electoral-.
Es una mentalidad bienintencionada pero sin futuro. Aunque por
desgracia a corto plazo hará de tapón para evitar que surja un pensamiento
realmente transformador
Liberales, conservadores- o liberal-conservadores, pues en
la práctica ya no hay diferencias entre ellos, salvo algún punto muy
secundario, de hecho cuando escuchamos en la televisión a muchos liberales nos
parece que están a la derecha de la derecha-, izquierdistas, populistas,fascistas, centristas, transversales,
nacionalistas o independentistas… y sus correspondientes opciones políticas no
tienen respuestas a la situación actual.
Son muertos vivientes, que agitan eslóganes o discursos
vacíos, pero que desgraciadamente aún tiene un seguimiento mayoritario, por el
triste hecho de que el glorioso occidente se ha convertido-nos hemos
convertido- en un cementerio de muertos en vida, tanto en los poderosos como en
los oprimidos. Y esto es un indicio de que nuestro sistema educativo, del
colegio a la universidad, y nuestro universo tecnocrático, tampoco funciona, no
es la solución a los males.
Desaparecida la conciencia de clase, por algunos de los
motivos explicados anteriormente, creyéndose los asalariados clases medias que
podían codearse con las clases dirigentes y altas, comprando sus valores,
pensando que ellos y sus hijos y nietos vivirían siempre mejor materialmente,
fundidos en abrazo eterno y solidario con los capitalistas y los dirigentes de
los diversos partidos, toca empezar casi de cero.
No se trata tanto de volver a sacar a pasear la lucha de
clases, como hacen falsamente lo que subsiste del movimiento comunista, decimos
falsamente pues por lo que leemos a algunos sus modelos son, aparte de los siempre queridos tiranos de
Cuba, personajes como Asad o Maduro, en los cuáles no tenemos muy claro dónde
está su discurso marxista, aparte de que en la historia antigua de los
marxistas la lucha de clases fue un concepto manipulado para usarlo como motor
de ascenso de una nueva clase dirigente que gobernabapor encima de obreros y campesinos, en su nombre.
Se trata, más bien, de impulsar un cambio de mentalidad en
la clase media. Es decir que ésta deje de pensar en que es clase media
entendida como clase que mira por encima del hombro a los trabajadores
manuales, creyéndose por encima de ellos y aceptar la cruda realidad: que todo
asalariado, incluido ellos-los llamados trabajadores intelectuales y de oficina
o cuello blanco- son los semiesclavos de la Modernidad.
Y no sólo eso, sino que la reconstrucción de las
comunidades, del mundo, por pensar en plan ambicioso, requeriría retomar un
aspecto positivo de la tradición emancipadora obrerista, la superioridad o al
menos la igualdad del trabajo manual, sin la cual no puede nacer una nueva civilización.
Si antaño fue el movimiento obrero quien intentó pensar en
otro mundo, ahora son comunidades campesinas e indígenas las que más parecen
alejarse de todo el sistema, aunque aún parecen estar muy lejos de tomar
conciencia clara de ello y mostrar un posible camino y un pensamiento
universal.
Pero es revelador el que nuevamente sean sectores sociales
marginados o mal vistos por el grueso de la población que se dice educada y
formada, sintiéndose superior por sus títulos y estudios, la que pueda
enarbolar la antorcha del cambio.
Y es que ante la grave situación mundial, con cientos de
miles de refugiados que huyen del hambre y las guerras, otro ejemplo más de la
crisis de la modernidad como dijimos al principio, se requiere una mirada
cosmopolita, como la del viejo internacionalismo, para enfrentar los problemas.
Nos encontramos aquí en un punto muy delicado, pues crece la
tentación, frente a la globalización capitalista, de la defensa de los
Estados-nación, de la llamada soberanía nacional, con el planteamiento de que
eso es más democrático. Planteamientos, para nosotros, totalmente erróneos,
pues no habría más que ver la historia de la Europa de entreguerras para observar
la multitud de golpes de Estado y dictaduras que se adueñaron de diversos
países.
Una miríada de tiranos nacionales y guerras por doquier
sería el futuro que nos esperaría si tales planteamientos triunfasen, con el
discurso de la soberanía nacional.
Por supuesto que el camino universalista es muy complicado.
Ir abandonando los Estados –naciónsin caer en la homogeneización requiere unos análisis muy profundos, y
unas prácticas muy difíciles.
Existen diferentes propuestas de las que somos afines, a lo
largo del mundo, desde el Confederalismo Democrático de diversas fuerzas
kurdas, al municipalismo de base, o comunalismo federalista, hasta el concepto
de autonomía de las comunidades indígenas latinoamericanas.
Estas ideas plantean un autogobierno de las
comunidades-autogobierno democrático o de base, nada que ver con el
nacionalista- de abajo arriba, donde diversos Consejos o Concejos, de vecinos,
jóvenes, mujeres, trabajadores… se coordinan o federan, partiendo de lo local,
hasta llegar a niveles superiores, trascendiendo de esta manera los
Estados-nación-grandes o pequeños- y sobrepasando las diferencias linguísticas,
religiosas o culturales-sin destruirlas, pero sin que la diversidad se use como
arma arrojadiza o de división o de dominación-.
De esta manera podría llegarse a la creación de una
institución democrática mundial, diferente a ese entelequia llamada ONU- donde
los países más poderosos son los que llevan la voz cantante- que tendría
algunas competencias y que podría actuar como mediador de conflictos y ante tragedias
como las que vemos actualmente de los refugiados, con una política coherente y
solidaria a nivel mundial.
Evidentemente el punto débil de esta forma nueva de entender
la vida y las relaciones es la probabilidad de caer en el localismo y, con el
paso del tiempo, al nacionalismo y a la multiplicidad de los opresivos Estados
nacionales. Algo que requeriría también de análisis y contrapesos complejos, si
alguna vez la humanidad decide tomar un camino similar.
Lo que nosotros sí tenemos claro es que o el mundo se hace
uno en su diversidad, o no será.
Cuando observamos y reflexionamos sobre la sociedad del hoy,
de los últimos decenios, podríamos definirla como la del triunfo de la
intrascendencia.
Miremos donde miremos, desde los programas televisivos, al
mundo político, hasta el ámbito llamado ciudadano de las redes sociales y
otros, ha ascendido lo que en otras palabras Castoriadis definía como el
ascenso de la insignificancia hace cerca de veinte años.
Y lo que uno de nuestros pensadores de cabecera analizaba:
anomia, privatización, ascenso de partidos o líderes políticos vendibles,
inexistencia de pensamiento creador, ruptura de los lazos sociales, falta de
sentido de la existencia que intenta llenarse con el mito del progreso y el
consumismo ilimitado… ha seguido expandiéndose pese al fugaz espejismo del 15M.
Cojamos, por ejemplo, uno de los medios fundamentales de
amoldamiento mental, la televisión. Si en los ochenta y principios de los
noventa teníamos programas de debate tan interesantes como La Clave, por
ejemplo, la multiplicación de canales no ha supuesto ninguna mejora, al
contrario, la calidad de los debates es cada vez más ínfima.
Todos ellos son de política-otros temas profundos prácticamente han desaparecido-, pero de política en su sentido
más bajo, o sea de lucha de partidos, con tertulianos dedicados a dar voces en
defensa de los suyos, y presentadores que ya no son tales, sino otros
tertulianos más, con línea y color definido, que han olvidado que su función es moderar y presentar, no expresar opiniones.
Todo esto favorece no sólo la decadencia cultural y
espiritual, sino que crea hinchadas de hooligans dedicados al enaltecimiento de
tales o cuales periodistas, de tales o cuales políticos, de tales o cuales
programas, de tales o cuales partidos.
Esto se refleja a su vez en las redes sociales, donde se
observa claramente lo que podemos clasificar de frentismo de Walt Disney, es
decir se ensalza a los afines “ideológicos” y se ataca a los rivales, o sea se
recrea una especie de film infantil con los buenos y los malos peleando en el
mundo virtual, con multitudes así mismo virtuales situadas a un lado u otro del
gran teatrillo. El pensamiento independiente,libre y critico, por tanto, se ve
claramente afectado, menguando progresivamente hasta quedar reducido a su
mínima expresión.
Hemos escrito anteriormente ideológico entre comillas
porque, en realidad, en la sociedad de la intrascendencia no puede hablarse de
ideologías en el verdadero sentido de la palabra. Realmente las diferencias
entre unos y otros son mucho más escasas de lo que las masas afectas a una u
otra sigla quieren reconocer y en tal sociedad la construcción de idearios
sólidos, fuertes, gusten o no, se apoyen o no, son casi inviables.
Dominan las futilidades, las superficialidades, las
nimiedades, y todo queda reducido a más o menos impuestos, a más o menos Estado
de Bienestar, no hay más en las comunidades contemporáneas de la
insignificancia, de laicismo crédulo, donde se sustituye la religiosidad, la
Iglesia o Iglesias, por el culto al Partido, al Líder Salvador, más de lo
mismo, sumisión envuelta en pseudolibertad o incluso anticlericalismo.
Partidos o líderes creados a su vez por los medios, pues
cuando el sistema necesita o comprende que le toca renovar la fachada impulsa
nuevas caras, nuevas siglas . Caras y siglas que son las únicas con cierta
posibilidad de triunfar, pues nada es la sociedad conformista moderna sin los
medios y en nada cree fuera de ellos.
Sobran dar nombres de tales líderes juveniles, todos y todas
sabemos quienes son, pues acabamos de asistir recientemente a tales
operaciones.
La sociedad intrascendente, de egos hinchados de su supuesta
superioridad en libertades y demás, es una sociedad de crédulos fácilmente
manejables y constantemente engañados . Fuera de nuestras fronteras tenemos el
entusiasmo creado por Syriza y Tsipras, al que muchos abrazaron como la
solucióna los males de la Unión
Europea y su política de austeridad. Tal idea se reveló prontamente como
ilusión sin fundamento, dejando huérfanos a millones de esperanzados.
Incapaz de creer en el autogobierno, y por tanto mucho menos
libre de lo que se creen, las multitudes que conforman la sociedad de la
insignificancia van corriendo de Amo en Amo, de Salvador en Salvador, y por
tanto de derrota en derrota, de decepción en decepción.
Y es que una de las grandes características de nuestro
sistema es el del entretenimiento continuo: cachivaches tecnológicos con
incorporaciones constantes, programas de televisión basura, “información”
continua… que favorecen la atomización, la privatización de la vida, la
distracción.
Con esto y la publicidad se ata a la gente a la ilusión del
Progreso continuo e indefinido, se le infantiliza, anulando su capacidad de
reflexión creativa, de pensar otra sociedad – el pensamiento creador subversivo
ha desaparecido del todo hace decenios, sustituido por las antes mencionadas
“rebeldías” políticas creadas o favorecidas por los medios- y se elimina todo
sentido trascendente o profundo de la existencia, intentando escamotearle de la
verdadera realidad, que no es una línea sin fin, sino los
ascensos y caídas, los avances y los retrocesos, el tiempo cíclico en una palabra.
Pero tal ocultación, tal sistema de ideas implantado en las
mentes de los semiesclavos actuales, está empezando a resquebrajarse. Tras la
primera crisis de 2007, se avecinan los indicadores de que podríamos estar a
las puertas de una nueva crisis económica. Muchos son los signos de que
estaríamos en realidad en un colapso de nuestra civilización, a lo que debemos
sumar la amenaza creciente de guerra mundial, de la que hablamos en el anterior
texto del blog.
Nos encontramos, por tanto, al borde del abismo, ante un
sistema caduco en sus diferentes aspectos: educativo, económico, político, de
cosmovisión y valores… pero que no tiene nada enfrente y, si no caemos en el
autoengaño y somos sinceros, no sólo no tiene rival-salvo, a lo sumo, unos
pocos casos de sociedades autogobernadas o intentos de acercarse a ello en
algunas partes del mundo, desde Cherán o Chiapas, a Rojava en el Kurdistán
sirio, ilusionantes para nosotros pero muy lejos de poder conformar un proyecto
de futuro mundial-, si no que si escuchamos al entorno, sin distinciones de
partidos o colores en las gentes, casi todos sueñan con reconstruir esa
sociedad alienante y en bancarrota de consumo desaforado, crecimiento
ilimitado, alienación, destrucción y adoctrinamiento.
Algunos como Carlos Taibo hablan de capitalismo terminal,
pero sin una acción humana hacia algo mejor, el capitalismo de colapso
pervivirá, endureciendo nuestras vidas conforme se agoten los recursos, o, aún
en el caso de que caiga y lo sustituya otra cosa, ese algo será igual, o, con
mayor probabilidad peor, salvo que sigamos creyendo en la religión laica de que
sin hacer nada todo mejora, por ciencia infusa.
Situados ante el precipicio podemos buscar otro camino, o
esperar a que el vendaval nos arroje al abismo. Por desgracia, de momento, lo
segundo parece lo más probable.
Tras la caída del Muro de Berlín pareció abrirse en el Mundo
la posibilidad de un nuevo entendimiento, de una era de mayor paz y desarme. La
guerra fría y el equilibrio del terror parecían haber quedado en el desván de
los malos recuerdos, como algo ya superado.
Pero veinticinco años después, hemos vuelto al punto de
partida, con las principales potencias enfrentadas y nuevos actores que
difunden la guerra y el terror.
¿Por qué esta regresión, era o no inevitable, que nos ha
hecho volver al punto de origen?. En realidad, si no queremos quedarnos en la
superficie ,deberíamos intentar acercarnos a las causas profundas del clima
prebélico en el que está instalado el mundo actual, como el de hace unas décadas
y esbozar algunas posibles salidas a la preocupante y agobiante situación.
En cuanto al porqué, pensamos que un mundo o civilización
basado en los valores de la competencia, del dominio, del lucro, del
crecimiento ilimitado en lo económico y lo tecnológico separado de la
centralidad que debería tener el bien común en el llamado progreso, es un mundo
condenado a la guerra y al enfrentamiento.
El sistema socioeconómico y político es el gran veneno que
desgarra a la humanidad, junto con los “valores” que éste arrastra, y mientras
tal Orden permanezca viviremos al borde del precipicio, a un paso de
precipitarnos en una nueva Guerra Mundial.
Los peligros acechan en diferentes partes del mundo,
especialmente en Oriente Próximo, donde se combate sin cesar, unos contra
otros, países islámicos entre ellos, algunos contra Israel y finalmente guerras
civiles como Siria y Libia junto con la extensión del Estado Islámico, que ya
se encuentra a las puertas de Europa. Incluso muy recientemente un nuevo país
se ha sumado a la nueva guerra mundial fragmentada, por usar el lenguaje del
Papa Francisco, Turquía.
Junto a esta zona- la más amenazante aparentemente-, está el
Pacífico, donde se libra una sorda batalla entre la vieja potencia hegemónica,
Estados Unidos, y la nueva, China, con las dos Coreas como polvorín siempre al
borde de estallar.
Y, finalmente, una novedad respecto a la antigua guerra fría
estaría el conflicto, de momento de baja intensidad,entre Rusia y Ucrania.
Novedad porque supone un conflicto armado entre las superpotencias en suelo
europeo.
Decimos esto porque se sigue pensando que como la anterior ,
la nueva guerra fría constará de guerras en los llamados países periféricos,
que Europa no se verá afectada, a lo sumo indirectamente, por las incursiones de
la OTAN o los atentados islamistas. Pero la guerra de Ucrania muestra la
ficción del tal idea: la guerra ha llegado a la Europa del Este.
Aquí entramos en el tema más preocupante de todos, y es la
pasividad absoluta con la que vivimos el nueva clima prebélico. Anestesiados,
nos hemos acostumbrado a ver como algo natural y normal los enfrentamientos
bélicos y amenazas de unos a otros.
Es como si pensáramos que una olla a punto de estallar es lo
habitual, que nunca va a pasar nada, que el lobo nunca llegará, que el miedo
colectivo hará que nunca suceda nada realmente grave, y que, de manera
milagrosa, alguna vez volverá la paz.
No se ven, por ningún lado, movimientos populares y mundiales
contra la guerra, contra las potencias, contra la nueva división en bloques y
los fundamentalistas. Y esto nos parece sumamente preocupante: nos hemos
convertido en una humanidad dormida, que camina a ciegas, que no quiere ver ni
oír, que vive con una venda absolutamente despreocupada.
Los hombres y mujeres nos hemos convertido en ganado, en siervos llevados
al abismo por sus amos mientras nos creemos libres, superiores a las gentes de
otras épocas, cegados por una tecnología que pensamos salvadora.
En la raíz del clima prebélico se encontrarían, para
nosotros, dos grandes monstruos devoradores de almas y cuerpos: el
capitalismo-como antaño el comunismo, ahora reducido a su mínima expresión- y
el Estado-nación, cuya razón de ser es conquistar y oprimir a la población
interior y extenderse exteriormente.
Ambos “organismos” fomentan la división, el enfrentamiento y
la ruptura entre las gentes hasta el extremo, desde el nivel mundial, hasta el
familiar, corroyendo con sus venenos a la humanidad, al inocularle una serie de
principios y guías que, como hemos mencionado, nos llevan a la ruina: el
materialismo, el ansia de riqueza y poder, la mercantilización o monetarización
de todo, desde el agua y la tierra a los seres humanos…
Otros mecanismos de división creados por uno y otro serían
históricamente la fractura en clases sociales y en tiempos reciente el choque
de partidos políticos, una ingeniosa arma para tener a la sociedad distraída y
enfrentada entre facciones aparentemente irreconciliables, pero que en realidad
se dividen el poder entre ellos, mientras el ingenuo pueblo se cree que los suyos
son el bien y los otros son el mal, situación que aprovechan los partidos para
esquilmarle indefinidamente y de la misma manera hacerle recaer en la
ingenuidad de que alguna vez aparecerá el Partido salvador-quimera irreal-.
Por tanto ya a nivel internacional como nacional, la guerra
de unos contra otros es la esencia del capitalismo y los Estados-nación, y su
superación sólo podría lograrse superando ambas formas de organización y
desarrollando nuevos valores.
Cómo lograrlo es un tema muy complejo. En primer lugar
habría que recuperar algo que las sociedades actuales han perdido, y es la
imaginación para desarrollar un nuevo pensamiento emancipador. Sin éste todo
estará perdido, y para demostrar esto sólo hay que ver la loca carrera de
muchos de nuestros compatriotas por abrazar nuevos partidos, nuevos mesías,
vendedores de humo, creyendo que con ellos se volverá a la sociedad de consumo
y despilfarro, a los felices años de la burbuja inmobiliaria, soñando que todo
se logrará con impuestos a los más ricos. Vulgar sueño que pasará sin pena ni
gloria.
Ese nuevo pensamiento tendrá que operar en un doble terreno:
en un esquema político y económico mundial de superación del capitalismo y el
Estado-nación y en el plano de impulsar una moral elevada que rehumanice
nuestras sociedades.
Habrá que pensar en un equilibrio, difícil, entre lo local y
lo internacional: partimos de lo cercano, pero hemos de llegar a lo mundial,
pues la magnitud de los problemas así lo exigen. Rechazamos la uniformidad y la
globalización capitalista, pero también el nacionalismo y el localismo
exacerbado, que nos devolvería al punto de partida.
Frente al fundamentalismo religioso y un laicismo vacío que no da sentido a la existencia-y que creemos es una de las causas de
que numerosos jóvenes árabes se suman al radicalismo islámico- toca construir o
reconstruir nuevas o viejas filosofías morales a los no creyentes, y a los
creyentes pensar en otra idea de Dios y la espiritualidad que les aleje del
fanatismo, para encontrar un camino de acción conjunta.
Tocará unir lo positivo del pasado y del presente, para
lograr una síntesis lo mejor posible de una nueva sociedad. Para nosotros esto
supone pensar una democracia sin partidos y una economía no asalariada como
metas claves.
Pensamos fundamental impulsar una nueva visión
universalista, que desde el respeto a la diversidad de lenguas y cultura
comprenda que la humanidad es una familia, cada miembro con sus características
personales pero todos unidos en lo esencial. Una clase única mundial y una
lengua universal-que no excluye las que existen, y que no debe ser la de ningún
imperio o potencia- es para nosotros otro camino por el que avanzar.
Y es que, aunque suene romántico, la raíz original del ser
humano está en el cosmos, somos seres cósmicos, entrelazados con todo el
Universo y por tanto con las cientos de miles o millones de civilizaciones que
con casi toda seguridad existen en la infinitud del espacio-más o menos
avanzadas-.
De la comprensión paulatina de esto último vendrá un mayor
entendimiento entre todos, el equilibrio o la armonía entre la diferencia y la
unidad, la parte y el todo.
Sólo entonces podremos alejarnos lentamente del peligro
inminente de una catástrofe mundial.
Nosotros no lo veremos, pero esperamos y tenemos fe en que
los hoy niños y niñas y la futura generación por venir podrá sacudirse nuestra
mentalidad destructiva que a nada ni nadie respeta y para la cual todo es –incluyendo
personas-objetos de usar y tirar.
Intemperie, novela de Jesús Carrasco, nos sumerge en un país o región sin nombre ni fecha histórica, devastado por la sequía, de campos yermos y desolados, con escasísima presencia humana y donde la violencia se ha hecho dueña de la vida de los escasos náufragos que sobreviven como zombies apegados a sus pueblos ruinosos y carcomidos por la desolación y el abandono ruinoso.
Un niño, del que no sabremos nunca el nombre ni los motivos claros, aunque se intuyen al final de la obra, huye de su poblado, escapando de la brutalidad del alguacil y su padre, internándose por las llanuras infinitas, abrasadas y despojadas de casi toda vida vegetal por un sol inclemente.
En su huida se encuentra con un cabrero, hombre enigmático, de apariencia y trato seco, del que también desconoceremos su nombre de pila. Con él recorrerá un camino donde se mezclan los sobresaltos y el miedo a sus persecutores, con el aprendizaje de un nuevo oficio y sobre todo de la vida. El chico tendrá que optar por mimetizarse con el entorno, y dejar la moral y el bien a un lado o, espoleado sutilmente por el cabrero, luchar por mantener la humanidad, los valores, la ética.
Bella y dura a un tiempo, espiritual y poética, como expresa uno de sus críticos el libro nos ha resultado una mezcla de la fuerza narrativa y acercamiento psicológico a personajes en situaciones difíciles de Miguel Delibes, especialista en el retrato de la vida campesina española y la crudeza postapocalítica de Cormac McCarthy en su novela llevada al cine La carretera.
Lo bueno es que cada lector puede situarla en el tiempo que quiera, unos en el pasado, y otros, como nosotros, en un tiempo valga la redundancia sin tiempo. Una situación atemporal, que la crisis económica y ecológica, con la destrucción de los recursos naturales, el cambio climático y el agotamiento del agua hace que lo descrito, si no se pone solución, se convierta en un futuro previsible.
El único pero que puede ponérsele a Intemperie es el exceso de vocabulario técnico relacionado con la vida trashumante y el pastoreo, por desgracia lejano a los urbanitas .Pero su fuerza literaria y su acercamiento a la vida y la muerte, a los valores, a la lucha entre el humanismo y la deshumanización, siempre temas de actualidad, hacen que sea un libro que recomendemos a quienes gusten de la lectura.
Ha sido poco a poco, casi sin darnos cuenta , cuando unos
queridos visitantes primaverales y estivales, que llenaban de ruidos y
chillidos alegres nuestros cielos en los amaneceres y atardeceres bochornosos,
como miles de niños voladores jugando en el inmenso y abierto jardín celestial
,han ido desapareciendo de nuestra vista y con ellos la alegría, imponiéndose
un silencio triste, por desconocido, roto sólo de tarde en tarde por los restos
escasos de algunos supervivientes de aquellas nubes que cubrían nuestros
cielos.
Todavía recuerdo los quinces de abril, fecha de su llegada,
que esperaba con ansia, especialmente cuando estaba en casa de mi abuela, en
pleno centro de la ciudad.
Asomado a la ventana, ilusionado, esperaba el momento en que
los amados vencejos hacían acto de presencia, presencia que me alegraba el
corazón, pues sentía que la ciudad recobraba la vida perdida en el invierno,
cuando los árboles se convierten en una especie de espantapájaros desnudos y
descoloridos y la vida animal, la luz, el colorido, se reduce a su mínima
expresión. Su llegada era, también para mí, otra alegría, otra esperanza, la
del final temporal de la vida carcelaria de niños y adolescentes, la vida de la
escuela. Contaba los días que faltaban para la libertad condicional, y los
vencejos eran una señal de que esa ansiada salida de los muros carcelarios, si
bien breve, estaba cercana.
En mi mente ha quedado grabado los que criaban en una teja
de la casa de enfrente y en unas rendijas de una casa lateral. Esperaba, los
sábados al anochecer, ver a las madres refugiarse en sus casitas para dar calor
y cobijo a sus crías, mientras los machos dormían en las alturas, pues el
vencejo es la única ave que duerme en vuelo, no necesita refugio, lo que les
hacía para mi seres admirables, una especie de viajeros eternos, incansables y
libres, como nómadas de los cielos.
Nunca perdí el cariño hacia ellos, si bien con los años, con
las preocupaciones y problemas que se van sucediendo, el entusiasmo por su
llegada se mitigó, pero jamás desapareció.
Pero en la vida todo es efímero, nada permanece para
siempre. Hace diez años murió mi querida abuela, de bello nombre, Soledad. Ya
no pasaba los fines de semana con ella, ya no podía saber si la teja seguía
siendo refugio de algún vencejo y sus crías . Pero antes de su muerte, arreglaron la
casa lateral. El otro refugio de los vencejos desapareció.
Poco a poco la ciudad fue cambiando. Arreglos de grietas,
eliminación de tejas, fachadas impolutas. Los sitios de cría disminuyeron,
quizá otros factores influyeron, pero, este año, mirando los cielos, me di
cuenta y me sacudió una profunda tristeza: los viejos amigos se están extinguiendo de nuestra vista.
La algarabía alegre e infantil del amanecer y el crepúsculo
agoniza, y con ella se rompen jirones de nuestras vidas, el vacío se va
extendiendo y ganando poco a poco la partida.
Y más cuando, de casualidad, hace unos días, caminando por Madrid, encontré uno de ellos en el suelo; estaba muerto, nada pude hacer por él. Tan sólo agachar la cabeza cuando sentí que las lágrimas amenazaban con recorrer mi rostro al recordar los tiempos en que multitudes de ellos acompañaban nuestras vidas.
La despedida de los vencejos es la despedida no sólo de
nuestro pasado, de nuestra vida, sino también de las personas amadas, aquellas
que compartieron nuestras vidas con nosotros.
Hoy ya no están apenas los vencejos, pero tampoco está mi
abuela, ni la ventana del salón al que me asomaba para ver y escuchar sus
gritos traviesos, ni la cama desde la que los escuchaba cuando aparecían los
primeros rayos del sol que se colaban entre las rendijas de la ventana
entreabierta para soportar el calor sofocante de las noches veraniegas.
En aquellos años en que todavía mantienes intacta la
ilusión, antes de comprender que los sufrimientos, las derrotas y las caídas
forman parte de nuestras vidas.
No puedo evitar una aguda melancolía, un mazazo en el corazón,
en el silencio celestial de los últimos años, cuando me asalta el recuerdo de la marcha de quienes quisimos, humanos
pero también no humanos, pues estos últimos también ocupan u ocuparon un lugar
en nuestras vidas.
Y su silencio, es el silencio de la muerte, siempre
acechante, siempre en las sombras, dispuesta a saltar cuando menos se la
espera.