domingo, 5 de marzo de 2017

Reflexiones sobre el desconcierto mundial

Leo diversas noticias relativas al rearme y a la militarización en varios países. Destaca la propuesta de Trump de inflar el presupuesto militar, a lo que ha respondido recientemente China hablando de un incremento algo menor que años atrás, de un 7% más o menos. A eso hay que sumar la vuelta de la mili en Suecia, que se ha decidido a reforzar su ejército ante la amenaza de Rusia.

Las noticias nos hablan de una creciente militarización, incluida Europa, favorecida por los conflictos y tensiones que se viven en varias zonas del mundo, del Pacífico al Báltico, y a Oriente Medio. En el globo vuelven a sonar los clarines de la guerra, las amenazas y los amagos de ataques, sin faltar la última de Corea del Norte, que con el asesinato del hermanastro del dictador norcoreano, enseña sus cartas, que incluyen no sólo armamento nuclear, sino químico.

Lo que vemos en Suecia probablemente se irá extendiendo a otros países, pues está en juego la hegemonía económica del mundo-que al final también es militar-, que se la disputan China y Estados Unidos, de ahí la táctica de Trump de acercarse a Moscú, frente a la opinión de la antigua clase dirigente antirrusa, para romper la alianza ruso china y debilitar a estos últimos. Aunque de momento persisten las tensiones entre rusos y los países europeos, así como la OTAN, como vemos en el caso del país nórdico, pero también en Siria, donde las tropas de Assad y la aviación rusa están luchando por contener el avance turco en el norte del país; y no debemos olvidar que Turquía pertenece a la OTAN y un choque Rusia Turquía sería sumamente peligroso.

Todo esto hay que sumarlo a la decadencia económica, a las múltiples crisis,especialmente del mundo occidental, europeo, pero, sin mirarnos el ombligo, también hay que sumar la situación de hambruna que vuelve a asomar la cabeza en diversas zonas de la castigada África. Paro, caída de los salarios, pensiones menguantes... dibujan un panorama muy poco esperanzador para el conjunto de la humanidad.

Todos estos hechos luctuosos han roto las viejas expectativas, las antiguas formas dominantes de pensamiento, basada en el crecimiento lineal, en la prosperidad constante. Casi nadie esperaba una crisis como la del 2007, quizás podía pensarse en algún bache pasajero, para que rápidamente la máquina económica siguiera viento en popa, viviendo cada generación mejor que la anterior.

Tal sueño, se nos ha roto en mil pedazos. Pero también se está deshaciendo como la nieve al sol la idea de que los enfrentamientos bélicos y el rearme era cosa del pasado, de tiempos de las Guerras Mundiales y la Guerra Fría.

Estamos ante una situación de desconcierto, donde se evaporan los antiguos paradigmas y la respuesta, si la hay, sólo pasa por recluirse en el Estado nación y cerrar fronteras, que es como poner puertas al campo ante todos los conflictos que se suceden y que vienen.

Es como si viviéramos en una situación entre la perplejidad y el contrapié, habiendo tirado por el retrete, como inservibles, diversas ideas, que sólo si regresan nos pueden servir: un movimiento obrero y social que sea verdaderamente internacionalista, que busque de una vez luchar por una clase única mundial, antibelicista, con capacidad para decretar una huelga general a nivel lo más amplio posible para frenar y sabotear la industria armamentística. El abandono de la mentalidad de partido político, que arrastra consigo el dirigismo, el caudillismo, el mesianismo, la pasividad, la servidumbre voluntaria.

La reconstrucción, por tanto, de viejas formas de organización sepultadas en el olvido, como los Consejos, a todos los niveles, desde los cívicos a los socioprofesionales, incluyendo los concejos abiertos rurales. El espíritu unificador de las asociaciones y fraternidades que favorezcan el apoyo mutuo y la solidaridad horizontal con la renovación moral que eso supondría, dándose la mano por fin lo material y lo espiritual.



También, por supuesto, los pequeños gestos, las pequeñas obras, que multiplicados tienen un gran potencial transformador-no todo son los grandes gestos, las grandes acciones-.

Todo esto, cierto, no parece vislumbrarse por ningún lado. Muchos decenios de aceptación de la sociedad de consumo y despilfarro, de aceptar la dominación y la explotación pensando que, pese a todo, los sueldos ascenderían generación tras generación, que lo importante era el hedonismo y el goce, que los tiempos de pobreza eran eso, tiempos pasados, que la tecnología avanzaría también eternamente y nos libraría de los males...todo eso nos ha machacado como individuos y como colectividades.

Ahora caminamos perdidos, mateniendo aún una pequeña esperanza en que el capitalismo vuelva a ponerse en marcha, y los izquierdistas en que nuevos gobernantes se preocupen del pueblo, redistribuyendo la riqueza menguante. Falsas ilusiones, pues vemos cómo para los partidos de izquierda lo fundamental son las luchas por el poder y el reparto de cargos, que lo son de dinero. Y es que ni liberales ni keynesianos tienen respuesta ante la nueva situación, fracasando sus recetas. Esperamos, por tanto, milagros, un azar salvador que nos traiga líderes sabios y preocupados realmente por el bien de todos.


Pero cuanto más tiempo pase sin que se produzca ese necesario despertar en la conciencia, esa necesidad ineludible de abrazar un nuevo paradigma, menos esperanzas tendremos de lograr algo. Y no es precisamente tiempo lo que nos sobra.

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